miércoles 4 de noviembre de 2009

Perros de noviembre

Será agosto y, en sueños,
vendrán ladrando perros de noviembre.
Y sueño que estoy sola
-sueño muy a menudo que estoy sola-
y el mes terrible en el que nuestro invierno
es más que una amenaza
(son los golpes por estrenar del frío)
el mes que odia mi sangre y mi silencio,
olerá desde lejos mi tristeza.
El mes más vil, el mes de los suicidas,
el que arranco de cuajo en los diarios.

Olga Bernad
___________________________________________________________________________________________________
NOTICIERO

5 de noviembre: A pesar de los perros de noviembre, una excelente noticia: he sido seleccionada por Ángel Guinda para formar parte de una ANTOLOGÍA DE POETAS ARAGONESAS (1965-2010) que se publicará en la editorial OLIFANTE en los próximos meses.
4 de noviembre
:
1-Se presenta en Zaragoza la Antología de poetas de la margen izquierda. Ángel Sobreviela nos muestra en su blog el índice completo.
2-El Círculo Fotográfico de Aragón inaugura exposición. Nos pasaremos sin falta.
3-El poeta, narrador y amigo Juan S.-Vico gana el premio Lletres Noves de cuentos para jóvenes.
4-Además, apareció ayer el sexto número de la Revista de Humanidades Kafka. No se la pierdan.
Enhorabuena a todos.

Por cortesía de Alfaraz, les dejo esta curiosidad: una imagen de la primera edición de las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna, en la cual se ha inspirado la colección de poesía Siltolá: ¿les suena?
Algunos lectores siguen preguntándome cómo conseguir Caricias perplejas. Informo de lo que me va llegando: en Zaragoza ya está disponible en Antígona y Cálamo; puede encargarse en La casa del libro y en Portadores de sueños. En Madrid sé que se encuentra en Hiperión. Por Internet puede comprarse directamente a la editorial, en Beta digital , en Rayuela y en Proteo.
___________________________________________________________________________________________
Hace un año
La isla
Amores platónicos
_________________________________________________________________________________

jueves 29 de octubre de 2009

Entrevista en el programa Borradores

video
El pasado lunes 19 de octubre grabamos la entrevista para el programa Borradores de Aragón televisión. Se emitió el día 25 por la noche y por fin he conseguido traerla al blog. Falta el poema leído al final, y la grabación se accidentó y quedó dividida, aunque la entrevista está entera (parte 1: arriba; parte 2: abajo). Me encantó formar parte de un programa que incluía entre sus invitados a gente tan interesante como el Lebrijano, la cantante Buika o los chicos de La locura de Mabuse. Aquí se anunciaba su contenido. Estaba nerviosa porque nunca había pisado un plató, pero al final me sentí mucho más a gusto de lo que yo pensaba, cosa que debo agradecerle a Antón Castro y a su cordialidad y su experiencia. No nos conocíamos pero, un par de días antes de la entrevista, Antón me invitó a un café y ya noté que charlar con él era todo un placer. Le agradezco infinitamente su interés por el libro. Espero que os guste, hice lo que pude; aunque sigo pensando que hablar de poesía participa de la misma imprudencia que hablar de sexo: nunca llegaremos a atrapar su misterio y nunca, nunca la experiencia de uno es igual a la de otro. Hablé un poco de la mía, nada más.
La tele es el lugar más extraño al que me han llevado las Caricias…




____________________________________________________________________
NOTICIERO

3 de noviembre: La versión íntegra de la entrevista publicada en el Heraldo el 31/10/09 de stá colgada desde el domingo en el blog de Antón Castro.
1 de noviembre: Ayer salió publicada en el periódico Heraldo de Aragón parte de una entrevista que me hicieron. Podéis leerla en su versión virtual: AQUÍ.
30 de octubre: Caricias perplejas estará por fin disponible esta semana en la Casa del Libro de Zaragoza (C/ San Miguel). Me avisan de que ayer estaba ya en la librería Antígona (Pedro Cerbuna, 25). También se encuentra en la librería Cálamo (Plaza San Francisco, 4). Despacito, pero van llegando...
Y os pongo el enlace para encargarlo directamente a la editorial, por internet: aquí. Y también en la librería Beta digital (pinchen sobre el nombre).
29 de octubre: La Portada de La revista Artes y letras del periódico Heraldo de Aragón muestra hoy una magnífica fotogragía de Fernando Gónzález Seral. No nos conocemos personalmente, pero ya hemos unido textos y fotos en más de una ocasión. Un honor y una alegría saber que Antón Castro llegó a su blog a traves del mío. Una prueba más de que internet es algo más que un inmenso chat, es también un escaparate alternativo y eficaz donde la exposición y el descubrimiento se complementan y donde elegir forma parte del juego interminable. Como muestra, Juan Manuel Macías publica unas traducciones de Alceo de Mitilene en Las razones del aviador, una revista literaria recién aparecida a la que deseamos el mejor de los vuelos.

