domingo, 28 de diciembre de 2008

Fin de los sueños

No nos queda casi nada de este año, dense prisa, si tienen algo por hacer… y que la naturaleza y los dioses sean generosos con ustedes y con sus sueños en ese 2009 aún por estrenar.






La soledad de la bella durmiente
seguía dibujando la certeza
de un dulce Sur y un corazón perdido
y años que se entretienen y resbalan
entre dedos desiertos de caricias.
Y tú que sollozabas escondido
en el ángulo oscuro de mi danza,
en el rincón mas quieto de mi sueño;
y yo que despertaba de repente
del único destino de las hadas,
de mi tiempo pasado entre unas ruinas
más perfectas que yo, desde los versos
de los cuentos amargos de las niñas,
amargos como hombres que levantan
los vestidos y rompen las almohadas
a las que me abrazaba por las noches
cuando el amor era un temor futuro,
cuando todo da miedo y tú no estabas
besándome la angustia de los párpados
ni esperando los pasos de mis piernas,
las mismas que sostienen y que guardan
tus labios en el centro de mi trampa.
Tus labios cuidadosos por mi alma
muerden mi corazón, leen los mapas
del calor en mi piel y las montañas,
el mar, el cielo, el sol, la luna y nada,
nada como tu peso me ata al alba.
Sobre mí tu deseo y la mirada,
sobre mí tu equilibrio y tu locura,
tú sobre mí, tu y yo sobre la cama.


Olga Bernad

Actualización del 29 de diciembre de 2008
:
Fernando Sarría lleva este poema a su Crepusculario siglo XXI.
Muchísimas gracias, Fernando.


martes, 23 de diciembre de 2008

Manos de barro

Ay, el amor a la Humanidad, qué pocos problemas trae. A mí no me cuesta nada querer a todos esos seres que no conozco y que nunca me molestarán, están ahí, con sus sonrisas y sus lágrimas, con su niebla y su imprecisión, con su manera de ser como yo pero bien lejos. La sensación es tan gratificante y cuesta tan poco esfuerzo que tiene algo de trampa y tentación. Os quiero a todos, tenedlo por seguro. Os quiero y es verdad. No miento y, sin embargo, si deseo pensar en el amor seriamente, no tardarán en llegar fogonazos de odio. El problema es que quienes nos mienten, quienes nos traicionan, quienes nos hacen la vida imposible en el trabajo o quienes, simplemente, nos desagradan, son también Humanidad. Que te digan que los respetes, vaya y pase; pero que, encima, los tengas que querer… Eso es para valientes o para mentirosos (y hablábamos del amor seriamente, hemos quedado).

Pero ese esfuerzo casi inhumano es el único que mejora un poco el mundo, esa es la verdad, lo pone un poco en orden, lo suaviza. Pone a prueba la inmensa carga de nuestra voluntad, la convierte en la joya que brilla sobre el pecho o en el collar de hierro de una esclavitud profunda. Cuando no puedo amar a quien me hace daño, pero no quiero odiarlo (porque el odio es muy impertinente de sentir, como enamorarse pero sin parte bonita) intento comprender. Es lo único que me salva, entender su dolor, meterme un poco en su piel, sentir su frío, compararlo con mi propio corazón helado cuando he devuelto mezquindad por mezquindad, tasada con ojo de amo. Y todos esos pequeños sufrimientos envenenando la vida cotidiana en cada historia de amor y en cada reunión de vecinos de la comunidad. Qué pérdida de tiempo y, en la mayor parte de los casos, qué gran tontería.

A veces, muy adentro, quisiera disculparme por ser tan débil, por haberme sentido herida, por no entender a los demás o no intentarlo. Casi nunca lo hago. Pero, mientras pienso en ello, hago algo parecido a rezar, imploro una compasión por mí y por todos que sólo ante Dios dejaría de resultar absurda, si es cierto que nos mira y nos escucha. Y el auténtico compromiso – y en muchos casos auténtica penitencia, seamos sinceros- es dejar de hacer lo que no debemos y punto. Sin excusas y sin autocomplacencias. Yo no sé qué pensará Dios de nosotros. A mí me cuesta creer que existe, pero me resulta casi imposible creer que no existe. En cualquier caso, si no volviese a nacer cada invierno, se aburriría de mirar y mirar con ojos viejos los gestos repetidos de los hombres, siempre intentando lavarse esas manos de barro sobre las que sopló la gracia.

En fin, pido un poco de belleza y compasión en estas fechas y les deseo a todos una feliz Navidad.

Olga Bernad

Actualización del 24 de diciembre:
Para completar esta entrada, pasen y vean la web de DVD Ediciones, donde encontrarán felicitaciones de muy diversa índole (incluida la de una servidora) durante estos días navideños junto a sus otras habituales e interesantes secciones. No se las pierdan. Gracias al coordinador de la página, el simpar Juan Manuel Macías, por su amable invitación.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Canciones de extraño amor



Estoy segura de que nadie en el mundo ha visto este vídeo tantas veces como yo. Tengo una copia en la habitación destartalada donde sólo entra lo que amo y de la que ya les he hablado algunas veces; la misma habitación de la que no saldré algún día, cuando el sentido común deje de interesarme o me abandone, aburrido de cuentas por cuadrar y tonterías.

