lunes, 29 de junio de 2009

Summertime



David Dalton dijo de ella que era cómica y cósmica, trágica e intensa como la letra de cualquier blues. No es fácil describirla. Yo escuché sus canciones por primera vez a los diecisiete años. Ella había muerto más o menos cuando yo nací, así que su sonido y las escasas imágenes a las que yo podía acceder entonces tenían para mí el sabor de lo irrecuperable, la melancolía de lo perdido para siempre, ese misterio un poco doliente de lo antiguo. Con una lógica cruel, en nuestra primera juventud aún no nos engañamos sobre los estragos del tiempo; luego aprendemos a poner trampas que suavicen su falta de piedad.

Ese personaje vestido de antiguo y de una curiosa modernidad tan distinta a la que veía alrededor, se fue metiendo en mi vida a fuerza de escucharla desde una vieja cinta grabada de la radio. Su voz chillona a veces, brillante otras, oscura de profundas notas graves, pesada como el acero o sutil como una pluma, se metió en mi corazón. Luego nada me parecía suficiente.

Es imposible inventarse una estrella así, imposible crearla por laboratorio. Aunque su vida fue un revoltijo de drogas, carreteras, noches sobre escenarios y mañanas con amargas resacas de Southern Comfort, creo que fue dejando sobre las tablas algo que estaba por encima de todas esas circunstancias: una intensidad que arrastra la lucidez más hiriente, una potencia un poco desamparada y un frágil tren de tristeza y fuerza que lo mismo puede descarrilar que arrollar la línea imposible del horizonte cada vez que comienza una canción. Quién sabe lo que acabó haciendo.

Mucho antes de subirse a un escenario debió tener los mismos impulsos, el mismo estilo, la misma soledad. Desde el principio hasta aquella madrugada del setenta en la que murió sola en su habitación del Landmark Hotel por una sobredosis de heroína y alcohol, hubo en aquella garganta una verdad como un castillo, aunque el castillo se edificase en el aire viciado de los tugurios o las grandes salas de conciertos sobre las que siempre se elevó.

Y su voz pronunció también el verano, el triste, inmenso summertime y su áspera caricia, la lejana promesa sobre la que nosotros comenzamos ahora nuevamente a navegar.

Olga Bernad

Nota: No diré que las Caricias descansan porque ya lo he intentado varias veces y siempre vuelvo a caer en la tentación, pero sí diré que se quedan al ralentí durante el verano. Seguiré leyéndoos y visitando vuestras bitácoras, y tal vez dejando algún texto si alguna noche siento esas ganas repentinas de escribir que una nunca sabe por dónde llegan.
De vez en cuando hay que parar para pensar un poco, para hacer otras cosas, para no traicionar la naturaleza del primer impulso que nos llevó a iniciar algo. Para dar lo mejor.

_________________________________

miércoles, 24 de junio de 2009

San Juan (I)



Me gusta gastar un poco de la noche de San Juan recordando estos dos días, es como retenerlos un poco más y darles un sitio en el que siempre estarán guardados. Comenzamos el verano en Barcelona, cerrando el ciclo de lecturas de esta temporada en La Cigale, y para mí fue una noche inolvidable.

En todo momento me sentí entre amigos, aunque al principio me impuso un poco ya que pensaba que iba a ser algo más íntimo, pero pronto me sentí como uno debe sentirse en las ocasiones especiales: con la sensibilidad afilada por la emoción, pero cómoda y confiada. Leí primero poemas de mi próximo libro y, finalmente, algunos inéditos del nuevo poemario. Se presentó la plaquette, el segundo número de los Cuadernos de la Cigale cuya portada aparece en la entrada anterior. Me gustó mucho que acabásemos con una especie de tertulia, entre mesa redonda y conversación informal, en la que participó el público. No hay mejor manera de recibir la impresión inmediata que los versos dejan en los oídos ajenos.

Muchas gracias especialmente a los organizadores, Juan Salido-Vico y Álex Chico; a Juan Manuel Macías, que se desplazó desde Madrid y a mi hermana Gema, que tomó un vuelo rápido desde Edimburgo. Me alegró muchísimo poder conocer personalmente a Efi Cubero, Gemma Pellicer y a David, “el pianista”, aunque no tocó por falta de piano (buena excusa). También me reencontré con algunos amigos a los que hace tiempo no veía… pero quisiera agradecer a todos y cada uno de los que vinieron, conocidos y desconocidos, su presencia, su atención y sus aplausos.

Al final, un grupito nos fuimos a cenar por ahí porque las cosas que empiezan bien hay que acabarlas mejor.

De vuelta a Zaragoza, hace apenas unas horas, hemos asistido a la lectura de poesía erótica organizada por la Asociación de Escritores de Aragón para celebrar la noche de San Juan como Dios manda. Yo he leído un par de poemas míos y un par de otros autores y, sobre todo, he disfrutado de las lecturas de los demás: Sarriá, Forega, Mayusta, Emilio Quintanilla, Doberka, Luisa Miñana estaban por allí, entre otros, leyendo o escuchando; las Crocodile Girls poniendo música al asunto… y mi Blackbird, haciendo que regresar a casa y contar las cosas a los amigos siga siendo uno de los mejores momentos de cualquier viaje.
A veces uno no tiene ganas de volver a la vida normal.
En fin.

Olga Bernad
________________________
Reseñas de la lectura:
Kadaré/Bernad en La isla de Elca (Álex Chico)
Els dilluns de la Cigale
____________________


Nota: En la foto, Lourdes Roselló, Juan Manuel Macías, Efi Cubero, Álex Chico, Angós, Olga Bernad, Gema Bernad y Marisa Razquin. También en el grupito de la cena, pero fuera de la foto por estar despistados o en asuntos de intendencia, Juan Salido-Vico, David "el pianista", Luis, Yolanda y el marido de Efi.
________________________

Hace un año:
Caricias Perplejas
Otros Cielos
________________________

lunes, 15 de junio de 2009

Primera publicación


Hoy cuelgo una entrada muy especial para mí. No dejo de mirar por esa cerradura. Es la portada de una plaquette: la primera vez que voy a ver unos versos míos en papel.

La imagen de cubierta es de Agustín Calvo Galán. Los autores con los que comparto publicación son Juan Manuel Macías, Efi Cubero, Arturo Bolaños y Eduardo Moga. Lo edita Els dilluns de la Cigale bajo la coordinación editorial de Juan S.-Vico y Álex Chico y con el diseño gráfico de Lourdes Roselló.

Mi colaboración se limita a seis poemas, tres de mi primer poemario Caricias Perplejas y otros tres del segundo, En el último mayo en que fui cierta, que todavía se halla “en construcción”.

Yo estoy como una niña con zapatos nuevos, para qué voy a decir otra cosa. No sólo por la publicación de seis poemas junto a esos autores, sino porque en ella se hace referencia a mi próximo libro, que se halla actualmente en prensa y saldrá a principios de septiembre. Más adelante daré más detalles, pero ahora no puedo dejar de compartir con vosotros, los que habéis hecho de este blog algo tan importante para mí, las buenas noticias.