____________________________________________________________________

Hace un año:
Escrito está
La isla
____________________________________________________________________

lunes 26 de octubre de 2009

Monedas para el músico

Me he arrancado del pecho otra llama invisible.
La dejé con torpeza en el reverso
de un libro o de una carta.

Y, luego, en los bolsillos,
buscar unas monedas para el músico.
El violín de la calle limpia el aire
y vuelve cierto un mundo que vigila.

La belleza se ha muerto de esperarte.
Le hablé de mi impaciencia,
de mi forma
de cerrar filas, manos, versos, puertas,
por mantener a salvo una mirada.

Cerrar los ojos y dejar que el músico
se me lleve con él a cualquier parte.

No estuve en Samarcanda, conocía
los cuentos orientales, y me hablaste
de los aromas suaves de la seda,
de su olor de colores.
Sarracenos rompiendo el horizonte.

Si se perdió la voz de las leyendas
no fue por culpa mía.
¿Con qué razones miraré a lo lejos?
Ahora que la llama se ha clavado
en la mano que usé para guardarla,
miro la herida abierta,
miro el mundo.
Sólo el violín perdona la tristeza.

Olga Bernad
_________________________________________________________________________________________________________________
NOTICIERO
26 de octubre: Nuevo eco de las Caricias Perplejas en el blog de Antón Castro. Julio Castelló también las hace visibles en su tablón de anuncios. Gracias a ambos por sentirlas y ayudar a que se sientan.
27 de octubre: Antonio Rivero Taravillo escribe en su blog sobre los tres últimos títulos de la colección Siltolá. Gracias por esa generosidad con las Caricias.
28 de octubre: José Manuel Benítez Ariza me regala este bombón en su Columna de humo. (Gracias, José Manuel;-) No me resisto a copiar su parte central:

En una mañana festiva me leí el libro de Olga Bernad, Caricias perplejas. La lectura de poesía, digan lo que digan los panegiristas del género (entre los que no me encuentro, pese a cultivarlo), es siempre superflua. Por eso es un lujo y un placer. Luego puede tener otras utilidades añadidas, no digo que no. Pero lo verdaderamente lujoso, e incluso lujurioso, de la poesía es su gratuidad. Un poco de sol, unas horas de ocio absoluto, un cierto trasiego en la casa, del que previamente te has desentendido, porque la vida en familia admite estos pactos tácitos... Leo estos poemas en los que tan claramente se manifiesta el gusto de escribir more metrico, con naturalidad y sin aparente esfuerzo. Hablar en endecasílabos, como se dice que los castellanohablantes tendemos a hablar en octosílabos -yo creo que eso sólo ocurría antes de Garcilaso-. Olga Bernad tiene ese don de la métrica interiorizada, hecha ritmo del hablar; y ello, sin que en su poesía haya demasiados elementos que apunten a eso que se ha llamado "tono conversacional", y que tantas veces ha degenerado en un amaneramiento más, o en objetos verbales tan acartonados como los "monólogos dramáticos" de Robert Browning, que tanto gustaban a Cernuda... No: la poesía de Olga Bernad no apunta a esa ficción, se conforma con ser palabra gozosamente entregada a su ritmo. Es retóricamente abundante, a la manera en que lo era la poesía del mejor Neruda o de Miguel Hernández, pero su retórica nunca parece superflua o innecesaria. Si acaso, concuerda con la sensualidad que aflora en algunos de sus poemas. No en vano en este libro se habla de "caricias" desde el título mismo. Uno lo ha leído con curiosidad, primero, luego con placer y creciente entusiasmo. Y lo cierra con la satisfacción de quien constata que, si bien todo se ha dicho ya, como dicen algunos, siempre es posible añadir una modulación personal a lo ya dicho.
A Olga Bernad la descubrimos en este mundillo de los blogs, que muchos juzgaban poco menos que la perdicion de quienes habíamos caído en semejante vicio, agravado además por la circunstancia de que quienes escribimos en este medio eludimos las dos grandes consideraciones de respetabilidad de las que suelen blasonar los escritores: la publicación de libros y/o la remuneración por la labor realizada. Escribir gratis y tener lectores que no compran libros. Vaya negocio. Y, sin embargo, de este semillero empiezan a salir buenos frutos. Uno es éste. Y no el único, por cierto.