Miren a su alrededor: en su trabajo, en la calle, en el autobús o encapsulados en su coche entre el tráfico; miren un poco y comprendan de qué viven rodeados y, luego, dediquen dos minutos a esta canción.

Ni siquiera la entiendo del todo: sé que habla de marineros que bailan en el puerto, que brindan a la salud de las putas de Ámsterdam y a veces mueren al despuntar el día, ebrios de cerveza y dramas; habla de lánguidos océanos, del sonido de un acordeón y de mujeres infieles, de monótonas orillas, de manteles muy blancos, de miseria. Oigo el rumor de un mar vivo y triste, duro como una roca, en ese gesto hipnótico que se ha ido irremisiblemente a otro lugar y desde allí nos habla, dejando mi incredulidad agazapada hasta que acabe, poniéndome la carne de gallina.

Nadie canta así, con la emoción creciente del que se va dejando herir por la historia que desgrana, enamorándose de ella hasta desesperarse y hacernos desaparecer. Yo quiero estar ahí, quiero estar a su lado mientras canta. Seguro que el aire quieto de los auditorios vibraba con la voz y el calor de esos sentimientos tan normales y tan extraños que palpitan en su gesto masculino, distintos como copos de nieve que no dejan de caer, llenos de una rara perfección de miel y rabia. Y yo me siento ahí, casi siento el calor que se levanta de cada uno de sus movimientos, y me gustaría que esas manos que acarician o golpean el aire cuando siguen la música, torrentes de algo como un amor contenido que se escapa, rozasen un segundo mi mejilla.

Olga Bernad
Actualización del 17 de julio de 2009: lamentablemente el vídeo mostrado en la entrada ya no está disponible. Adiós a los subtítulos en griego... os dejo éste subtitulado en inglés, que no es lo mismo, pero nos permite oír a Brel. Sin su voz, el texto estaba muy triste.

martes, 9 de diciembre de 2008

El cielo para quien sepa tocarlo

A Fernando G. Seral, que mira mucho al cielo...


Casi al final del día
da el águila real la última vuelta
sobre el llano de plata.
Sobre el campo,
la tierra y las razones cartesianas,
linderos y murallas, paredones
que tranquilizan a los propietarios.
Por encima de él,
surcando el infinito mar del aire,
el águila se adueña del misterio;
sus alas reconocen, acarician y marcan,
delimitan
su parcela de cielo insobornable,
la soledad azul que se oscurece.


Olga Bernad

Nota: El autor de la fotografía es Fernando González Seral y fue publicada en su blog Los Monegros el pasado cinco de agosto bajo el título "...cielo"

jueves, 4 de diciembre de 2008

Manuel

Olía a tabaco negro y a pensamientos tristes. Nunca escuchaba música y yo creo que nunca cometió la imprudencia de leerse un libro entero. En 1960 se cayó del andamio, estuvo un par de meses en coma y casi tres años de hospital en hospital. Mi abuela contaba que volvió de aquella guerra igual que de la otra: callado y taciturno, mucho más solo, con la calma sin adornos del que ahorra fuerzas para el tajo, con misterios nuevos bailando en las dos luces oscuras de sus ojos negros. Dos olivas mojadas que disparaban recto.

No tenía dinero, no tenía libros y no tenía palabras; liaba los cigarrillos con alguna ternura y los fumaba despacio mirando hacia la nada. Miraba muy adentro y bebía coñac por las mañanas.

Supongo que su vida no fue buena. La guerra, la tierra dura a la que pelearle cada fruto, estériles arcillas y rocalla y, luego, la huida hacia la urbe: la fábrica, el cemento, los andamios, la sucia periferia sitiada por descampados deprimentes; los rezos insomnes a San Jornal Sagrado, el más espiritual, el intangible.

Nunca contaba penas, no sabía. Miraba tan despacio, hablaba tan poquito. Nunca me metió su odio en el cuerpo, si le quedaba odio, ni me legó antorchas sucias que pudieron haberme convertido en un fantasma más de la diversa Santa Compaña que aún ameniza nuestras incógnitas. A lo mejor encontraremos las nuestras, luces y cruces antiguas pero propias que ir llevando adelante. No me dejó en herencia su derrota, tan sólo su recuerdo y, con eso, volvió verdad un poco de la libertad futura soñada en el pasado; tampoco quiso compartir su amargura, la inmensa, la que estaba cada día entre el gesto paciente de sus manos callosas. Qué pocas caricias ásperas dieron esas manos toscas.

Nunca tiraba el pan, se lo guardaba en uno de esos bolsillos ocultos que tienen los abuelos. Desmigajaba más tarde los mendrugos para dar de comer a las palomas grises que acuden a las aceras, lo hacía con prisa, con cierta vergüenza de que alguien lo viese, sin ninguna dulzura, con el mal genio o el silencio mortal en que refugiaba su orgullo o sus perplejidades, ignorándolo todo. No miraba a las palomas, seguía caminando, cargaba con su cruz.

