lunes, 1 de noviembre de 2010

Horas de clavicordio

Renata Remedios (Memé) es un personaje de Cien años de soledad. Hija de Aureliano Segundo, de Fernanda del Carpio y de ese Macondo real y maravilloso, es enviada de pequeña a una escuela estricta y disciplinada donde le enseñan, que yo recuerde, a tocar el clavicordio. Cuando vuelve a casa, la adolescente apasionada y calculadora en la que se ha convertido se ve obligada a interpretar cada día varias horas de concierto ante su madre, con un gesto de niña buena que lleva en su cara oculta el impasible ademán del soldado dispuesto a morir en su propia guerra. Así la dejan en paz. Así se gana su libertad. Pronto se enamora de Mauricio Babilonia, un menestral negro e impresionante al que siempre rodea un extraño revoloteo de mariposas amarillas. Ella paga con oro de curso legal, con un trozo de cada uno de sus días, por la posibilidad de hacerles un sitio a los momentos que desea vivir. Y de noche ocurre lo que nadie sospecha: su amante vuelve verdad sus sueños. Cuando su madre se entera de estas visitas, dispone bajo su ventana una guardia nocturna que dispara sobre Mauricio y le deja inválido. Ella es enviada a un convento. Muere ya muy anciana en un oscuro hospital sin haber vuelto a pronunciar una sola palabra en toda su vida porque el mundo había dejado de interesarle.

A menudo he pensado en Renata, muchas veces he pagado con actos de aparente sumisión la esperanza de atrapar extraños instantes rodeados de mariposas amarillas sobre las que alguien acaba siempre por disparar y que guardan muy adentro la verdad de mis deseos y también tienen un desierto de silencio por delante. Al final, esos momentos fueron pocos; brillantes y reales, sí, pero tan breves y gloriosos que ni siquiera mientras ocurrían fui siempre capaz de reconocerlos. La gloria es complicada. Los distingo ahora y los aíslo en mi memoria mediante una prueba simple y contundente: recuerdo que mientras sucedían no necesitaba soñar.

Y, sin embargo, las interminables tardes de colegio en las que el reloj no avanzaba y yo escapaba sin remedio como mi pensamiento, los libros de texto que no quería ni mirar, los sobresalientes inútiles, las leyes que acepté, los balances, las cuentas que conseguí cuadrar, las horas en el trabajo o en la cola del mercado, en la del paro, en la del médico, en la del último cursillo imprescindible, hablando con gentes que no parecía importarme y que al final dejaron huellas más perceptibles que lo soñado, los hombres que me miraron y me quisieron mientras yo me empeñaba generalmente en malgastar mi admiración (esa forma tan real de amor) con pobres hombres endiosados donde yo veía altura y no encontré, en ocasiones, más que la decepción de tocar corazones secos –y posiblemente rotos- ajenos al mío y sus ganas de latir, todo lo que apareció mientras yo buscaba otras cosas en un tiempo que consideré perdido y bajo, todas las salas de espera en las que me senté con las rodillas juntas y un libro entre las manos, todas esas horas que pagué como un tributo a cambio de una libertad interior –y exterior- que me permitiera guardarle el sitio a algún incierto y miserable segundo de maravilla fueron las que finalmente moldearon mis manos, afinaron mis oídos, pusieron teselas humildes en el mosaico aún indeterminado de mi vida, llenaron de contenido preciso mi realidad, aunque ésta tuviera la vocación de ser mágica.

Horas de clavicordio, Memé, cómo me gustaría contarte todo esto. Tal vez quisieras hablar. Qué merito tenía entonces entregarse a una pasión con cuerpo de hormonas y traje de letras; entonces, cuando la inexperiencia nos permitía odiar sin dudas y amar sin poder evitarlo. Puede que ahora mi pasión sea más cierta, ahora que podría abandonarla con el gesto de quien suelta un pájaro de la cabeza, ahora que hay que alimentarla para que sobreviva, protegerla para que el pobre patito feo de la realidad no se la coma con la indiferencia que le caracteriza. Sé que está viva porque me sigue saliendo cara, porque aún busco, qué sé yo, alguien superior al que contársela (que tal vez sea lo mismo que ofrecérsela) una remota posibilidad de sentir que, en lo profundo, no estamos infinitamente solos y que no todo es siempre para nada.

