jueves, 12 de junio de 2008

Porque quiero

No sé qué hacer con la mitad de las cosas que siento. Me pregunto muchas veces qué hacen los demás con el amor de sobra, por qué rincones lo irán abandonando, detrás de qué puertas lo protegen del mundo o dónde aprendieron a negarlo. Ruedo por la jornada cotidiana y me encuentro sensatos seres que casi siempre saben lo que hay que hacer: cambian de carril con una agilidad asombrosa y hablan de leyes, economía, motores, vida y muerte, programas informáticos. Soy la que siempre espera con el intermitente puesto, la que se disculpa por no entender, la que no sabe qué hacer.

El modesto paso del tiempo encadenado ha ido convirtiendo mi gesto expectante en un rictus más serio y más cansado. A veces desprecio a los demás con profunda tristeza y sé que ese desprecio me obliga a envejecer; lamento hondamente que no me impresione su sabiduría, sólo quiero admirar. Quiero limpieza y luz: entusiasmo o renuncia, alegría o dolor, me dan lo mismo. Y quiero perfección, palabras justas, el roce incontestable de la verdad y lo exacto. Quiero que exista gente merecedora de admiración porque, si no, no hay nada: el mundo me parece la quimérica y desangelada sala de lectura de un hospital o una notaría, el lodazal donde acampará un circo; la esperanza, el papel brillante de un regalo innecesario.

Quiero sentir admiración y, sobre todo, quiero saber qué hacer con ella.

Olga Bernad

14 comentarios:

Juan Manuel Macías dijo...

A mí tampoco me impresiona la gente que anda diciendo cosas que ya están en los libros o, lo que es peor, en Internet. Prefiero siempre acudir a la fuente primera, cuando me hace falta. El conocimiento como deber me aburre terriblemente y, es más, no me dice nada. Frente a la admiración, propongo el asombro. La capacidad de asombro, es lo que reclamo Y me asombra aún poder asombrarme con muchas cosas porque no hay nada como la saludable ignorancia.
Tu entrada, magnífica, como es habitual, siempre asombrándonos.
Abrazos.

Betty B. dijo...

Gracias, Juan Manuel. El asombro va muy unido a la admiración, si es asombro del bueno. Yo necesito admirar. Lo malo es que cada vez me vuelvo más difícil de sorprender, no sé si soy más exigente o sólo estoy más cansada de tonterías, y esa satisfacción se me escapa. También es malo cuando la admiración es tan profunda que ya no está hecha a medida del deseo, sino que se convierte en una especie de sentimiento que no sé utilizar. Espero que tu asombro sea siempre un placer.
Un abrazo.

Antonio Azuaga dijo...

No te preocupes por la eficacia de la admiración: con ella no hay que hacer nada. No es útil, es valiosa. No ocurre en su caso lo que con la curiosidad, casi siempre obscena porque lo que despierta su atención pretende un resultado. La admiración es una hipérbole de la generosidad: se arroja a la contemplación de lo grandioso y lo engrandece, a su vez, a fuerza de admirarlo. Éste es el primer paso, el que podríamos llamar del arte, de la poesía. Cuando, además de admirar se quiere conocer, se transforma en filosofía, que es un grado inferior de generosidad. Pero cuando lo quiere utilizar, entonces la admiración desaparece, se convierte en curiosidad, degenera en pragmatismo, o técnica, o microondas…
Tu deseo de admirar debe ser autosatisfactorio porque es admirable. Como la entrada que le dedicas.
Un saludo.

Betty B. dijo...

Sí, quizá el verbo “utilizar”, en mi anterior comentario, no ha sido muy afortunado. No quería expresar eso. Tienes razón, pero yo no le busco la parte eficaz o utilitaria, quería nombrar la misma sensación que ha dado pie a la entrada, ese no saber qué hacer con las cosas que sientes, no saber dónde encajan. Muchas veces pienso en lo que me rodea como una especie de puzzle de piezas dispersas (alguna vez te lo he comentado, no sé si lo recordarás). Creo que cuando admiro de verdad a alguien veo una parte del dibujo de fondo que debería existir. Parece un amor de sobra porque te deja la tristeza de quedarte llamando a las puertas del cielo, como en esa canción. Pero que me siga pasando alguna vez, por favor, aunque sea para nada.
Gracias por venir, Antonio, como siempre.