Se murió de puro viejo sin hacer aspavientos, hace apenas un año. Y no quiero, jamás, por nada del mundo, manipular su recuerdo hasta enterrarlo en las mil frases gastadas que todos pueden imaginar, pues tienen corazón y seguramente saben cómo se vuelve el mundo cuando se va marchando la gente que conocemos y amamos de verdad. La gente que nos quiere.

Olga Bernad

viernes, 28 de noviembre de 2008

El Cierzo y el suicida


Le oíste trabajar toda la noche

salmodiando razones extrañísimas


Juan Manuel Macías, Interludio en Marte (Azul de enero)


El viento tiene muchos nombres bonitos: el isleño Gregal y los Alisios, el cálido Levante, el Xaloc y el Lebeche cargado de desierto, la Galerna que azota las costas del Cantábrico, el Simún y el Siroco, el Mediodía. A mí todos me suenan a lamento y en todos ellos respira la locura, aunque alguno es tan dulce como la niña eterna de las cantigas llenas de saudade, la morriña de lejos, la tristura del mar azul del norte.

Pero el Cierzo que yo oigo es la voz sin amabilidades, un viento de Mistral, un desbaratador de pensamientos, el frío y seco, el fuerte. Jamás escucha a nadie, revolvedor de hojas, barrendero del mundo; el insensato, el que limpia la cara del cielo en días luminosos e imposibles, el que arrastra las nubes hacia el Este. Con su zarpazo invisible, curte la cara de los hombres que amo, les cierra la mirada, es responsable de arrugas y suicidios.

Es el enloquecido Cierzo de las capitanas sorprendentes y molestas que se estrellan de pronto contra los parabrisas de los coches barceloneses, el creador de brujas a lo lejos, brujas que danzan unos minutos como peonzas de polvo en movimiento sobre la línea rasa del horizonte que parece llamarnos con su esperanza de tierras siempre misteriosas y extremas llenas de mares, tramontanas y gaviotas.

Es tan seco e implacable, tan frío y testarudo, que su empecinamiento parece guardar una rectitud rara, la misma que mantienen los que no se dan tregua ni a sí mismos.

A veces me pregunto si la tristeza sin contemplaciones y el pudoroso desconsuelo que observo en mis paisanos y que siento tan claro y tan adentro, el que convive con la afabilidad cierta y comprobable de la que hacemos gala, con nuestra franqueza y a veces con nuestra alegría, nos lo ha traído el Cierzo o si, precisamente, eso es lo que ha dejado después de llevarse las nubes y el aliento hacia otra parte, soplando sin cesar desde la noche de los tiempos. Porque el día que sopla, no recuerdas que luego va a pararse.

Pienso en la imagen repetida de un hombre encorvado sobre sus propias manos, encendiendo un cigarro sabiamente, guardando el fuego con gesto de caricia; pienso ahora en un hombre mucho más antiguo, refugiado en su desierta soledad de masovero, con la mirada fija en el brillo asustado de la lumbre, en el frágil calor amenazado por el rumor del Cierzo, aturdido por el frío y los vaivenes insistentes de la ventolera, desalentado por la pregunta inmensa que supone la vida por delante. Y el Cierzo que no para. Y entiendo su cansancio por un viento que zoa hasta acabarte, las ganas de dejarse llevar por sus palabras: que no florezca mayo en los jardines ni octubre preocupe a los suicidas. Y me oigo a mí misma disculparle como en sueños: “le oíste trabajar toda la noche, salmodiando razones extrañísimas…”

Olga Bernad

La foto, cortesía de Fernando González Seral

viernes, 21 de noviembre de 2008

Ver para creer

Adiós, dulces amantes invisibles,
Siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
Guardad los labios por si vuelvo.

Luis Cernuda , He venido para ver (Los placeres prohibidos)


Yo también vine para ver, vine por esos besos solamente y, como tú has visto, me quedé más de lo esperado entre caricias (ah, las hambrientas y aladas) que sólo se transmiten por la fe. No soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Alguna vez he querido entender lo que sentía; otras, despedazarlo contra tu rostro cierto de miserable amante, el que está al mando de todo lo visible y lo invisible; otras, salir corriendo y, sin embargo, me quedaré a esperar una vez más porque esperarte es permanecer quieta entre tus brazos, los más imaginados, los únicos que tengo cuando escribo, los que abrazan de esa forma invisible las diez letras de un nombre como el mío.

Olga Bernad

sábado, 15 de noviembre de 2008

Los lobos del jardín

Nunca supe si el árbol destrozaba la tierra
o si la sostenía la fuerza de su abrazo.
La amaba fieramente; bajo la sombra, el mundo,
y sobre las acacias nos salpicaba el cielo.
Y yo sobre la hierba dispuesta a la batalla,
muerta de miedo y viva, sonriendo a las arañas,
imaginando luces y retirando sombras.
Te quiero hablar despacio cuando acabes conmigo,
más allá del jardín que cerca el descampado
y nos aleja el mar, la brisa, los mendigos,
como si fuese cierto, como si el paraíso
pudiera construirse negando el otro lado.
El otro lado grita y trae ecos feroces,
salta muros de piedra e invadirá tu huerto.
¿No sabes que no viven las flores que no mueren?
No conoces el lado donde todo se pierde,
no conoces mi alma subiendo por el monte,
ladrándole a la luna y mordiendo a sus presas;
no conoces el frío ni el ruido ni la niebla
ni su oscura guarida para pasar las noches
ni la limpia mañana a la que siempre vuelve,
obediente y dispersa, solitaria, salvaje,
corriendo para siempre sobre los mediodías,
olvidándote siempre, para siempre guardándote,
para siempre perfecta frente a su precipicio,
para siempre invisible desde tu voz lejana.
No existe el muro, el cielo, tu risa, las acacias:
ninguna cosa existe desde que no me miras.
La rabia de mis lobos tiene una nube blanca
con su lluvia de ganas de amor y alcobas cálidas.
Desde el centro del pecho respira una campana,
en el centro del llano vislumbro luz y casas.