Caricias perplejas estará por fin disponible esta semana en la Casa del Libro de Zaragoza (C/San Miguel). Despacito, pero van llegando...
____________________________________________________________________
Hace un año:
Andábata XXX: Corazón (A piece of my heart)
____________________________________________________________________

domingo 18 de octubre de 2009

Caricias Perplejas para Antón Castro

Las cosas se entrelazan a veces de una curiosa manera. El jueves contactó conmigo Antón Castro, escritor y presentador del programa Borradores en la televisión aragonesa. Una mujer llamada Susana, gallega y librera en Hiperión, había recomendado mi libro a un amigo. Este amigo, Juan Marqués, poeta zaragozano afincado en Madrid y amigo de Antón, se puso en contacto con él para, a su vez, recomendárselo. Antón recordaba haberme leído hace un tiempo en el blog de Fernando Valls y se interesó de inmediato.

Ahora, cinco de los poemas de Caricias Perplejas y esta misma historia aparecen también en su blog, aquí, haciendo crecer los hilos invisibles que el azar y las palabras dibujan sobre esta red imprevisible, virtual y curiosamente concreta, en un mundo como el nuestro donde, como dicen las escrituras, todo es provisional.
Mil gracias, Antón.

El lunes grabaremos una pequeña entrevista para el programa Borradores. Nunca he ido a la tele y, sobre la poesía, soy mucho más partidaria de que hablen los poemas y de quedarme a un lado, cuidándolos mientras los pienso y dejándolos en paz después. Pero también es verdad que iré a donde haga falta, así que el próximo domingo 25 de octubre, quien conecte con la aragonesa, me tendrá por allí. A mí y a mis Caricias, en conversación con Antón Castro y acompañados por alguna foto de Fernando González Seral. Espero que el resultado os guste.

Olga Bernad

22 de octubre: Para el que tenga la suerte de estar por Madrid este fin de semana, los ganadores de "La voz más joven", entre los que se encuentra nuestro amigo, el poeta Juan S.-Vico, leen sus poemas en La casa encendida. Razón: aquí.
_____________________________________________
Hace un año:
En un Simca 1200
La dureza
_____________________________________________