De momento, os espero en Barcelona, a todos los que podáis venir, el próximo día 22 a las ocho de la tarde en La Cigale.

¡Hasta la vuelta!

Olga Bernad

_____________________
Hace un año:
A la noche
Capilla ardiente
Discusiones y encuentros
_____________________

NOTA: Sale hoy el nº 5 de la Revista de Humanidades Kafka. No se la pierdan.

lunes, 8 de junio de 2009

King George



No quería decirte cualquier cosa
ni de cualquier manera.
Quería disparar sobre tu frente
para lavar de golpe mi memoria
con un simple y sencillo asesinato.
Ahora muerdo
el polvo de la pólvora quemada
pegado al paladar y a mi saliva.
Yo no te maté apenas, sin embargo
tu frente se ha tragado mis preguntas.
Toda la noche estuve dando vueltas
al rastro de los besos que inventaba
con inquieta nostalgia de novicia
-esa brutal nostalgia de todo lo no sido-
y recuerdo
que al despertar tenía ya en la boca
cobrado mi salario:
el sinsabor exacto de tu nada.

Olga Bernad
_______________________
Hace un año:
Distinto amor
Porque quiero
_______________________

lunes, 1 de junio de 2009

Andábata IX: Acelerando



Me ha venido la regla, así que lo de ayer era síndrome premenstrual, lo de hoy es síndrome menstrual y lo de la semana que viene podremos considerarlo síndrome postmenstrual. Y andando. En el probable caso de que el síndrome continúe las dos semanas que me quedan libres, no habrá más remedio que tener una charla con mi querida Marta y que me dé tranquimazines, que para eso es enfermera, no te fastidia, y para eso es amiga mía, no te fastidia. O, si no, la llamo y que me los dé mañana mismo, no te fastidia. Yo realmente no me puedo creer que todo sea cuestión de química, pero sé que las pastillas de colores quitan la tristeza porque lo he visto con mis propios ojos, o más bien lo he sentido con mis propias emociones, en fin, algo así. Y, sin embargo, sigo sin creerlo. No sé. O sin confiar. No sé. No me fío de la química pero mucho menos me fío de mis nervios, y mañana me presento otra vez al dichoso examen de conducir, ay, Dios.

Mañana es mucho decir, más bien me examino dentro de cuatro horas. Son las cinco de la mañana y no me puedo dormir. Me examino por séptima vez, ahí es nada. Es bonito: tal vez el sentido de mi vida radique en batir extraños récords. Lo mismo que la gente salía por la tele para demostrar al mundo que era capaz, por poner un ejemplo, de fumar por las orejas, yo podría ir y contestar a la pregunta: “¿Y usted qué sabe hacer?” con un saleroso: “Suspender quinientas veces el examen de conducir y comerme de una sentada un yogur de fresa a punto de caducar, otro natural ya caducado, tres pepinillos, un filete de jamón de York sospechosamente oscuro, dos cebolletas, unos pocos krispis, medio bote de mermelada casera abierta desde el año que reinó Carolo y un trozo de pan duro”. “¿Y por qué esa curiosa mezcla?”, me preguntará el presentador con cara de lelo. “Pues mire usted”- le diré- “porque me estoy especializando en no comprar comida para no poder atiborrarme a las cinco de la mañana y así luego puedo rebuscar a ver qué encuentro, y siempre descubre una algo que debía haber tirado a la basura y no tiró, y de esta manera se atiborra una igual pero tiene todo ese interés añadido de no saber si acabaré en el hospital con alguna intoxicación o qué”. “Ah”, dirá el presentador, “qué original es nuestra invitada, qué hermoso es el hecho de tener imaginación para poder usarla tanto”.

Aunque este trozo de carne de membrillo cubierto de moho no me lo como, es demasiado asqueroso incluso para mí. Me voy a fumar un cigarrillo y a tomarme ese tranquimazín que tengo por ahí guardado; pero antes tiro esta porquería a la basura, no vaya a ser que mañana esté más desesperada y me dé por recortar el moho y comerme el resto, no sería la primera vez.

Bueno, el presentador es un degenerado y tanta barbaridad le despierta la libido. Me mira a los ojos y me pregunta:

- ¿Estudias o trabajas?
- Trabajo.
- Qué interesante, cuéntame…

Cuéntame. Ojalá Dios exista y me escuche, ojalá tenga tiempo para mí y yo no esté aquí hablando sola, riéndome de mis tonterías para no llorar, para no querer entender que esto no es ninguna sandez, esto se llama ansiedad oral y hace tiempo que no puedo controlarlo. Está bien tener sentido del humor, pero eso no me salvará si no dejo de desperdiciar mi voluntad entregándola sólo en mi trabajo, antes en mis estudios, casi siempre en Álvaro.

Aquí estoy yo, a punto de envejecer, maltratándome. Necesito ayuda.

Pero toda situación es susceptible de empeorar, qué gran verdad; resulta que ahora el público siente pena, sabe que va en serio. Basta, guapa, a la cama de una puta vez. El presentador ya no quiere ligar conmigo pero le encantaría que llorase para ganar audiencia. Lo tienes claro, gilipollas, con los cursis como tú se me va el hambre. Muy bien, niña, así se habla, vamos a la cama, no fumes más.

Álvaro duerme como un bendito y despide un calor que a lo mejor me devuelve la sensatez y el sueño perdido. Me aprieto a él y siento que le quiero todo lo que sé querer, ojalá sea suficiente. Cuéntame…

Vale, pero antes pensamos en cosas agradables: Soy de verdad una niña, mi padre viene hacia mí en un domingo de sol, hay gente y arena y yo miro el mar y juego con un barreñito de plástico lleno de agua y jabón de pompas lujosas que crujen con la brisa y brillan con el sol, formando arcoíris aceitosos sobre sus contornos perfectamente lisos, tan suaves y efímeros, tan delicados. Duérmete ya.