Olga Bernad

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Algunos cisnes negros


No voy a hablarles de esos hermosos animales descubiertos en 1.697 por el explorador holandés Willen de Vlamingh, para desconcierto de los maestros europeos que, antes de esa fecha, enseñaban a sus alumnos que todos los cisnes eran blancos, no. Tengamos la fauna en paz, y dejemos a cada cual con su tranquilizador libro de texto bajo el brazo, repitiéndolo año tras año para volver a empezar, consiguiendo que el tiempo fluya mientras algo permanece, aunque sea el error. Tampoco voy a hablarles de Heráclito, no me atrevo.

Resulta que un cisne negro es algo que pasa, algo que nunca podríamos haber previsto y cuyos resultados tampoco podemos calcular. Un hecho matemáticamente improbable, impredecible desde el pasado y de consecuencias imprevisibles para el futuro. Una cosa rara. Su naturaleza viene definida por la manía que tiene de ocurrir. Los cisnes negros ocurren.

Se nos plantan delante de las narices con esa chulería de hecho consumado, mareando nuestra incertidumbre, haciéndole un desplante al concepto de probabilidad. Tienen esa pinta de Peter Pan encantador y canalla, infantil e inaprensible; ese gesto de piernas abiertas clavadas sobre un suelo que es real en alguna parte negada a nuestra ciega y limitada manera de mirar; esos brazos en jarras como de jotera dispuesta a cantar al viento su jota de los incrédulos, deliciosa, irreverente, implacable. Rara.

A toro pasado, cuando ya han ocurrido, hordas de analistas y críticos intentan explicarlos, aplaudirlos, destruirlos, pero sólo encuentran su propia estulticia como arma arrojadiza porque un cisne negro es siempre incontestable.

Si el muchacho que se inventó el Linux hubiese querido competir con Microsoft, se lo hubieran comido sonriendo tranquilamente. Pero se le ocurrió la inaudita idea de enviar un correo masivo que decía: “Hola, muy buenas. Tengo un sistema operativo nuevo y te lo dejo”. Algo así, completamente absurdo. Linux es un hermosísimo cisne negro, pero también los hay de otro tipo. El 11 de septiembre no es sólo una fecha en el calendario, es un enorme y terrible cisne negro desplegando sus majestuosas alas delante del sol y proyectando una sombra inquietante sobre el mundo.

Hay quien considera a Nassib Nicholas Taleb (padre de la criatura “El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable” y de su precursor “Engañados por el azar”) un genio, y quien lo considera un perfecto idiota. Yo no sé cuál es la verdad y no me importa. Sé que los cisnes negros existen, que nunca los veremos venir, que seguirán pasando y que sólo una cosa es condición sine qua non para que ocurran: que alguien, en algún momento y en algún lugar, se atreva a pensarlos.

Juegan con nuestro concepto de esperanza, esa Pandora griega de fama tan incierta, también con nuestro miedo; se mueven tranquilamente sobre los lagos intelectuales del devenir. Los inexistentes dioses de la antigüedad no sabían verlos; el nuestro se mantiene al margen pensando, digo yo, que la joya del libre albedrío no puede salirnos gratis.

Yo estoy fascinada por esa figura. Le rindo tributo como puedo, siempre humildemente: he escrito esto sin haberme leído el libro y sin tener ninguna intención de hacerlo. No me interesa.

No pierdan la esperanza ni vivan tranquilos. Verán al cisne negro cuando el aire de sus alas les acaricie el rostro.

Olga Bernad

sábado, 8 de noviembre de 2008

Amores platónicos

Hace pocos días, Iseo y yo hablábamos de ellos. Iseo es el nombre ficticio de una amiga real, compañera de mis anteriores quebraderos de cabeza con las cuentas en la Universidad. Estábamos en una cafetería, poniéndonos moradas de churros, porque hemos sustituido la operación “incierto bikini del verano que viene” por la operación “eterno y lejano bañador negro de manga corta con pareo hasta las rodillas, estratégicamente colocado”, que amplía felizmente nuestras opciones de nutrición. Entre otras cosas, nos preguntábamos si un amor platónico se podía considerar infidelidad. Al final decidimos que no (yo creo que, desde el principio, mostrábamos muy poca tendencia a decidir que sí).

Frívolas e irresponsables, pensará un lector riguroso. Pues sí, tiene razón. Iseo quiso ponerse algo seria: “Depende de si son platónicos porque lo son o porque no queda más remedio”. Hija, qué ganas de fastidiar.