Ese extraordinario (des)concierto de la vida pasada parece sonar ahora, en la distancia, más templado que cuando me ensordecía; mi pasión tiene algo de imperturbable, de resignada y radical al mismo tiempo, tiene la sosegada fuerza del que sabe que se ha pasado ya incluso el momento de abandonar (y fue un consuelo pensar en ello mientras pude). La fiebre se ha instalado en mi sangre y se ha vuelto más serena; la esperanza, menos fantasiosa y más paciente. Mi fuego ha aprendido a congelarse un poco, como mi corazón desencantado, para mantenerse vivo y yo, yo soy mucho más terca que entonces.

5 de noviembreJuan Antonio González Romano deja una breve reseña de Andábata en algunas lecturas.  Muchas gracias, Juan Antonio, por esa lectura y esas palabras.  

50 comentarios:

JSM dijo...

¡Precioso y nuevo!

¿Estás estudiando?

Un beso.

Olga Bernad dijo...

Más o menos, pero me afecta como si lo hiciese en serio. ¿Se me nota?

Me gusta que te parezca nuevo (y precioso, claro), tiene tres días, así que aciertas, como siempre.

Un beso, gaditano.

JSM dijo...

Se te nota mucho.

Un beso, y uno de estos días te llamo.

Gracias.

Aurora Pimentel dijo...

Precioso, me ha gustado mucho, ¿es el inicio de algo más?

Olga Bernad dijo...

Jejejej, me temo que a mí se me nota todo. Sí, anda, entretenme un poco que voy a estar quince días enclaustrada, dale que te pego al clavicordio.
Gracias a ti, Javier, por estar siempre.

Olga Bernad dijo...

Aurora, condesa, no, no creo que sea el inicio de nada, es uno de esos textos que me tienen sonámbula un par de días y que me dejan en paz con el mundo y conmigo.

Miguel Estrada Pérez-Carasa dijo...

Me coges en las últimas con este texto que, en mi caso, es más demoledor e inacabado.
Como siempre, tu corazón movió su hociquillo de liebre para advertir sin madriguera el aspecto desolador que lo importuna. Su aspecto literario es impecable y su contenido, desde luego, da más juego que el que yo reseño.
La mente, tan ponderada por su naturaleza infinita y poderosa, tiene marcados límites evidentes, que sólo algunos se permiten mostrarlos sin censura o desánimo.
Por eso ¡con qué ganas espero tus entradas!
Muchas gracias,siempre, Olga.

Olga Bernad dijo...

Gracias a ti, Miguel, por esperarlas.
Eso es un acto, y yo les doy mucha importancia a los actos.
Creo que algunas de las personas que he ido encontrando por aquí son también como esas teselas que nombro en el texto, lo que encontré mientras buscaba, y las guardo en mi mosaico particular, del que voy mostrando partes.
Un abrazo.

Gemma dijo...

Pues me alegro de esa terquedad, sister. Si esa pasión de que hablas "tiene la sosegada fuerza del que sabe que se ha pasado ya incluso el momento de abandonar," entonces ya no hay quien la pare. (Tampoco veo yo capaz que ese gélido frío que mencionas vaya a poder atemperar y aquietar la fiebre de vida que te incendia). Y me alegro por ti.
Un abrazo

Olga Bernad dijo...

Yo no sé si es para alegrarse, sister, pero sé que es así. Ésa ya no se muere sola (y yo no pienso matarla). Sí que hiberna a veces, yo creo que coge fuerzas; pero está ahí, respirando.
¿Sabes que a lo mejor vuelvo a Barcelona este invierno? Si me acerco, te aviso y paseamos pasiones.
Un abrazo.

Durrell dijo...