Me monto en un coche y acelero tanto y tanto que súbitamente estoy en un avión, un avión precioso y loco, sin rumbo y sin control. Todos tenemos que saltar, es una orden, y debemos utilizar unos paracaídas azules que son como sombreros o como setas ligeras y venenosas. Me muero de miedo pero salto con todo el mundo y, asombrosamente, la sensación de caer es tan emocionante y divertida, las setas brillan como burbujas húmedas, la gente sonríe… A pesar de que sigo teniendo miedo, la verdad es que según me voy acercando soy consciente de que lo voy a conseguir: voy a sobrevivir a esta caída. Noto cómo entro en el agua de una gran piscina, cómo rompo una corriente helada con mis pies. Ahora tengo miedo a clavarme un cuchillo que llevo en la mano (era indispensable saltar con él), miedo a no controlar toda esa fuerza del choque contra el agua. Pero no me lo clavo, sino que pierdo el puñal al hundirme más y más, se me escapa de la mano o me lo quitan. Buceo hacia arriba para pedir ayuda. La piscina está llena de gente porque es una hermosa mañana de verano. Todo el mundo busca mi cuchillo, yo vuelvo a sumergirme y voy palpando a ciegas el fondo, noto algo suave, abro los ojos y aquí, debajo de la almohada -¡en mi propia cama!- me encuentro un racimo de uva moscatel y un anillo de plata con una piedra transparente engarzada. Una niña ha encontrado mi puñal y me lo entrega. Ya está, por fin voy a comerme tranquilamente mis uvas, pero resulta que no puedo porque descubro que son de cristal. No importa, las miraré durante mucho tiempo, me parecen un regalo del cielo. Siento una paz increíble… Entonces suena una alarma desquiciada que vuelve a traer la prisa y la locura, y sé que tendremos que volver a saltar, y no sé cómo haré para caer nuevamente de pie sin clavarme el cuchillo, y además sin romper el racimo de uva, sin perder el anillo, sin dejar de creer… Estampo el despertador contra la pared como única solución practicable. Qué ganas más tontas de llorar y llorar. Tiempo muerto.

Una hora después me siento en el coche, ajusto los espejos, espero a que el examinador me diga que arranque. Acelero.

Olga Bernad
_____________________________
Hace un año:
Semper Fidelis
El retrato de Lucrecia
______________________

lunes, 25 de mayo de 2009

Noche oscura

Ya casi se va mayo y el primer saludo del calor deja de estremecernos, le sentimos ahora en nuestra vida como oímos los pasos de un viejo conocido que vuelve a visitarnos tras un viaje. El verde de los trigos querrá amarillear dentro de poco y las espigas estiran (tan vivas, tan audaces) su cuello al son del tiempo y bambolean coronas doradas e inconscientes, sementeras que pronto pesarán demasiado.

Si mayo era el cortejo, junio será la boda y lo llenará todo de cerezas oscuras; boda de sangre roja, confusa ceremonia de la vida, pues la puesta en escena de cualquier primavera tiene como final la indiferente decapitación de todas las espigas, la recolección de esas cerezas, el mordisco sobre el fruto que apenas hace semanas nos sorprendió con una débil flor que venía del frío. Y nosotros quisimos leer en ella el despertar de un rumor que durmió todo el invierno. Pero junio es el sexo puro y duro tras el poético pálpito del corazón y el vientre.

No tengo nada en contra de la vida y sus costumbres; sin embargo, la vida sigue un orden brutal: nos envuelve en hambre, nos llena de deseo y con esa cadena nos amarra, nos marca a fuego y nos hace esclavos. El placer y el verano se convierten en una desesperada semilla que anticipa la muerte en lo más profundo de su orgasmo terrestre.

Junio es una hermosa, terrible, larga y oscura noche de San Juan.

Olga Bernad
_____________________________
Hace un año:

Cuando llegue
Visita a la ciudad fantasma
Secretos provisionales
_____________________________

martes, 19 de mayo de 2009

Los ojos de los muertos

Esos ojos abiertos de los muertos
cuando nadie ha mirado su desvelo
ni su ausencia del sueño de los vivos;
cuando nadie ha hecho el gesto de entenderlos
cerrando sus inútiles ventanas
hacia un mundo perdido para siempre.

Aún atados por la fiel costumbre
a la manía de mirar las cosas,
qué verdad suspendida de sus párpados,
qué terrible pureza ensimismada,
definitivo asombro de los ojos
inmóviles y ciertos de los muertos.

Y la vacía voz de su mirada
y la imposible luz que acaso intuyen
los nuevos ojos ciegos de los muertos.

Olga Bernad
___________________________
Hace un año:
Deudas
Palabras elegidas
Todo

___________________________

lunes, 18 de mayo de 2009

Un año de blog

Hoy hace un año que comencé el blog. Recuerdo que apenas había visitado tres o cuatro bitácoras y no sabía prácticamente nada del asunto: ni poner enlaces, ni colgar fotos ni vídeos, ni comprendía muy bien la mitad de las opciones de la página principal. Nada de eso me importaba demasiado. Empezó siendo una emocionante manera de compartir prosas y versos, tal vez de preguntar, porque en mi entorno no hay ningún interés hacia la literatura. Han pasado 365 días, 74 entradas y más de cien comentaristas distintos. Ignoro el número total de las visitas, puesto que tampoco sabía incorporar un contador. Sé que desde el 28 de julio han sido unas 15.300 y que en los últimos meses están pasando las dos mil por mes. Es mucho más de lo que esperaba aquella tarde.

Antonio Azuaga me animó a empezar (no es que quiera echarle la culpa;-) Sólo se lo dije a mi hermana y a un par de amigos; vinieron pronto ellos: Juan Manuel Macías, Antonio Serrano, Samsa, Fa Mayor. Todos se hicieron habituales -para mi sorpresa- y algunos se han convertido en amigos insustituibles y compañeros de pupitre. Luego fueron llegando muchos más y yo fui aprendiendo y conociendo otras bitácoras. Todavía me tiembla el dedo para darle a la tecla de publicar; a mí esto me importa, me importa cada entrada y cada conversación. No sé si alguna vez habré decepcionado u ofendido a alguien, pero la preocupación de cada entrada fue dejar algo que mereciese la pena y hablar un rato con esas otras personas que estaban por ahí buscando lo mismo.

Simplemente quiero dar las gracias por la atención que me habéis prestado y por el cuidado con el que habéis participado. Creo sinceramente que algunos comentarios podían haber sido entradas perfectas para bitácoras mucho mejores que ésta, y es un lujo guardarlos.

La apuesta sigue ahí, sin más reglas que las que el sentido común dicta cuando llamas voluntariamente en una casa que va a abrirte la puerta, si lo que quieres es pasar a charlar.

Muchísimas gracias a todos.

Olga Bernad
_______________________
Hace un año: Ella y yo
_______________________

martes, 12 de mayo de 2009

Seis leones hambrientos ocultos en el bosque

Me he dado cuenta de que voy a cumplir un año de blog y he publicado treinta poemas, muchas prosas, cinco capítulos de una desordenada novelita llamada Andábata y, sin embargo, ningún relato. Es precisamente lo único que he escrito durante toda mi vida con una cierta constancia, lo que ha quedado olvidado aquí. Tal vez dos folios sean una extensión excesiva para este formato que se quiere ágil, pero como –afortunadamente– no hay más reglas que las que nosotros vayamos inventando, me he decidido a soltar aquí estos leones, fruto de un sueño que tuve cuando acababa el invierno del año pasado.