Platónicos o imposibles, la cuestión es que todo conspira para que sean cada vez más seductores: nunca decepcionan porque sólo vemos la perfección distante o incluso el ejemplo, y es fácil imaginar una maravillosa e indiferente sonrisa lejana que llama y llama sin nombrarte nunca. Pero si no nombramos, no amamos.

Voy por la calle, un amigo me mira, pronuncia mi nombre y me coloca en el mundo. Abandono a esa soñadora consentida y soy yo, como yo soy, contenta de verte, Raúl, siempre con ganas de hablar. Y, sin embargo, qué pobre resulta todo otra vez al poco rato, qué ganas de mirar a lo lejos y ver algo, lo que sea, un poco más de confusión.

Esos hombres lejanos y admirados son pequeños dioses a la medida del calendario. Es el hambre de nuestro corazón desquiciado el que construye esos dudosos fantasmas y ese bosque. Lo malo (o lo bueno) es que, de repente, nos parezca que coinciden con algún ser real. Tiene mucho de equivocación, un poco de milagro y otro poco de lamentable intento de meter en nuestra vida cotidiana algo más que el humilde tic-tac del tiempo que se escapa. Son totalmente nuestros. ¿Son verdad?

¿Les pasará a ellos lo mismo? No sólo a los adolescentes, sino también a ese señor del maletín, tan serio y circunspecto. ¿Imaginará, como tú, culpables amores perfectamente inocentes? ¿Dejará que le duelan o lo tendrá todo controlado? Iseo me dice que pare la noria, que ellos son más honestos y sólo tienen fantasías sexuales. Remata la frase poniendo esa cara de esfinge que tanto me intranquiliza.

¿Debemos olvidarlos o alimentarlos? ¿A quién traicionamos en cada caso? “¿Les pasará esto a nuestras parejas?”, se me ocurre decir. “¡Calla, que me muero!”, salta la esfinge, descompuesta. Yo también me muero, Iseo, no me atrevo a preguntar.

¿Tú preguntas? O tú sueñas. Mi amor, no: él me quiere. Mi amor platónico, menos: él nunca hace lo que no debe; por favor, para eso estoy yo.

Olga Bernad

sábado, 1 de noviembre de 2008

La isla

No habrá una sola torre en esta isla:
ni la iglesia, ni el faro ni tu alma.
Nada levantará la voz al cielo.
Será la arquitectura de la playa,
la planicie sin fin del mar inmenso,
el horizonte en círculo perfecto
y las luchas de los acantilados
(revolución de espumas y de ahora
que inflama el torbellino de las olas
contra las viejas piedras de los tiempos).
Será la perdición de mi mirada
mi soledad cubierta por el cielo.
No voy a defenderme pero quiero
que me sonrías antes del disparo.

Olga Bernad

miércoles, 29 de octubre de 2008

Escrito está


Escrito ‘stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo



Para bien o para mal, hay gestos que se quedan escritos en el alma. En el amor como en la guerra. Me gusta que las palabras se claven en el corazón.

Hoy he vuelto a estos dos versos de Garcilaso porque estoy harta de aleteos vanos, superficiales intimidades que no arriesgan nada, evocaciones a las que no les basta con ser recuerdos, libros de texto y babas sobre palabras que aún guardan algún tesoro. Hasta de mayo con sus flores estoy harta. Saliva envenenada al pasar la lengua por la dulzura frágil de las mejores líneas.

Vuelve pronto noviembre y yo también regreso a los cuatro renglones que se quedaron escritos en mi alma. Vuelvo a mi casa y clavo tacón y lanza. Me gusta estar de pie junto a la puerta.

Olga Bernad

sábado, 25 de octubre de 2008

Andábata XXX: Corazón (A piece of my heart)



Es como si ya me supiese mi vida futura de memoria, como si me contasen la de otra, otra que no muerde las paredes ni pierde el oremus aunque sea por dentro. Pero por dentro no importa, decía el psicópata de American Psycho.

Nunca he sabido estar a la altura de mis ocurrencias, esa es la verdad; y tampoco he tenido valor para aceptar a los demás en cuanto se han pasado de la raya. ¿Te acuerdas de Koldo? Sí, aquel chico obsesivo de mirada intensa que tanto te quiso, que tanto lloró. Cómo me asustaba. Tengo que decir en mi favor que él estaba loco de verdad, de los que acaban necesitando un psiquiatra. Recuerdo bien lo que quedaba de él cuando por fin el tratamiento “acertó”. Tan sereno y apagado, tan funcionario probo, tan voy a formar una familia for ever and ever. Sus padres me odiaban. Achacaban su última y más terrible crisis a mi influencia, aunque aquello no era cierto. Puede que nos uniera una extraña conciencia de gremio (Dios los cría, etc.) pero él no necesitaba ayuda de nadie para desquiciarse, lo juraría sobre la Biblia de su madre; en fin, que me animaron a dejarle porque menos novia y más religión era el freno que su hijo necesitaba.

