A veces me gustaría formar parte de un ejército, de un coro, de un grupo poético, de una asociación de madres, de una tertulia parroquial, de un club de fans, de un partido político, de una secta. Para cualquiera de esas cosas me ha faltado siempre convicción, madera, disciplina. Ganas.Y sin embargo ahora pienso en ello y me produce un sentimiento de descanso tan dulce como una tentación. No preguntarte una vez más cosas que ya están respondidas, no buscar el tono en el silencio o entre el ruido (donde no se oye nada, tampoco), que al final te hagan un funeral bonito. De un ejército ruso, sí, con ese idioma tan de ejército y tan dulce, con ese alfabeto del doctor Zhivago. Me gustaría luchar con mis amigos, cantar con mis amigos, creer con mis amigos, ganar con mis amigos, perder con mis amigos, sonreír pronunciando Kalinka (ka-lin ka-ka-lin ka-ka-lin ka-ka-lin...). Qué hermosa es esa voz sostenida por todos los soldados. Qué hermosa es esa voz. No estoy hablando en broma. Y por qué tengo entonces la sensación de que pensarlo es rendirse. Y rendirse ante quién, si solo querría cantar con todos. Y yo, qué cansada estoy.
Nota de 7 de diciembre: Un amigo me envía un vídeo. Hay cosas que solo se pueden hacer (bien) con otros. Y no tienen que ver con rendiciones sino con victorias. Y alivian el cansancio. También es verdad. Reconozcamos al menos que la publicidad es el último reducto de la genialidad. First we take the bus, then we take Berlin (he pensado).