Yo también espero tus entradas, Olga, esperamos a que se encienda la luz de esta casa para acercarnos a un fuego que casi se puede tocar.
En ese fuego respira tu inteligencia y tu talento.
Un texto maravilloso y real como ese realismo mágico desde el que lo has iniciado.

Olga Bernad dijo...

El realismo mágico dio unos cuantos frutos prodigiosos, aunque ahora parezca menospreciarse después de haberle hecho mil reverencias de esclavo. A mí me da igual, y a mi pasión también, estuvo y estará en el fondo de mi manera de entender las cosas (entre otras muchas cosas, claro;-).
En cuanto a ese pobre fuego mío, mientras arda, estará siempre dispuesto a que se acerque quien quiera, aunque a veces tenga que congelarlo para cuidarlo un poco.
Muchas gracias, Durrell.

Dyhego dijo...

OLGA:
A mí también me fascina "Cien años de soledad". Me lo he leído tres veces y lo mismo un día de estos, en cuanto acabe con el "cordero..." de mi Murakami, me lo leo de nuevo.
Hay tantos pasajes inolvidables. Me impresionó mucho el episodio del cine: cuando la gente se amotinó porque el actor al que habían visto morirse en la película anterior, aparecía en la siguiente...; o cuando Fernanda no me acuerdo, se bañaba en el cobertizo y los mozos se subían al techo a mirarla y ella terminaba pronto el baño no porque la viesen (ni tampoco porque fuese una fulana, claro) sino porque no quería que ninguno se descoyuntara..., o cuando Amaranta, creo, de tan viejecita, se encogió, se encogió y los críos jugaban con ella como si fuera una muñeca... ¡Qué novela tan maravillosa!
Salu2, OLGA.
(Tengo que buscar un "apodo" cariñoso, por supuesto, que te venga bien... Siempre y cuando me lo permitáis...)

Olga Bernad dijo...

Sí, para mí casi todo García Márquez fue una lectura que me marcó, como Cortázar, Borges, Alejo Carpentier. Una temporada de mi vida estuvo acompañada de esos nombres, la literatura hispanoamericana ha dado joyas innegables y muy distintas. Creo que el episodio del baño es de Remedios la bella, que al final ascendió a los cielos porque su reino no era de este mundo.
De uno de esos personajes partió este texto, porque la realidad y la ficción son palabras mayores (ambas).
¿Qué es eso de los apodos? Bueno, me fio de usted, mesié.
Saludos.

Mario dijo...

Creo que he llegado de rebote. Vamos, que visitaba un blog que tenemos en común... y me vi entre tus letras. Bendita o pagana casualidad.

Me ha gustado lo leído. Creo que me apunto y te sigo... porque necesitaré más textos como el que acaba de anclarse en mis ojos, y en mis sentimientos. Uf, genial.

Felicidades.

Un abrazo, escrito.

Mario

Olga Bernad dijo...

Pues muy bienvenido, Mario. Así ha ido llegando todo el mundo por aquí, y así he llegado yo a otros sitios. Gracias por dejar que el texto te "eche el ancla" y por dejar también una señal tan generosa. Sólo cuelgo entradas cuando creo que tengo algo que ofrecer, pero es importante para mí que esa necesidad no se defraude (ni mi necesidad de escribir ni la de aquellos que venís a leer). Es mi forma de demostrar respeto por ambas;-)
Un abrazo de vuelta.

Carlos Fernández Silva dijo...

No todo es para nada, no. La sonrisa de Robert Redford se hizo más y más famosa cuantas más arrugas la enmarcaban. Supongo que parece que es más de verdad, porque cuando hay arrugas es que ya hay muchas cosas que no hacen sonreír; pero cuando sonríes, sonríes por todas. Bonitas líneas de expresión has dejado aquí Olga, un beso.

Olga Bernad dijo...

"No todo es para nada, no". Ojalá, Carlos. Sonreír después de tantísimas horas de clavicordio no es lo mismo que cuando sólo hemos hecho lo que nos ha dado la gana. Y nadie que haya vivido el tiempo suficiente ha podido quedarse en ese limbo. Es sonreír después es haber aceptado muchas cosas, pero no todas ni de cualquier manera. Gracias por el piropo a esas líneas (de expresión).
Un beso y bien ritornato, Carlos, qué alegría.