Debería dejarlos morir. No tengo por qué aceptar esta pesada carga. Hoy apenas imaginaba de dónde sacar comida y sólo Dios sabe lo que me cuesta disimular. Una funcionaria hurgando en la basura, merodeando por los restaurantes, deseando que lleguen las fechas de comunión. Ahora mismo tropezando por estos andurriales, estos bosques que desconozco, sufriendo por si alguien los ha encontrado mientras yo dormía, mientras estaba trabajando, mientras no podía venir. Imagínate que los han matado o que han llamado a la Guardia Civil y ahora están presos sin remedio en alguna institución para animales, rodeados de veterinarios, saliendo en la parte final de las noticias, con sus marcas de grilletes, con sus ganas de zamparse a un notario, con su mirada atroz, con su humillada manera de demostrar la furia.
Ayer fue casi imposible, tras salir de trabajar, después de ir a buscar a los críos al colegio, sólo pude colocar a Víctor y tuve que llevarme a Adrián conmigo. Es muy pequeño y no entiende pero no quiero que los vea, no quiero que los huela, incluso a mí podrían hacerme daño aunque es verdad que yo sé que les tengo extrañamente domesticados, que soy su dueña de una manera ilógica y segura, sin embargo temo por Adrián cuando me acompaña. Mis hijos son mi vida pero yo no puedo abandonar a los leones y dejarlos morir. Siento su hambre y su corazón latiendo y tengo que ir, no queda más remedio. Si tocan a Adrián los mataré, lo saben (lo creo) pero que me sienta capaz de defenderlo no me evita el sufrimiento de pensar en ello.
No es sólo la comida o el temor, es sobre todo el tiempo. Una vez cada día, una vez cada noche, venir hasta aquí, generalmente sola (peor si acompañada) resolviendo por pocas horas este absurdo y salvaje asunto mío.
Al principio eran menos y simplemente no quise abandonarlos, pensé que encontraría un final concertado, que envejecerían pronto, que tal vez otros pudieran ocuparse, que no sabrían vivir atados y morirían de muerte natural. Qué sé yo lo que pensé. Pero son resistentes, agradecidos y fértiles, me llenan de cansancio y de una insólita clase de amor, tan nueva y desconocida, tan lentamente. Los reconozco míos. Quién va a comprender esto, quién va a ocuparse de ellos, quién más va a mantenerlos vivos si incluso yo (que creo entenderlos) sueño con que no están y siento una especie de descanso. Pero tan triste.
Seis leones hambrientos ocultos en el bosque, disparándome con su mirada famélica cuando los recuerdo, presentes tantas veces en mi vida cotidiana, extraviada su rabia de lobo en libertad ladrándole a la luna, de águila cazando, de león dominando, claro, de león.
A las dos semanas pensé seriamente en soltarlos. Que se coman a quien quieran, que utilicen su dignidad aunque luego los acaben, que los entierren hondo, que los conviertan en pienso para ovejas (¡madre de Dios!), que hagan lo que sepan con ellos. Yo no podía más. Ahora tampoco puedo más pero me voy como acostumbrando a esta desgracia, a cargar con mi cruz, a hacer los deberes.
Todo se vuelve confusamente habitual desde que empieza el día: suena el despertador, levántate, arréglate, viste a los niños, quiérelos, llévalos al colegio, ve a trabajar, busca comida (mi mochila ya llama la atención, lo sé, el verano pasado fue terrible porque el olor es otra cosa que hay que esconder y así hasta infinitas complicaciones que no pienso exponer) busca tiempo e ingenio para excusas, vete al bosque en algún momento de ese día febril, vuelve al colegio, haz la compra, la casa, explica matemáticas, piensa en la ropa del día siguiente, prepara algo de cena, espera a tu marido, cena con él, cuéntale que estás triste, que no se lo merece, que le quieres pero te vas, aprovechando que los niños se han dormido, porque los leones están cada día más delgados y hambrientos, no encuentras suficiente alimento para ellos, ya no sabes a dónde vas a ir a buscar... No te puede entender. Te dice que les dejes morir y es ya imposible. Calcula otra vez los caminos en la oscuridad, discurre nuevos escondrijos que pronto te parecerán inseguros (¿será este bosque suficientemente espeso para nosotros?, ¿por cuánto tiempo?), tropieza con las piedras, óyeles respirar, siente cómo te reconocen, imagina la sangre acelerada en sus venas, mira cómo te observan acercarte, cómo devoran todo en un momento, con qué sincera bestialidad comen lo que les das y siempre, siempre, esa mirada de hambre, esos grilletes haciéndoles daño, esas ganas de pedirles perdón.
Y por debajo de la tristeza y las preguntas, por encima de la degradación, mucho más allá de las heridas de los cepos y del ruido roñoso de las cadenas, nada hay tan auténtico y hermoso como su mirada viva, donde admiro un orgullo que nada ha destruido, una chispa de pura luz sin esperanza, un poco de agua fresca saliendo de un pozo oscuro, una fuerza tan huérfana y tan cierta, una inmensa aceptación de la soledad y las cosas, un inquietante pedazo de verdad y de misterio, un no te descuides conmigo, un soplo de obstinada libertad de ser lo que se es que puede con todo, que sobrevive como hacen esos hierbajos cuando rompen el cemento brutal y el mármol pretencioso. No sé cómo, pero ahí está, la vida dando por el culo y riéndose de todos nosotros, zombis medio asfixiados en una comodidad tóxica más mortal que sus mordiscos, pelagatos organizadores de horarios, delimitadores de espacios, soñadores de seguridades mucho más imposibles que el hecho de que existan leones en el bosque, contadores de monedas, pagadores de nichos por si nos morimos, previsores de todo, perdedores de tiempo sin causas gloriosas, inventadores de pactos con un diablo al que ya no nos queda pureza que venderle, seres, en fin, más subyugados que ellos y completamente dejados de la mano de Dios.
Yo también me alimento de su vida, aunque complique la mía, ensancho mis pulmones al verlos, aprendo de su paciencia exigente, bebo de su brutal dignidad cuando pienso en ellos. Si les abandono se secará esa fuente, se acabará nuestro pequeño mundo; si puedo olvidarles, gusanos asquerosos se cebarán en sus músculos vencidos. Será como si nunca hubieran sido ciertos. Nadie recordará los escondites, las prisas, las miradas, ni podrá imaginarlos perplejos ante el hambre cuando tardo en llegar. Nadie comprenderá qué es lo que añoro. La única verdad que quedará de ellos será mi íntima traición a su existencia, una culpa (por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa) no por secreta y disimulable menos definitiva. La parte más valiente y generosa de mi alma se morirá juiciosamente de pena y todo, todo seguirá igual. Tranquilo y cómodo, de muchas maneras falso (ni siquiera inventado), rutinario hasta llegar a ser pecado. Y mezquino, estrecho, cicatero, cobarde, flotando para siempre en una suerte de elegida promiscuidad con lo imperfecto. Yo sé que si me rindo estaré perdida. Lo que me angustia es no saber hasta cuándo, lo que me apena es no poder ser más que su entristecida carcelera, lo que no permitiré es que se me escapen.
Ya está, ya está por hoy. Volveré a casa limpia de restos de comida, libre por un tiempo (pero pobres, no han quedado satisfechos), tranquila por el deber cumplido (pero mañana les llevaré más cosas), absolutamente dispuesta a descansar (¿pero estarán ahí cuando regrese?).
Seis horas preocupantes como seis leones desatados y empezaré de nuevo. Dios mío, Dios mío, toda una vida de sensatez para esto. Al final qué tengo: siete leones hambrientos en mi corazón.
Olga Bernad
Nota: Marta M. López ha colgado el relato en el desván de los libros. Yo se lo agradezco infinitamente, pero ustedes aprovechen para curiosear por allí: merece la pena.

