Es como si ya me supiese mi vida futura de memoria, como si me contasen la de otra, otra que no muerde las paredes ni pierde el oremus aunque sea por dentro. Pero por dentro no importa, decía el psicópata de American Psycho.
Nunca he sabido estar a la altura de mis ocurrencias, esa es la verdad; y tampoco he tenido valor para aceptar a los demás en cuanto se han pasado de la raya. ¿Te acuerdas de Koldo? Sí, aquel chico obsesivo de mirada intensa que tanto te quiso, que tanto lloró. Cómo me asustaba. Tengo que decir en mi favor que él estaba loco de verdad, de los que acaban necesitando un psiquiatra. Recuerdo bien lo que quedaba de él cuando por fin el tratamiento “acertó”. Tan sereno y apagado, tan funcionario probo, tan voy a formar una familia for ever and ever. Sus padres me odiaban. Achacaban su última y más terrible crisis a mi influencia, aunque aquello no era cierto. Puede que nos uniera una extraña conciencia de gremio (Dios los cría, etc.) pero él no necesitaba ayuda de nadie para desquiciarse, lo juraría sobre la Biblia de su madre; en fin, que me animaron a dejarle porque menos novia y más religión era el freno que su hijo necesitaba.
Pobres tontos, pobre de mí; yo no podía creerme que mi Koldo (también pobre), el que me asustaba y al que seguramente tampoco habría tenido el valor de amar hasta el final, se hubiera vuelto un zombi más o menos educado, más o menos tranquilizado, sin obsesiones ni dolores del alma. Me desesperaba la idea que toda aquella fatalidad y aquella fuerza, su especie de locura zambullida en un lago negro y romántico, toda su ansiedad pero también sus más auténticos deseos y por añadidura toda la pena, no fueran una verdad furiosa e insobornable, sino que se explicaran químicamente y se curaran con pastillas de color de rosa y con prácticas médicas que estaban entre la magia y la sospecha.
Koldo, aquel día eras como un animalito al que hubieran extirpado un tumor y el cirujano, avaro de descubrimientos, sicario leal de un gobierno muy legítimo, hubiese hurgado de paso en tu corazón y se hubiese quedado el trozo más sediento, más soñador y anhelante, el pedacito raro que todos tenemos y que tú simplemente no sabías disimular. Sí, creo que los tratamientos se llevaron un trozo de tu corazón y te mataron las ganas incontroladas de vivir y morir y el poder de emocionarme.
Aún te quería por lo que quedaba de ti en tu gesto tranquilo, ahora un poco alelado, de hombre agotado por el amor y la guerra imaginaria y las decepciones. Sólo que esa vez, la última que te vi, no habían acontecido el sexo y las peleas, únicamente existía un doctor de bata blanca y sensateces, un hombre tan prescindible como un asesino en un cementerio desierto, aquel que me sonreía con gesto razonable, tal vez comprendiéndome desde muy lejos pero sin querer oír que era yo la que lloraba por el hermano muerto mientras su amabilidad tranquilizaba a tus parientes. Yo sentía esa amabilidad comprada como una prostitución del amor, como una estrategia de tierra quemada que avanzaba, inclemente y amnésica, por todas las montañas que yo vi sembradas y verdes y a veces también fueron serenas y siempre, siempre habían sido hermosas.
Pero verme retrasaba tu supuesta recuperación, más bien recaptación, el doctor amablemente me instaba a abandonar mis combates y me convencía de que eso era lo mejor para todos. No me fui sin más, te prometo que sufrí. Quise decirle que tal vez un día se le apareciese el mago Merlín para recordarle que, cuando un hombre miente, mata una parte del mundo. Entiéndeme, perdóname, yo no quería acabar también siendo sospechosa de merecer tratamientos intensivos; y tú no respondías, y ya la comodidad y la esperanza se habían instalado en la paciencia y en las cuentas bancarias de tus padres. Años después supe que nada sirvió de nada, aunque ya lo sabía en aquel momento. Al menos yo te hubiese hecho feliz durante un tiempo. Pero entonces era muy joven para enfrentarme a todo eso, era más débil y tú habías dejado de ser tú. Y yo no tenía fuerza sin ti. No sabía qué hacer con toda aquella angustia.
Por eso me volví a casa sabiendo que no volvería a verte, indigna de mi propia historia, buscando la asfixia del aburrimiento y las mismas calles de esta ciudad. Preferí avanzar hacia atrás (hoy es ya costumbre), regresar para permitir que otra vez la vulgaridad sucediera a un tiempo encantado. Que mi perro me lamiera las manos, que algún chico más normal me besara la frente, que también mi médico me diese de vez en cuando pastillas de colores normalizadoras de lo desconocido, el latido desbaratado de todos los trozos de mi corazón y el vértigo gris de los días que se repiten y se repiten.
Olga Bernad