Angós dijo...

Lo curioso es que tus líneas de expresión no han cambiado tanto desde el colegio. Reconozco el rostro y el gesto y me sorprenden las palabras. O sea, como siempre.

Olga Bernad dijo...

Llámalo terquedad, querido rugbylari.
Y qué paciencia para soportarla
(paciencia que yo también ejerzo conmigo misma, no te creas;-)
Eso no lo puede ver un lector normal, pero me gusta que me ates, como siempre, a la realidad.
Me haces pararme a pensar en el hecho de que yo también reconozco tu expresión, con todo lo que la palabra "reconocer" implica.
Gracias.

Mery dijo...

De entre todo este pensamiento y añoranza hay una frase que encierra todo, al modo de un Aleph cristalino e infinito: "mientras sucedían no necesitaba soñar".
Me encanta de qué manera tan profunda hurgas en tí misma ( ello hace que hurgues un poco en todos nosotros también)

Felíz de leerte como siempre, a estas horas.
Besos

Olga Bernad dijo...

Sí, con esa sencilla y contundente prueba podemos distinguir los momentos de felicidad (al menos los soñadores compulsivos).
Me sorprendió hace pocos días, en un momento no muy alegre, ese sentimiento distinto hacia las "horas de clavicordio" y también hacia mí misma. Procuré reflejarlo, me ayudó y me reconcilió un poco con la escritura, a la que tengo un poco abandonada (ya sabes: toca clavicordio).
Me gusta que cada cual venga a su hora y pase un momento feliz, para mí también lo es.
Buenas noches, Mery, que sueñes con lo que más te apetezca. No se me ocurre nada mejor que desearte;-)

Mery dijo...

Querida Olga, pronto el clavicordio inmisericorde será desplazado por suaves violines.
Noviembre pasará, como todos los noviembres.
Otro abrazo nocturno y sueños alegres.

Olga Bernad dijo...

Huy, Mery, qué poca confianza tengo yo en los violines...
Pero noviembre pasará, eso sí, y también nos esperará algún momento de esos en los que no haga falta ni soñar, ya verás.

Alfaraz dijo...

En cierta manera te veo,Olga, haciendo equilibrio entre desencanto y terquedad, y ahí es fácil que me reconozca yo también. Claro que tu lo explicas mucho mejor...

Bss.

Olga Bernad dijo...

Bueno, ya sabes que dicen que el desencanto camina despacio y sonriendo detrás del entusiasmo. Supongo que al final nos alcanza, porque en algún momento uno se cansa de correr, pero esa sonrisa me da tanto asco que lo único que me queda para que no me atrape del todo es la terquedad. Ahí andamos.
Un beso.

Fcº Javier Barbadillo Salgado dijo...

¡Bendita terquedad! Que no nos falte para resistir y desatar tanta realidad de sogas al cuello y en las manos.

Saludos.

Olga Bernad dijo...

Ay, espero que sea tan cierta como la que tiene el corazón cuando se empeña en latir porque, para llevarme un poco la contraria o situar el tema en unos límites cada vez más reales, me acuerdo ahora de mi admirado Baltasar Gracián: Todos los necios son obstinados y todos los obstinados son necios.
Que esa terquedad tenga la fuerza del constante pero no la obstinación del necio, una especie de paciencia y barajar.
Saludos.

Sara dijo...

Te he dicho varias veces que me encantas como escritora, pero aquí te luces también como lectora! Hay algunas historias que nos hacen mirar muy adentro, que parecen guardar un conocimiento profundo sobre nosotros mismos... Pero sólo los que son buenos escritores y lectores pueden (saben) transmitir ese conocimiento a los demás mortales... Magnífica entrada, Olga.
PD: Me gustan esas mariposas amarillas de García Márquez.

Olga Bernad dijo...