Actualización del 15 de mayo: este sueño, uno más en la memoria de Gemma Pellicer. Danke schön.

martes, 5 de mayo de 2009

Dos poemas en La nave de los locos (1ª parte)


Hoy me dan la entrada hecha: no podía dejar de enlazar La nave de los locos de Fernando Valls, donde -bajo la etiqueta “poesía española actual”- aparecen dos de mis poemas, que espero les gusten. Fue un honor y una alegría que se interesase por mí, igual que lo es navegar en esa nave. Muchísimas gracias.

Otra alegría es formar parte, desde ayer, de la programación de mayo y junio de Els dilluns de la Cigale, junto a autores de la talla de Efi Cubero, Arturo Bolaños y Eduardo Moga. Gracias a Álex Chico y Juan S.-Vico, los organizadores y responsables, por su interés y su paciencia con mis problemas de calendario.

Olga Bernad

Nota: Quiero dedicarle esta entrada y estos poemas a mi hijo Víctor, de 10 años, ya que tenía una “deuda” con él desde que publiqué los Secretos provisionales para su hermano Adrián.
Ayer recibimos, a través del colegio, una carta del Gobierno de Aragón y del Consejo de Redacción de la Revista ÁGORA, informándole de que había sido premiado en un concurso de poesía realizado en nuestra Comunidad Autónoma. Su trabajo ha sido publicado en la citada revista y mañana serán entregados los premios por el escritor Manuel Vilas en el Centro Cívico de Ejea de los Caballeros.
Muchas felicidades, Víctor.

Actualización del 07/05/2009: Ayer me encontré en los Silenos un poema con dedicatoria. Mil gracias, Antonio Serrano. Sin palabras.

jueves, 30 de abril de 2009

Terco mayo

Terco mayo de soles repetidos,
olvidaré el invierno entre tus brazos.
Porque vuelves, y no para salvarme:
vuelves para robarme el pulso oscuro
que ha sabido dormir entre mis venas.
El saludo de mayo es la intemperie,
el corazón temblando en la explanada,
desnudo y expectante. Será hermoso
encontrarte en el llano mientras siento
un río antiguo y un temblor de tierra
en el circuito ciego de la sangre.

Olga Bernad


Actualización del 12 de mayo de 2009: Este mayo a la intemperie nos lleva a otro de la mano de Alfaraz, en una preciosa entrada. Gracias.

viernes, 24 de abril de 2009

Primera lectura de poemas

Un hombre elige palabras para otros y las dice en voz alta. Elige con cuidado porque siente que no le sirve cualquiera ni de cualquier forma; elige entre miles de palabras y vuelca esa elección sobre el tablero de ajedrez de la sintaxis.

Mucho antes de los libros, los poetas decían a los demás sus versos. Sólo con su voz, la inteligente vibración del aire, debían hacer llegar esa caravana lenta a un corazón ajeno, tal vez también a su entendimiento, y dejar un rastro un poco inexplicable en su memoria.

Yo nunca había dicho mis versos en público. Esa especie de unión inexacta y libre con un lector difuso, lejano a mí y sin rostro, me asusta menos.

Aprendí mucho en la noche blanca de la poesía, el jueves por la noche en La campana de los perdidos; aprendí sobre la propia voz y la de otros intentando ajustar el sonido interior (perfecto y esperándonos) a la verdad de la dicción entre gente que respira y escucha.

Olga Bernad




Nota: el próximo sábado 25 de abril leen Eva Vaz y José Luis Piquero
-La Campana de los perdidos- 22 h. C/ Prudencio, 7 (Zaragoza)
Organiza: Asociación Aragonesa de escritores

domingo, 19 de abril de 2009

En el último mayo en que fui cierta

Las más hermosas juegan,
enredan en los dedos sus cabellos
y yo aprendo a fingir
que me aburro en la clase y que me esperan
mil tiendas, novios, libros,
roperos, minifaldas y una dieta
que subrayó mis ojos de morado
y mató de hambre y celos
al valiente soldado de mi infancia.
(Lo enterré sin más duelos
pues su recuerdo aún estaba cerca).
Perdiendo la inocencia, rizaba mis pestañas.
Dándole cuerda innoble
al reloj que avanzaba contra ellas
y al deseo vulgar de ser queridas,
mis amigas suspiran
y quieren que la clase se termine.
Solamente yo quiero que dure para siempre.
La voz del profesor y su dulzura
me hacen sentir tan sola y tan distante:
“El mar, la mar, como un himen inmenso…”
Recita y mira mis solemnidades
-mucho más inocentes que su orgullo-
y su voz saca brillo al calor ciego
que ya he visto en el centro de mi ombligo.
Pero se ha confundido.
No entiende que él no importa,
no importa el mar, el mundo
como un himen inmenso no me importa.
No sé qué me importaba pero quise
que aquella hora durase para siempre.
Ni el recuerdo la salva, ni el poema:
estar allí de nuevo y todavía,
saber que esos momentos son mi patria,
mi desolada patria estremecida
sin mar y sin nostalgia en la que hundirse;
su ley, su soledad y su costumbre,
mi condena al misterio de las cosas,
mi alma acariciada
por un ángel sin miedo, sin promesas,
sin compasión de mí, sin preguntarme.
Y luego las tareas cotidianas,
(sin su rumor de alas, sin su beso)
ya fueron un exilio permanente,
el triste, el invisible
incluso por los ojos que me miran.
Y yo un torpe naufragio de perplejas
caracolas que invaden las orillas,
un incendio en el pecho y un enjambre
de mares inventados y desiertos
y de estrellas pendientes de las olas
al acecho de luces de palabras;
una princesa inútil, una niña
consciente de sí misma, el monstruo dulce
al que nadie amará si tú no vienes.

Un soldado más vil que el enterrado
en el último mayo en que fui cierta.

Olga Bernad

Nota:

El pasado día 14 decidí cerrar el blog debido a un anónimo. Me desanimó de verdad. Ni siquiera quise decir que estaba recibiendo anónimos, como si yo tuviese la culpa de algo. Sus críticas no eran literarias sino absurdamente personales (y reiteradas).

Ayer por la noche asistí a la lectura de poemas que Miguel Ángel Yusta y Joaquín Sánchez Vallés hicieron en La campana de los perdidos. Hablar con Fernando Sarría, con Marta Navarro, con Luisa Miñana, con otros amigos, pasar una velada agradable alrededor de la poesía, me hizo darme cuenta de las pocas ganas que tengo de dejarlo. Y, como dijo no sé quién, la gana es sagrada.