Antonio Azuaga dijo...

Perdona, Betty B., a veces se me va la pinza y adopto un empachoso tono que parece querer ser magistral. Me borro. No pretendía decir que tú fueses “interesada en resultados” de la admiración. Hablaba en general, de palabras y conceptos. Y admiraba tu potencialidad. Hoy por hoy (¡ya empiezo!) la mayoría de la gente emplea mal esa grandeza humana, “admira” estupideces nada admirables y encima le parece suficiente. ¡Bendita tú que incluso te cuestionas qué hacer con el exceso de admiración de que eres capaz!

Betty B. dijo...

Le tengo cariño a tu tono magistral, Antonio, no me importa nada que me corrijan (depende de quién, claro). Me cuestiono qué hacer con el desbarajuste de emociones que me produce y quisiera evitar; el querer evitarlo tiene algo de traición (¿a quién?), tiene un poco, un poco, de añoranza de la felicidad moderna y plana, esa superstición. Es que soy de “nuestro siglo”…

Famayor dijo...

Yo creo que los sentimientos no se pueden elegir. Uno siente admiración, asombro, o deseo de conocer, y los siente sin querer. ¿Hacer algo con ellos? Creo que la mayor utilidad de los sentimientos y las emociones es conocerse uno. Averiguar qué nos conmueve y reconocerlo íntimamente, con honestidad. Puestos a hacer algo con esos sentimientos, y hacerlo conscientemente, sería cuestión de recurrir a la voluntad y ahí entramos en el campo de la libertad, de la responsabilidad. Quieres admirar Betty, dices. Admirable sería sólo la belleza y la virtud, (la idea de la belleza algo más subjetiva que la virtud, de la que se ambicionaría la mayor objetividad posible). En cuanto a la ignorancia, ayer leía la última entrada del Vampiro (una página cuyo link tengo en el blog) que se titula "perversa ingenuidad" y trata de nuestro "supuesto deber de conocer" (en este caso sobre política) pero ¿de dónde nos nace la inquietud de saber, el sentido del deber de conocer?
¿Acaso no acarreamos culpa por acabar reconociendo nuestro desprecio por el ignorante, por nuestra propia ignorancia?

Las emociones y los sentimientos nos anegan, abruman, nos producen bienestar, serenidad o inquietud...
Lo difícil sería elegir pensamientos adecuados con todo ese batiburrillo del alma, pero somos humanos, y exigirnos la perfección y la exactitud (particularmente a mí esto me machaca un montón)es condenarse al dolor, aunque por la mejor de las causas, claro.
Un abrazo, Betty.

Betty B. dijo...

“Averiguar qué nos conmueve y reconocerlo íntimamente, con honestidad”. Muy cierto, Fa, y bastante difícil, aunque pongamos toda la honestidad, saber con precisión qué nos conmueve y por qué motivos nos conmueve especialmente alguien. Mejor la virtud y siempre la belleza, pero yo creo que es también la verdad, alguien nos deja ver un poco de verdad y la reconocemos, incluso aunque no la entendamos del todo o no queramos entregarnos, íntimamente nos quedamos admirados. Esa mezcla de comprensión y extrañeza.
Besos.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Preciosa entrada, Betty. Poesía también en tu prosa sobre lo cotidiano.

Betty B. dijo...

Muchas gracias, Antonio. Me hace muy feliz que la entrada te guste y también que me lo digas. Eso es generosidad por tu parte, y la generosidad pone un poco de grandeza en lo cotidiano.

ana dijo...

Es preciosa,betty, tu entrada. Y es lo que dice Antonio, la admiración es buena sobre todo para el que la siente.Nos hace plenos.Un beso.

Betty B. dijo...

Gracias, Ana. Bienvenida.

gbp dijo...

No sé cuantas veces he leido tu entrada, pero cada vez me gusta mas. Dejemos de ser tan modestas y admirate!!!
Un beso, cariññño.

Betty B. dijo...

Esto no tiene nada que ver con la modestia, pero la admiración hacia uno mismo no cuenta en este caso, y la verdad es que en casi ninguno. Si uno es tan tonto como para admirarse, lo mejor que puede hacer es disimularlo un poco.
A mí los que me gustan son los demás (cuando me gustan).
Que nos sigan gustando, hermana, y que algún motivo sea verdad.
Mira alrededor…
Un beso, niññññña.