No se puede escribir sin haber leído (bueno, no sé si no se puede pero es conveniente haber leído algo;-). La condición de lector es la más feliz, sin ninguna duda. Tanto la entrada anterior como esta parten de experiencias de lecturas mezcladas con la vida, en realidad esas experiencias también forman parte de la vida de uno, aunque sea a otro nivel.
Muchas gracias, Sara, a mí también me gustan esas mariposas amarillas, tan hermosas y fatales.

veridiana dijo...

¡ Qué bonito!
El clavicordio aún se utiliza en alguna ópera.Y mira,cuando te miro, me recuerdas a la soprano maravillosa, Cecilia Bartoli.

Un beso

Olga Bernad dijo...

Veridiana, tú me miras con mucho amor. No he tocado en mi vida más que el xilófono, eso sí, con mucha pasión y sin parar hasta que se me rompieron los palos de las bolitas esas (para descanso de mi familia) y cantar, sí, sí que canto, mucho y mal. Sin embargo, la pasión que les pongo a mis himnos compensa: el rojo, rojo clavel (una letra maravillosa), cry baby y alguna más. Ay, ahora que mis hijos ya no son bebés tengo que esconderme.
El clavicordio sólo lo toco en metáfora o algo así, pero soy una virtuosa.
Gracias, Circe, eres un sol.

MªTeresa Gómez Puertas dijo...

"Virgen del sombrero tiroles" todo esto lo has escrito tu solita...que bueno,que buenisimo..."poesia pura"...yo si que creo que es el inicio de algo máaaaas y mucho mejor que cien años de soledad (que sabes que no me gusta).
Besos....estoy un poco desaparecida,lo siento,pero no voy a dejar de leerte lo prometo.

Olga Bernad dijo...

Sí, ya sé que no te gusta Cien años de soledad, compa, qué cosas. Bueno, no es inicio de nada, lleva su punto final final, pero me alegro mucho de que, al menos, mi clavicordio sí te guste;-)
Tú desaparecida y yo casi; estoy prácticamente encerrada, sólo me tomo un respiro para asomarme algún rato por aquí y vuestras visitas me acompañan un poco.
Muchos besos, ya nos resarciremos de todo esto.

Alfredo J. Ramos dijo...

Bienvenida a la madurez, Olga (me da un poco de corte pudoroso decirlo así, pero...) El texto parece arrancado de un muy meritorio momento de lucidez (me parece) y de una fecunda lectura de las inacabables magias reales de Macondo. Es valiente. Un abrazo.

Olga Bernad dijo...

La madurez debería aceptarse sin pudor desde la década de los 30, lo demás son ridiculeces, y yo estoy empezando los cuarenta. Es una buena etapa, así que gracias por la bienvenida;-)
No nos queda más remedio que ser valientes, eso sí.
Un abrazo, Alfredo.

Juan Manuel Macías dijo...

Parece que llego con retraso y poco puedo añadir, sino sumarme a los aplausos. Se me quemó el router y ando a pedales con uno de prestado. Solo me queda dejarte mi aplauso y mi admiración, una vez más, antes de que se me vuelva a caer la red. Si breve el comentario por urgencias técnicas, el aplauso largo y sostenido.
Besos

Miguel Baquero dijo...

Qué estupendo texto, qué delicía, cómo encoge el corazón leer aquello de quizás no estemos infinitamente solos...

gbp dijo...

Carino, aceptemos la madurez sin pudor pues, no nos esforcemos en ser mas ridiculos todavia y bienvenida sea esta pasion mas cierta,resignada y radical... (ya sabes que yo siempre estoy a favor de los cambios), sobre todo cuando nos brindan textos como este. Apasionante.

Besos carino, (hoy sin spanish caracters, se me fueron las enyesss y demas simbolos de paseo).

Olga Bernad dijo...

Cómo puede llegar a complicarnos la vida un aparato tan pequeño que yo hace apenas tres años no sabía ni lo que era. Me siento culpable ahora por aquel router de sobra que me mandaste -y aún estoy usando- cuando el mío no me funcionaba. Qué tiempos.
Espero que todo se solucione pronto, ya sabes que aquí siempre se te guarda el sitio y que tu mirada es importante y tu aplauso, una alegría. No hace falta añadir nada más. Gracias, Juan Manuel.
Besos.