Contar esta semana con el interés de Javier, Juan Antonio, José Miguel, Fernando, Ángeles, Manuel, Aurora, Sergio, María Luisa, Manoli, mis varios Antonios, Juan Manuel y tantos amigos que me han preguntado por qué paraba, e incluso de desconocidos que no sabía que me leían, me ha hecho ver muy claras tres cosas: me gusta escribir, hay gente a la que le gusta lo que escribo y no voy a pedir perdón por eso.

Y si a alguien le fastidia, que siga chupando su limón amargo.

Siempre he sentido una especie de vergüenza a la hora de dedicar textos, cuando la verdad es que muchas veces he pensado en personas concretas al escribirlos, pero voy a comenzar a hacer excepciones con mi pudorosa contención: le dedico esta entrada y todas las que vengan a ese anónimo o anónima de Madrid que tanta atención me presta y que ha acabado por hacerme ver las cosas tan claras.


Miguel Ángel Yusta en La campana de los perdidos.
Sábado, 18 de abril de 2009



lunes, 13 de abril de 2009

La pesadora de perlas


Alguno de ustedes recordará a Lucrecia Panciatichi, helada dentro de su ardiente vestido rojo, con esa rara calidez distante, atrapada en su cuadro, llevando con dignidad su condena y su reino. La sucia piel de la maldad y su variante sosa, el sentimentalismo, no rozan nunca esa mirada consciente, aunque pueden estropearla buscándole adjetivos. Pero ella no está sola. Bronzino murió hace tiempo y ahora sus ojos ya no sienten la imagen del pintor que la adoraba; sin embargo, ayer volví a buscar en el centro de esas pupilas y en ellas se asomaba el cuadro de la pared de enfrente. Mi habitación destartalada acoge, como la memoria, cuadros que se dibujan con exactitud y más tarde se velan, y un día vuelven a su sitio para quedarse.

Ella, la otra, había vuelto después de muchos años a pesar perlas blancas, tan concentrada y triste, igual que una virgen dócil y precisa pesaría nuestras almas: delicadeza y paz, justicia inamovible en la balanza que pende de sus dedos, la luz casi divina que prefiere su rostro concentrado y deja al fondo el Juicio Universal, el oscuro tapiz que enmarca su carita inmaculada.

Esa dulzura está llena de poder e inteligencia, ella está ensimismada pero ausente, lejos de sí misma y de las cosas. No juega con las perlas. Con la vida en su vientre, la balanza en su mano, la lucidez se entrega a su misterio. Y Lucrecia comprende. Lucrecia nunca teme, es joven para siempre y el miedo es imposible durante tanto tiempo. También yo entiendo que el juicio final tal vez sea dulce, pero será preciso, justo y necesario. Y será inevitable.

Todo es exacto. Vermeer no retocaba. Solidez inamovible, algo tan contundente y tan lleno de razones y, al mismo tiempo, la delicada luz y el frágil equilibrio, el peso de cada pequeña perla iridiscente, estremece el momento que ha parado como quien entrega una verdad y conmueve, fijando para siempre un instante privilegiado que ya no volverá.

Las tengo frente a frente en mi memoria, la habitación imposible donde aún elijo los motivos de mi complacencia. Las acuno con versos de mi gusto y acaso ellas vigilan mientras duermo. Me dejan muy adentro el recuerdo o el eco de lo lejano o alto, tres segundos de gracia en mis pulmones.

Y luego el mundo, que es mi territorio. Expulso el humo, apago el cigarrillo, cierro la puerta y cumplo la jornada.

Olga Bernad

lunes, 6 de abril de 2009

Andábata XXIII: La luz y yo.



Siempre estaba sentado en la mesa de al lado. Yo elegía la más apartada y solitaria porque la mesa de un bar sólo es mi territorio perfecto si me separa del mundo con esas normas no escritas que tienen los lugares públicos. Bares llenos de gente, vida alrededor, pero nadie que se crea con derecho a molestarme. Yo me atrinchero en mis pensamientos y en el papel. Escribo mejor que en casa. Recuerdo a mi hermana, diciéndome con un cierto rencor: “Quieres que estemos, pero en otra habitación”. Es cierto.

Él me miraba con atención y sin descaro. Yo podía ignorarle. Pero un día cometí el error de sostener esa mirada un segundo de más, y ya está, sonrisa inmaculada. Entonces me dijo cosas en un español medio inventado, me dijo: “Tú escribes mucho, tú fumas mucho”. “Sí”, intenté cortar; pero ya no era posible. “Yo te veo días y días”. (Lo sé). “Tú no enfades, tú ojos de mi hermana”. (Ay). “Oh”. “Muy bonitos”. (Ayayay). “Sí, bonitos”. “Pues no sé”. Y una larga parrafada en árabe con una mirada soñadora y algo como miedo y sabiduría. “¿Tú tienes marido? (Por Dios). “Sí”. “Yo, dos mujeres y cinco niños” (Anda). “¿Tú tienes niños”. “Sí”. “Perdona, hace frío en este país”. No puedo, no puedo con la tristeza de los demás. Mis monosílabos le habían humillado y a mí no me gusta humillar cuando no quiero hacerlo, así que sonreí: “Aquí no se tiene más que una mujer o un marido”. “Es poco”, me dijo muy serio.

Bajé la vista y seguí a mis cosas para no dar más oportunidades a sus preguntas, comencé a decirle por escrito lo que jamás le diría en la vida real. Ay, Alí, si yo fuese otro emigrante, un hombre negro de sonrisa blanquísima y mirada líquida, te contaría mi vida esta mañana, mi vida y algún milagro, te acompañaría en este día helado de mitad de invierno, te haría reír. Te explicaría quién soy yo.

¿Quién soy yo, Alí? ¿Tú lo sabes? Soy la reina de las cicatrices. Un dolor en el costado para siempre, siempre, siempre. Si hubiese muerto, no me dolería. Le pregunté al cirujano, justo antes de dormirme: “Pero si veo la luz, ¿la sigo o no la sigo?” Me di cuenta de que no lo tenía claro, me asaltó aquella duda terrible de repente (y era vital para mi supervivencia); me arrepentí de no haber escuchado a todos los que contaban por la tele sus testimonios al borde de la muerte. Ahora no sabía qué hacer ni hacia dónde iba. Yo estaba rota en manos de otros y eso era nuevo y difícil. No vi la luz, o ya no lo recuerdo. Soñaba al salir del quirófano con sonrisas blanquísimas y campanas muy alegres. Una bandada de palomas asustadas levantó el vuelo delante de mis ojos, una lluvia pacífica me despertó. Creí que viviría de verdad y no he sabido. Vivo igual que antes.

Es porque ya no soy una superviviente sino una loca normal, con mi carpeta, con mis papeles, con mi indiferencia. Disimulando mi locura con todos los detalles de la normalidad. Todos los detalles absolutamente probables con los que se construyen los embustes. Años atrincherada, Alí, tengo que coger del cuello a mi pobre corazón cincuenta veces al día, lo tengo en un puño para que no se me desmande y arrastre con él este orden que ves. Soy la joven funcionaria que sonríe y nada más. Un día el corazón se me asfixiará en la mano y ya verás, aparecerá esa luz y seguiré sin saber si hay que ir tras ella. Entornaré mis párpados árabes para siempre jamás. Te contaré estas cosas. “Tú, ojos de mi hermana”. Sister, sister. Hubieras sonreído a mi dudosa luz.