Pobres tontos, pobre de mí; yo no podía creerme que mi Koldo (también pobre), el que me asustaba y al que seguramente tampoco habría tenido el valor de amar hasta el final, se hubiera vuelto un zombi más o menos educado, más o menos tranquilizado, sin obsesiones ni dolores del alma. Me desesperaba la idea que toda aquella fatalidad y aquella fuerza, su especie de locura zambullida en un lago negro y romántico, toda su ansiedad pero también sus más auténticos deseos y por añadidura toda la pena, no fueran una verdad furiosa e insobornable, sino que se explicaran químicamente y se curaran con pastillas de color de rosa y con prácticas médicas que estaban entre la magia y la sospecha.

Koldo, aquel día eras como un animalito al que hubieran extirpado un tumor y el cirujano, avaro de descubrimientos, sicario leal de un gobierno muy legítimo, hubiese hurgado de paso en tu corazón y se hubiese quedado el trozo más sediento, más soñador y anhelante, el pedacito raro que todos tenemos y que tú simplemente no sabías disimular. Sí, creo que los tratamientos se llevaron un trozo de tu corazón y te mataron las ganas incontroladas de vivir y morir y el poder de emocionarme.

Aún te quería por lo que quedaba de ti en tu gesto tranquilo, ahora un poco alelado, de hombre agotado por el amor y la guerra imaginaria y las decepciones. Sólo que esa vez, la última que te vi, no habían acontecido el sexo y las peleas, únicamente existía un doctor de bata blanca y sensateces, un hombre tan prescindible como un asesino en un cementerio desierto, aquel que me sonreía con gesto razonable, tal vez comprendiéndome desde muy lejos pero sin querer oír que era yo la que lloraba por el hermano muerto mientras su amabilidad tranquilizaba a tus parientes. Yo sentía esa amabilidad comprada como una prostitución del amor, como una estrategia de tierra quemada que avanzaba, inclemente y amnésica, por todas las montañas que yo vi sembradas y verdes y a veces también fueron serenas y siempre, siempre habían sido hermosas.

Pero verme retrasaba tu supuesta recuperación, más bien recaptación, el doctor amablemente me instaba a abandonar mis combates y me convencía de que eso era lo mejor para todos. No me fui sin más, te prometo que sufrí. Quise decirle que tal vez un día se le apareciese el mago Merlín para recordarle que, cuando un hombre miente, mata una parte del mundo. Entiéndeme, perdóname, yo no quería acabar también siendo sospechosa de merecer tratamientos intensivos; y tú no respondías, y ya la comodidad y la esperanza se habían instalado en la paciencia y en las cuentas bancarias de tus padres. Años después supe que nada sirvió de nada, aunque ya lo sabía en aquel momento. Al menos yo te hubiese hecho feliz durante un tiempo. Pero entonces era muy joven para enfrentarme a todo eso, era más débil y tú habías dejado de ser tú. Y yo no tenía fuerza sin ti. No sabía qué hacer con toda aquella angustia.

Por eso me volví a casa sabiendo que no volvería a verte, indigna de mi propia historia, buscando la asfixia del aburrimiento y las mismas calles de esta ciudad. Preferí avanzar hacia atrás (hoy es ya costumbre), regresar para permitir que otra vez la vulgaridad sucediera a un tiempo encantado. Que mi perro me lamiera las manos, que algún chico más normal me besara la frente, que también mi médico me diese de vez en cuando pastillas de colores normalizadoras de lo desconocido, el latido desbaratado de todos los trozos de mi corazón y el vértigo gris de los días que se repiten y se repiten.

Olga Bernad

viernes, 17 de octubre de 2008

La dureza

He encontrado en el suelo una esmeralda falsa
y la he mirado.
Ella vio desde lejos el brillo de unos pasos
y vigila.
Ella sabe que nunca
escuchará violines en el aire
y que jamás despegará del suelo.
Sé que su bienvenida
es sólo una serpiente de sonrisa y siseo
y yo siento vergüenza de mirarla,
vergüenza de latir como campana,
miedo invisible a dar un paso en falso.
Sin embargo,
el anillo que brilla entre mis dedos
me recuerda tus versos,
su rotunda verdad y su silencio,
su recta y simple frase,
la alegría redonda de metal bien templado,
la dureza
de la luz más perfecta sobre el rostro.

Olga Bernad

martes, 14 de octubre de 2008

En un Simca 1.200

Mi padre tenía un Simca 1.200 más bonito que un San Luis. Un Talbot Simca 1.200 L S. Sustituyó a un Seat 600 verde guindilla que ya era milagroso: en él pudo llevar a la playa a su mujer con sus tres hijos y la suegra, junto al equipaje para todo el mes de agosto. Pero cuando llegó a mi calle conduciendo el Simca, para mí fue una aparición. Aquel coche blanco con techo negro era grande y nuevo como los de la tele, no como los de mis vecinos, qué va. Nos duró hasta principios de los noventa y nos llevó por toda España y parte del extranjero. Siempre con abuela dentro, y a veces con abuelo.

