A Josep Alfred P. C., que ya no recordará quién soy.
Cuando era muy joven, un amigo me dijo que me había empachado de lucidez. Él era perspicaz, así que yo dediqué unos cuantos años de mi vida a demostrarle al mundo que podía ser tan inconsciente como cualquiera. Uno puede apagar la pequeña vela que la vida le ha puesto en la mano y seguir a tientas, porque la oscuridad es más acogedora que la intemperie.
Si un día volvemos a encenderla, en un extraño gesto de curiosidad y nostalgia, descubriremos que no podemos ver con luz. Avanzar a tientas es ya una costumbre, una manera de vivir; y el mundo abierto, una nueva noche de hirientes claridades que duelen y encandilan. Volver a ver el mundo iluminado, mirar las cosas serenamente, sin que las suavice la confusa e implacable borrachera de las excusas cotidianas, sin que las desdibuje un poco la irreflexión, ocupando toda la sensibilidad, con el alma lavada de la intoxicadora bruma de la experiencia, duele en los ojos y en el corazón.
Avanzo a tientas y sigue haciendo frío. Carpeta en la mano, tabaco en los bolsillos, sonrisas que calientan y entretienen. Y la misma estepa desplegada hacia el horizonte, inmensa, plana, inquebrantable. Sólo el tiempo se ha ido. Al fondo, alguna ermita guardará su virgen como las murallas protegen a los pueblos que siempre, siempre, hubieran preferido crecer junto a algún río. Aquí, la asfixiante vulnerabilidad del llano, el agua remansada, la incertidumbre del pozo, bendito manantial o trampa líquida; tal vez veneno agarrándose a la sangre lentamente, metal pesado acumulándose sin prisa en cada corazón. Uno nunca sabe, pero hay que beber.
Tal vez a ese amigo, en aquel tiempo, hubiera podido contarle que pienso en ti a menudo como pensaría en un amado muerto que me protege desde el cielo (si tú fueses mi amado, si tú estuvieses muerto, si el cielo existiese, si tu lugar fuera aquél).
Algo parecido a un hombre se me aparece cada vez que encuentro agua y abro bien los ojos. Señala líneas con el dedo; escribo. En mitad del llano, una huella puede ser también una senda. Alrededor, el mismo abismo horizontal e indiferente. Adentro, esas ganas de ir hacia delante; y de no ir completamente sola.
Olga Bernad
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NOTICIERO
19 de noviembre: Si el martes la web de la casa del libro nos mantenía por segunda semana entre los autores aragoneses más vendidos, hoy, la lista del Heraldo de Aragón, configurada con los datos de varias librerías aragonesas, muestra que las Caricias siguen adquiriéndose. Un libro de poesía entre novelas. Es bonito mientras dura. Gracias por vuestro interés.
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Hace un año:
Los lobos del jardín
Ver para creer
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Si un día volvemos a encenderla, en un extraño gesto de curiosidad y nostalgia, descubriremos que no podemos ver con luz. Avanzar a tientas es ya una costumbre, una manera de vivir; y el mundo abierto, una nueva noche de hirientes claridades que duelen y encandilan. Volver a ver el mundo iluminado, mirar las cosas serenamente, sin que las suavice la confusa e implacable borrachera de las excusas cotidianas, sin que las desdibuje un poco la irreflexión, ocupando toda la sensibilidad, con el alma lavada de la intoxicadora bruma de la experiencia, duele en los ojos y en el corazón.
Avanzo a tientas y sigue haciendo frío. Carpeta en la mano, tabaco en los bolsillos, sonrisas que calientan y entretienen. Y la misma estepa desplegada hacia el horizonte, inmensa, plana, inquebrantable. Sólo el tiempo se ha ido. Al fondo, alguna ermita guardará su virgen como las murallas protegen a los pueblos que siempre, siempre, hubieran preferido crecer junto a algún río. Aquí, la asfixiante vulnerabilidad del llano, el agua remansada, la incertidumbre del pozo, bendito manantial o trampa líquida; tal vez veneno agarrándose a la sangre lentamente, metal pesado acumulándose sin prisa en cada corazón. Uno nunca sabe, pero hay que beber.
Tal vez a ese amigo, en aquel tiempo, hubiera podido contarle que pienso en ti a menudo como pensaría en un amado muerto que me protege desde el cielo (si tú fueses mi amado, si tú estuvieses muerto, si el cielo existiese, si tu lugar fuera aquél).
Algo parecido a un hombre se me aparece cada vez que encuentro agua y abro bien los ojos. Señala líneas con el dedo; escribo. En mitad del llano, una huella puede ser también una senda. Alrededor, el mismo abismo horizontal e indiferente. Adentro, esas ganas de ir hacia delante; y de no ir completamente sola.
Olga Bernad
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NOTICIERO
19 de noviembre: Si el martes la web de la casa del libro nos mantenía por segunda semana entre los autores aragoneses más vendidos, hoy, la lista del Heraldo de Aragón, configurada con los datos de varias librerías aragonesas, muestra que las Caricias siguen adquiriéndose. Un libro de poesía entre novelas. Es bonito mientras dura. Gracias por vuestro interés.
_______________________________________________________________________________________________________Hace un año:
Los lobos del jardín
Ver para creer
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