Ahora no puedo. Tú mismo no entenderías mi cordialidad ni mis cálidas ganas de decirte que estoy triste y qué es lo que me pasa. No creas que lo sé, aunque quisiera sorprender a tus preguntas con un montón de frases perfectamente estructuradas, con todos los sintagmas cordiales de mi lengua. Pero eso no se hace, Alí, no puedo. Tengo que protegerme incluso de mis buenas intenciones. Tú no sabes lo complicado que es ser mujer.

Me instalo en mi correcta soledad. Lo convencional, lleno de conciencia y de desierto. Dignidad. Rodillas juntas. Mi manera de elegir es sincera y, sin embargo, miro atrás cuando parto y mi estatua de sal se queda a escribir otro capítulo de la nostalgia que ahogaré en palabras inventadas.

Hace semanas que no viene a la cafetería, seguramente no volveré a verle nunca más.

Olga Bernad

martes, 31 de marzo de 2009

El fuego que nos mira

Cansada estoy de danzas junto al fuego.
Guardé todo el invierno las llamas insaciables,
las rojas y voraces, y no supe
volverlas luces blancas para el alma.
Me asusta su incansable rezo sordo,
su arrebato de luz que nunca es mía.
Alimenté las lenguas del incendio
por si llegabas antes de que marzo
volviera inútil mi dolor de lumbre.
El invierno se ha ido y tú no vienes.
Quemé el bosque y la casa; suena el río
y el viento contra el fuego de mi hoguera
(todo el maldito invierno junto al fuego).
Los restos de mi cama para el fuego
y las sábanas blancas son del fuego,
en mis ropas prendidas mira el fuego
lo único que queda en torno al fuego:
mi cuerpo ensimismado frente al fuego.

Olga Bernad

lunes, 23 de marzo de 2009

Sedeisken

Honrar a los que murieron
tal vez porque nunca me podrán
juzgar por el hambre que siento ahora.

Agustín Calvo Galán, Magisterio (Poemas en el entreacto)



Hoy he estado en Azaila. Sentada sobre una piedra del yacimiento íbero, desde la elevación que te permite, como si fueses un soldado vigilante aburrido por la ausencia de enemigos, vislumbrar treinta kilómetros de llano imperturbable, he pensado esta entrada. Tantas cosas pensaba que no sé cómo empezar a contárselas.

Tal vez por el principio: lo que roza la mano que luego excavará, porque excavar es preguntarse y encontrar lo que fuimos mirando hacia nosotros, dar permiso a lo escondido para que aparezca, ponerlo delante de nuestros ojos y dejar que nos los abra. Mis dedos tocan la muesca en la piedra dura. Una inscripción de la guerra. 1937. “Viva la C.N.T.” Veo tropas republicanas oteando la misma tierra que tengo junto a mí. El frente del Ebro y su carga de angustia. Nunca he podido pensar en Belchite con tranquilidad. Esa manera de pelear las guerras, que siempre son derrotas, casa por casa, habitación por habitación, vida por vida, donde se mezclan en un caldo oscuro el heroísmo y la crueldad hasta límites insospechados. Me asusta llevarlo dentro, es el fundido en negro que a veces intuyo en mi propio corazón, contra el que muchas veces vivo. Esa imaginaria de mi propia oscuridad me lleva hacia la otra ciudad, la destruida por segunda vez y para siempre sobre el año 75 antes de Cristo, porque la tropa que labró esa piedra estaba ya instalada sobre ruinas que dominaban un paisaje y sólo repetían la historia sin cesar.

La Hispania Citerior fue testigo en aquel tiempo de las guerras civiles romanas. Sertorio fue nombrado gobernador por el senado de Roma, pero se rebeló contra ella. Casi todo el Valle del Ebro tomó partido por Sertorio, y la ira terrible de la madre romana cayó sobre sus pueblos. Esta ciudad no pensaba rendirse. Fortificada alrededor de su muro y su foso, alta como una torre sobre el llano, resistió un primer asalto. Pero a los que resisten no sólo se les vence, se les destruye por completo. Y Roma trajo toda su tormenta, la palabra que designa -tan poéticamente- la maquinaria romana de guerra usada en los asedios: las catapultas inventadas por los cartagineses y perfeccionadas por los macedonios; y también ballistas, scorpios, onagros, arietes, torres de asalto.

El foso y la muralla eran seguros; la fuerza romana, sin embargo, no sólo residía en sus armas. Numerosos soldados levantaron una lengua de tierra, la arquitectura de la rampa de asalto que después fue encontrada por las excavaciones. Muy cerca, se halló también el hueco en la muralla derrumbada, el resquicio por el que entraría la segura derrota.

Pero los tercos habitantes de esta tierra no se preparaban para rendirse: se dispusieron a la lucha sin cuartel. Levantaron las piedras de su propia calzada, eso explica los campos de lajas hincadas bajo esa rampa de asalto, en un intento por entorpecer las maniobras del enemigo; eso explica la catapulta de torsión en el interior del templo, ya no enfocando el llano, sino la puerta de su propia ciudad; explica los restos de barricadas en sus calles, cada vez más interiores y más desesperadas, explica por qué fueron salvajemente aniquilados, tanto, que una ciudad que había tenido vida casi ininterrumpida durante más de mil años no volvió a habitarse nunca más, a pesar de su perfecto emplazamiento.

Inútiles para siempre se volvieron su dos torres cuadradas, el molino, el templo in antis de cuyas figuras principales sólo los pies quedaron anclados al suelo, los pies del hombre y los cascos del caballo. La hermosa victoria que lo coronaba voló en mil pedazos, su orgullosa cabeza apareció entre los restos del naufragio, destronada por la historia y envilecida por la caliza del beso largo y lento del suelo y la derrota. Inútil el foro y el único túmulo que llegó hasta nosotros; inútil el arrabal, las termas más antiguas de la península y el gran aljibe; inútiles las perfectas calles empedradas donde aún pueden notarse las obstinadas entallas de las rodadas de sus carros.

Dos mil años después la ciudad fue rescatada por la arqueología, y desde ella avistaron este paisaje los republicanos que labraron sobre la piedra del templo la inscripción a la que me refería al principio. Todo eso explica también mi escalofrío, explica las palabras de Pompeyo al senado de Roma en el año 74 antes de Cristo: “La Hispania Citerior que no está en poder del enemigo, o nosotros o Sertorio la hemos devastado hasta el exterminio”.