Mi abuela devanaba sus recuerdos en los viajes. Para desesperación de mi padre y deleite mío, miraba blandamente por la ventana y no paraba de hablar. Mecida por los paisajes, escuché mil veces que tuvo un padre maestro, un gramófono y, desde la guerra, muchísima tristeza. La guerra fue un hachazo sobre sus veinte años. Había un novio muerto, una madre muerta, muchos vecinos muertos y dolor y mezquindad por todas partes. Un definitivo adiós a la juventud tal y como hoy la entendemos (o lo que sea que hagamos). Mi abuela tenía pocas cosas. Tenía un pueblo abandonado, en ese Teruel más duro que las piedras, al que aún íbamos con frecuencia para visitar a mi tía Joaquina y ocuparnos de cuatro viñas. Tenía también una inmensa capacidad de afecto y consuelo y unas emociones que mezclaban sin remordimientos lo práctico con lo sentimental. De hecho, mi tía Joaquina no era tía carnal, era “sólo” amiga suya; pero yo me enteré de eso mucho tiempo después, cuando no pudo valerse por sí misma y mi madre se la trajo a casa porque ya no le quedaba nadie. Nunca me había parado a pensar en los lazos familiares (es que en el pueblo te lías con tanto pariente). Ella siempre la consideró de su familia y punto. Y ese punto era tan tajante que todo el mundo pasó a considerarla así.

Además de esas cosas, mi abuela tenía frío. Cuando el Simca maravilloso de mi padre dejó de ser maravilloso de puro viejo, comenzó a hacer maravillas distintas: se le encendía la calefacción en cuanto lo ponías en marcha, vaya usted a saber por qué, y ella era la única que aguantaba como una jabata los viajes al pueblo en pleno verano. Hasta ese punto era friolera, la pobre. Y mi padre aguantaba mecha, calefacción, manías de su suegra y opiniones de su suegro, falangista voluntario, mientras pensaba en su propio padre, voluntariosamente socialista. Eran unos viajes maravillosos como el Simca.

Mi abuela es sus toquillas y el gesto de recogerse, y unas cuantas frases que el tiempo ha convertido en clásicos memorables. Toda mi infancia oyéndola decir, pegada a la estufa: “Hija mía, a ver si nos tocan los ciegos para poder comprarnos un piso con calefacción”. También llegó un momento en que mis abuelos no fueron capaces de vivir solos y vinieron a casa de mis padres. Por entonces, ya hacía años que teníamos calefacción. Y hasta aire acondicionado les pusimos, esos aparatos productores de corrientes asesinas a los que siempre miraron con desconfianza. A mi abuela la memoria se le fue volviendo rara, pero se le quedó la costumbre de sufrir. Mi padre en navidades: “Hala, señora Presen, cuéntenos penas”; y ella: “Ay, no os riáis de mí, que al año que viene ya no estaré”. Eso, todas las nochebuenas de mi vida. Hasta el año pasado, que fue verdad: no estaba. Porque la suegra de mi padre siempre acababa teniendo razón. A mi abuelo se le rompió el débil hilo de seda que le sostenía y se murió al mes siguiente. Y yo, que miro atrás cada vez con más nostalgia, echo de menos hasta las lágrimas las letanías de ella y los silencios de él, me arrepiento de lo que nunca pregunté, les respeto por lo que supieron no decirme. Me asombro porque ya no veré más la mirada húmeda y feliz, inconfundible, con que nos acarician los que nos quieren siempre y nos quieren gratis.

Mi padre pensó en dejar el Simca en una de las viñas, allá arriba en la sierra, para resguardarnos si llovía durante la vendimia o la poda de los sarmientos. No me hubiera gustado verlo pudrirse bajo el frío de las heladas negras de esa tierra implacable, no me hubiera consolado poder meterme en él. Tal vez era mejor mandarlo al desguace, permitir que las cosas descansen en los cementerios adecuados y los recuerdos no se vuelvan fantasmas. Al Simca le siguió un Opel Vectra que ahora es mío y ya está para el arrastre. No sé si encontraremos maravilla con que sustituirlo. No sé qué pensarán mis hijos cuando crezcan.

Olga Bernad

jueves, 9 de octubre de 2008

De la tristeza

No quiero que mi tristeza sea la conversación inútil con esa hermana tonta de la felicidad con la que casi todos jugamos cada día. Ni el mentiroso espejismo de lucidez de algunos sabios, cuya sabiduría me importa tanto ahora como que una pequeña mariposa mueva las alas en Nueva York y se desate la tormenta en otro mundo. No quiero saber cosas ni entenderlas, quiero montarme en un tren lento y marchar hacia un país maldito o bendecido donde me espere un poco de belleza. Y no quiero dejar la misma estela de amargura y renuncia vista tantas veces; no quiero que al final los sueños no cumplidos se conviertan en hambre amarga y atrasada, ni la vida en un lobo cruel y cansado que acecha presas fáciles. Si pudiese elegir, preferiría matarla con mis propias manos. Quiero mirarla flotando sobre el agua, sin ninguna impaciencia, como una dama blanca muriendo para siempre sobre un río. Sin nada que la dote de contenido preciso; sin nada que la atrape. Quiero guardarla así. Quisiera protegerla.

Olga Bernad

domingo, 5 de octubre de 2008

Lo que tardamos en olvidar un nombre

Lo que tardamos en olvidar un nombre
que no ha dejado nada entre nosotros,
ese demoledor segundo en blanco
asesinado por nuestra memoria,
sólo ese tiempo muerto del olvido,
ese pequeño instante que perdimos
una y mil veces
en mil sinsentidos,
vendrá y se vengará cuando no queden
ni segundos ni arena en los relojes;
vendrá para gritar, para callarse,
para quedarse solo y guarecerse
bajo el toldo golpeado por la lluvia.