Olga Bernad dijo...

Gracias también a ti, Miguel. Es curioso que hayas destacado eso de la entrada. También se me encogió el estómago escribiéndolo, para mí es la clave del texto. Lo sé porque me daba vergüenza, y me costó dejarlo estar.

Olga Bernad dijo...

Mira, hermana, ¿qué es eso de las enyessss? Me suenas rara, rara, soluciona tú también tu asunto con los spanish caracters para que hablemos como Dios manda;-)
Vale, estoy de aceptación total, ya no sabe una si reír o llorar, como en una borrachera de melancolía y vino bien negro, del que da dolor de cabeza, sí, qué menos.
Pero, si te ha gustado, pues yo me alegro. Creí que era una terapia pero ya no lo sé. No creo en las terapias.
Kisses, sister.

Fernando Gonzalez Seral dijo...

...me gusta Olga!, me deja un poco, ..., no se, se podría llamar tristeza, melancolía, ...pero me gusta.

¿que tal van esos estudios?.

Besos.

Olga Bernad dijo...

Pues van como todas las cosas que se deben hacer en un año y se empeña uno en realizar en tres meses por el procedimiento de urgencia;-) Pero estoy aprendiendo mucho, o recordando lo que ya sabía, que no es poco.

No me extraña nada esa melancolía, Fernando. Creo que eso no es malo (hasta que duele de verdad, claro).
Un beso, maestro en cielos.

Blackbird dijo...

Teclea y teclea el clavicordio Olga, como Memé. Al menos, mientras aporrearlo sea el precio por atrapar, de vez en cuando, escurridizas mariposas amarillas.

Preciosa prosa, magnífica reflexión vital. Ya me gustaría a mí ser consciente, por lo menos algunas veces, de todo lo que voy viviendo. Un poeta debe ser eso, alguien que ve más en profundidad que los demás y además es capaz de expresarlo con “le mot juste”.

Tu texto me ha traído otra vez una banda sonora:
Logical Song de Supertramp

Besos Olga, de tu informal Blackbird

Olga Bernad dijo...

Tú no eres nada informal, y yo no sé si puedo ver con más profundidad. A veces lo veo todo muy negro, de eso estoy segura; creía que era tristeza pero igual es la profundidad esa, je.

La palabra justa sí la busco, siempre la he buscado.

Logical song. La escuchaban los mayores cuando yo quería ser mayor. Mira. Deseo concedido;-)

Un beso, mi leal Blackbird.

Julio Castelló dijo...

Qué bien escribe usted.
El principal inconveniente de los seres superiores es que nunca estarán a tu altura.
Me quedo en la cola del pan.

Olga Bernad dijo...

Muchas gracias, Julio.
Yo necesito mirar hacia arriba, quiero creer en la supuesta altura de los demás porque, de lo contrario, todo es un erial. Eso me ha hecho confundirme algunas veces y, otras, me ha llevado a ver alguna mariposa amarilla. Lo doy por bueno así.

Qué agradable y qué fácilmente se establece a veces una especie de complicidad sobreentendida.
Yo me quedo aquí, con el clavicordio.

Isabel Romana dijo...

Hermosísimo relato, olga, y muy acertada la reflexión que contiene. ¡De qué manera cruel se nos roba la vida, cuánta fuerza es precisa para seguir viviendo la vida robada! Un abrazo muy fuerte y suerte con esos estudios.

Olga Bernad dijo...

Yo no sé si es un relato (y no me preocupa) pero es cierto lo que apuntas: si consideramos que todas esas horas son robadas, la vida se convierte en la historia de un enorme y extraño expolio. ¿Fuerza para vivir esa vida "robada"? O necesidad. La otra, la brillante, son cuatro momentos. Esta al menos son cuatro días;-)
Muchas gracias, Isabel, por tu comentario.