Pero tenemos que excavar un poco más, ésta no es toda la historia. Aquella ciudad romana y rebelde ya se había asentado sobre otra destrucción de la que casi nada queda. El poblado tuvo su origen en el siglo IX antes de Cristo, en la Edad del Bronce final, y no parece caber duda de que fueron íberos, con su misterio lingüístico y tenaz que pervive en alguna parte de nosotros mezclado con una amable música celta y otras muchas aportaciones de la aventura del devenir. Posiblemente se llamó Sedeisken y estuvo habitada por sedetanos, pueblo ibérico también presente en otras localidades del Valle Medio del Ebro: Damaniu, Lakine o ese Alaun ahora convertido en nuestro Alagón cercano.

Lo íbero mantiene su secreto, cerrado y contundente, pero de sus usos y costumbres sociales nos ha llegado lo que se llama el culto al jefe, una manera de ser que cartagineses y romanos aprovecharon en su beneficio. Los romanos lo nombraron con el término devotio, y con ello intentaban atrapar en una palabra la fidelidad de vida y muerte al líder. Sus hombres vivían por él y morían por él y con él. Si llegaba el caso, se inmolaban. Es una constancia en la lealtad que roza la demencia. Y tal vez una decisión tomada por su sangre: la de no querer contemplar nunca la derrota desde el lugar del esclavo.

La bella, tosca y antigua Sedeisken acabó quedando en zona cartaginesa, cuando Cartago y Roma usaron el Ebro como frontera para intentar repartirse una paz que jamás pensó ser cierta. La margen izquierda, influencia romana; la derecha, para Cartago. Ese tratado se firmó en el 226 antes de Cristo y nació muerto. Durante la segunda guerra púnica, Roma se apropió de la ciudad, pero para eso tuvo que devastar aquel primer pueblo misterioso que estaba en ese momento bajo influencia cartaginesa y del que apenas quedan restos que nos sirvan de testigos. Tan sólo una necrópolis cercana, situada a favor del viento dominante, ese Cierzo que se empeña en llevarse lejos hasta el olor a muerte; un cementerio que el tiempo humilló partiéndolo por la mitad con una carretera. Quedan noventa y un túmulos, un campo de urnas que la cultura hallstática sembró de ceniza y huesos y ajuares funerarios.

Hoy, con la calma de un sol tibio sobre la frente y las risas y las quejas de mis hijos, tan sinceramente dispuestos a aburrirse pronto de piedras y pensamientos, he sentido que el sumario de la historia suele ser simple y cíclico igual que mi tristeza. No me he hecho preguntas que ya están contestadas: “Aquí pasó lo de siempre. Han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses”. Pero, a pesar de todo, el sentimiento que he encontrado al final de mi conciencia, de pie sobre esta tierra, se parecía al amor.

No quiero excavar más.


Zaragoza, 21 de marzo de 2009.

Olga Bernad

Nota:
La Villa de Azaila se encuentra a unos cincuenta kilómetros de Zaragoza, en la margen derecha del río Aguasvivas y dentro de la Comarca del Bajo Martín. Pertenece a la provincia de Teruel. Los primeros asentamientos se localizan en el Cabezo de Alcalá, junto al río Aguasvivas y en dirección a Vinaceite.

martes, 17 de marzo de 2009

Las afinidades electivas




En noviembre del año pasado, con motivo de su participación en Las afinidades electivas, Juan Manuel Macías tuvo a bien mencionarme en su lista de poetas. Para diciembre me animé a preparar algo, pero no me decidía a enviarlo. Me impresionaban un poco algunos de los nombres que por allí podían leerse y no estaba segura de lo que pintaba yo entre ellos.

Como siempre, creo que al final lo mejor es hacer caso a la simple verdad que piensas y sientes, y la verdad es que me hace ilusión por doble motivo: por mostrar un poco de mi poesía, como he hecho aquí en el blog; y porque esa mención ha venido de una persona a la que yo ni siquiera conocía, salvo por el acercamiento mutuo que supuso ir leyendo cada texto de cada entrada, una tras otra, y nada más. Y nada menos.

Agustín Calvo Galán, artífice de ese edificio en permanente construcción, tuvo para conmigo la mayor de las amabilidades en todo momento.

Me decidí por dos poemas ya publicados aquí en mayo y junio, y que tal vez recordarán los lectores más veteranos de esta bitácora; luego añadí otros dos de ésos que posiblemente iban a quedarse para siempre en los inquietantes ataúdes sin cruces en que suelen convertirse nuestros armarios particulares para algunos de los que tenemos esta manía de escribir.

Aquí están. Espero que les gusten.

Olga Bernad

Actualización del 18/03/09:
Las Diosas se hicieron eco. Gracias al simpar administrador de sus designios y a todos los que allí habéis participado.

Actualización del 19/03/09:
Gracias también a Álex Chico por la amable referencia en su Isla de Elca.


lunes, 9 de marzo de 2009

El mal amor

Lo peor del mal amor es que está condenado a la mentira. Se miente a sí mismo cuando interpreta y sigue mintiendo cuando habla. Con motivos o incluso sin ellos, tenemos derecho a decir no, y deberíamos poder soportar que nos lo dijesen.

Las personas normales se entristecen, los apasionados sufren e investigan los límites de su dolor, aprenden; los mejores escriben poemas. Pero el acosador, por encima de todo eso, no acepta al otro, ese otro desligado de sí mismo y su vanidad; busca mil explicaciones, se crece de una manera equivocada, refuerza sus actitudes hasta hacerse minuciosamente odioso a los ojos de quien quiere poseer.

Toma café en tu bar, pasea por tu calle, va a los mismos cines que tú, propicia mil coincidencias cotidianas e interpreta las del otro como mensajes en la misma lengua. Te espía, te importuna, y tú te vuelves sensible al mínimo roce de su mirada. Enseña su dolor constantemente, su dolor de monarca indignado, de mentirosa víctima, de serpiente que sabe arrastrarse y quiere hipnotizar. El acosado llega a preguntarse si tiene derecho a marcar su territorio, si eso será amor, si debe decir no tan claramente, si esa honestidad no forma parte de cuantas margaritas echamos a los cerdos. Si tendrá razón o se estará volviendo loco. Pero el rechazo es tan rotundo que no es fácil fingir cordialidad. Es tan cierto que aclara cualquier duda. No puedes.

Cuando el acosador pasa a la acción, comprendes que tu instinto olió su sangre negra antes que tú. Que tu mirada le dice lo que no quiere saber: le dice quién es. Le dice que no. Que es no, es no, es no y lo será siempre.

Olga Bernad

miércoles, 4 de marzo de 2009

Rectas

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.

Luis Cernuda


Sólo tú, nadie más, nadie me mira.
Solamente tu nombre me envenena.

Las rectas que imagino se parecen
a los días en los que pienso en ti:
encrucijada de crucifixiones
y delirio de dudas y destinos.
Algo como un dolor de despedida
y un fiero amor; navajas de juguete
en la espina dorsal de los caminos.

La vida es un enorme precipicio,
lo que queda delante de la vista.
Sólo la fe dibuja líneas rectas
y busca rectos versos en sus filos.

Olga Bernad