Debí pensar en ti, tú me ofrecías
un poco de verdad entre la nada.

Y la lluvia que insiste en la memoria
acunará en los golpes cada letra,
pronunciará mi nombre y el recuerdo
se quedará sentado en esta calle
en la que hoy pienso en ti.

Olga Bernad

lunes, 29 de septiembre de 2008

La terrible virtud de ser inolvidable



Noches hubo en que me creí tan seguro de poder olvidarla

que voluntariamente la recordaba. Lo cierto es que abusé

de esos ratos; darles principio resultaba más sencillo que

darles fin.

Jorge Luis Borges, El Zahir


Moneda o ser amado, poema o canción, tigre rayado o sable poderoso, el sujeto que atrapa nuestro pensamiento juega con nosotros. Somos su presa y nuestra mente el lago azul o negro en que su imagen, su concepto, su voz o sus palabras se repiten y doblan, se reflejan como si fueran ciertos mil veces, vuelven a ser y siguen siendo hasta convertirse en obsesiones. La cordura, los horarios, las frases hechas y la filosofía, todo lo razonable, sólo son piedras lanzadas inútilmente contra la superficie del lago, intentos infantiles de hacer desaparecer la imagen impresa en el deseo o en el alma. Sólo es cuestión de tiempo que el agua lisa vuelva a reflejar lo que quiere y sepa ser espejo de nuestros pensamientos.


A veces el camino es perderse en ellos, zambullirse desnuda en el estanque ciego, repetir un nombre hasta que no signifique nada. Gastar el Zahir a fuerza de pensarlo, decía el maestro. Pero el Zahir es lo inolvidable, y lo inolvidable puede enloquecer. Detrás de cada ser inolvidable (el notorio, el visible) Borges intuía la existencia de Dios, quizá para consolarse. Por eso al decir “Zahir” pronunciamos uno de sus noventa y nueve nombres.


Cada obsesión es un trozo de amor destartalado, el reflejo imperfecto y tenaz de una arquitectura que sabemos perfecta, un barco que se hunde para siempre, una caricia o un zarpazo de inmensidad que no cabe en la cabeza. Pero es un poco de inmensidad, la sombra de la rosa.


Olga Bernad

Nota: La imagen es cortesía de Mª Teresa Gómez Puertas, fotógrafa zaragozana integrante del Circulo Fotográfico de Aragón . Fue publicada en su blog el 15 de junio de 2008 con el título Reflejo de la Casa Mateus (Portugal)

jueves, 25 de septiembre de 2008

Noche de otoño

Hoy quiero un beso largo
y una lengua perdida por mis manos,
quiero morderte el cuello
y jadear adentro de tu aliento.
Quiero quedarme quieta sobre el mundo
y moverlo al compás de lo que siento
y agotar las reservas de tus venas.
Quiero que busques algo sobre mí
como si realmente
pudieras encontrarlo.
Sólo más, nada más, y tan aprisa
como se escapa el cielo
en una interminable borrachera;
tan despacio como se acaba un árbol
bajo los mil mordiscos
de las heladas negras.
Más luz, más paz, más tercas melodías,
más sed y oscuridad sobre mis piernas,
zarpazos de lamentos y caricias,
recuerdos imperfectos de otra vida.

Y al final quedarán entre tus dientes
mis labios recordando
lo que dices en sueños
y mi piel inventando lo que sueñas
a golpe de caderas y de estrellas.

Olga Bernad

domingo, 21 de septiembre de 2008

Belleza y compasión

Aunque la compasión goce de mala prensa, esté reñida con la altivez y todos los parapetos que ponemos ante el mundo y aunque siempre digamos “no quiero que me compadezcas”, yo creo que cada vez que hablamos pedimos compasión. Está en nuestras plegarias y en todos los deseos.

Hacemos mil cosas para sobrevivir y proteger nuestra débil presencia entre los otros, algunas muy raras. Pensamos mentiras, cuentos, dioses, ciudades y normas, historias de amor. Muchos dioses inventados son crueles y hermosos, indiferentes, tal vez porque fuera del sentimiento puede comprenderse mejor la pureza, algo sin mancha que se mantiene a salvo de la vulgaridad, algo más alto que nuestra miseria, ajeno a nosotros y, sin embargo, algo que llena ese frío espacio de nuestra imaginación en el que parece resguardarse una cierta belleza, altiva y solemne, inaprensible pero viva.

También el Dios que nos alumbra fue imaginado a veces como un dios terrible y solamente perfecto, desdibujado por el tiempo en su mandorla, el pantocrátor lejano e inaccesible que señalaba la justicia con su dedo vengador y misterioso. La bendición del poder. Necesitamos la justicia tanto como la belleza, pero el miedo de los hombres tiene límites hechos de tedio e inconstancia y, sólo vestido de justicia y castigo, sólo lejanamente bello y terrible, sólo poderoso, le hubiéramos olvidado o convertido en literatura.

Creo que Dios sobrevive porque está cerca y se compadece, y porque en todo momento puede haber alguien que lo sienta así, tan cerca que se mete en el corazón.

Olga Bernad