lunes 12 de octubre de 2009

Sevilla desde el Pilar



Han sido unos días muy intensos y todavía me dura la resaca de aroma sevillano. No visitaba la ciudad desde el 85, cuando tenía 16 años y la poesía no era para mí algo que escribir, sino mucho que vivir. Pero, igual que entonces, quería bebérmelo todo; e igual que entonces, lo he intentado.
Llegamos al hotel el jueves por la tarde, y rápidamente nos preparamos para la presentación en la Biblioteca Infanta Elena, en pleno parque de María Luisa. Llegamos al atardecer y enseguida nos encontramos con Javier Sánchez Menéndez, atento, tranquilizador, controlando todo. De repente, avalancha de presentaciones: Jesús Cotta, nervioso como yo; Juan Antonio González Romano, también inquieto a pesar de las tablas con los alumnos; Elías Marchite, un navarro de pura cepa, alegre, llano y tranquilo; luego se unió Miguel Agudo, al que tampoco se le notaba el nerviosismo. Antes de la presentación conocí también a Aurora Pimentel, ángel de la guarda que se desplazó desde Madrid; algunos navegantes de la red sevillanos con los que alguna vez he coincidido: Miradme al menos, Miguel Estrada, amigo antes de conocerle, Joaquín Alegre, José Luis Garrido
Comenzó Javier como maestro de ceremonias. Mi intervención fue la última, así que tuve tiempo de tranquilizarme, aprender de ellos e ir reconociendo entre la sala abarrotada más amigos: me hizo sonreír especialmente la presencia de José Miguel Ridao al lado de Angós, que me acompañó también en mi periplo sevillano.
A pesar del nerviosismo, disfruté de la intervención; el público, cálido como la ciudad, nos hizo sentir de maravilla.
Luego llegó la firma de ejemplares, se nos quedaron cortos y al final entregué hasta el que había guardado como recuerdo para Angós (pobre), pero no le importó. Sigo conociendo gente, ya más relajada, entre los comentarios del evento: Enrique Baltanás, José María Jurado, Antonio Rivero, tan jovencito y tímido…
Tomamos algo antes de cenar y vamos al hotel, una preciosa sala-biblioteca cerrada para nosotros. La noche fue estupenda, con Javier, Araceli y Marta, de la Fundación, y todos los autores con sus acompañantes. El chef, hermano de nuestro Ridao, se lució de verdad; el vino, el cava y la compañía hicieron lo demás. Por el sabio consejo de la mujer de Juan Antonio descubrí una maravilla llamada vodka caramelizado que va a ser un nuevo vicio en mi vida, estoy segura. Y es que siempre hay que aprender de los otros.
Me dormí como de niña, después de un día lleno de cosas maravillosas, levemente mareada por la bebida y los acontecimientos, feliz.
El viernes fue un torbellino: desayuno con Aurora en el hotel, que salía rápidamente para Madrid; unas pintas de cerveza con Antonio Rivero Taravillo, recién llegado de Liber, en un pub irlandés de la calle Alemanes, al lado de la Catedral. Comida y tarde con José Luis Garrido, guía y maestro por su Sevilla, paseos por el barrio de Santa Cruz que finalizaron en una terraza entre la calle Vida y el callejón del Agua. Cenamos con José Miguel Ridao y su mujer, Lola, y con su hijo pequeño, tan chiquitín que aún no puede separarse de su madre por cuestiones alimenticias. Se nos portó de maravilla, y eso que nos iban cerrando hasta las terrazas…
El sábado, un poco de turismo, muchas llamadas teléfónicas, visita tranquila a la Catedral y subida a la Giralda. Sevilla desde arriba, miles de fotos en mi corazón. Por la tarde, antes de partir, no pude evitar meterme diez minutos en un cíber, contestar algunos correos y descubrir esta entrada de Antonio Azuaga, siempre cerca, desde Sevilla también.
Por fin, la interminable noche de tren y la llegada de madrugada a Zaragoza, en plenas fiestas del Pilar recién estrenadas… Dejé el libro en la mesilla, esas Caricias Perplejas que tantas cosas han traído a mi vida. Pensé la palabra “gracias” antes de caer rendida y la volví a pensar al despertar. Gracias, gracias, gracias.

Olga Bernad

Nota: Os dejo unas fotos de la visita a Sevilla. Comienzan con una cerveza por beber, siguen con la presentación, una foto del final de la cena con todos los autores y sus acompañantes, otra del pub irlandés con Antonio Rivero Taravillo y José Luis Garrido, una más con José Miguel Ridao, Lola y su precioso bebé, junto a la Catedral en la noche sevillana… y una última un poco nebulosa, como el recuerdo, cuando la cerveza se ha acabado y queda la sonrisa, lo vivido y las ganas de volver.
Tengo un vídeo de dudoso sonido que, de momento, no se deja colgar. Seguiré intentándolo...








12 de octubre: Además de la entrada de Azuaga, dando una vueltecilla por la red he visto la de Juan Antonio, la estupenda crónica de Juanma, otra de Jesús Cotta y una nota de Europa Press que tampoco se deja enlazar.

13 de octubre: Alejandro Muñoz, hombre de palabra, ha paseado las Caricias Perplejas, tal como me prometió, por las playas del sur. Y me ha enviado una foto que lo demuestra. Quién estuviera allí...
José Luis Garrido escribe una estupenda reseña sobre las Caricias en su blog, Leyenda.
Mil gracias a los dos.

14 de octubre: La nota de Europa press se deja enlazar.

15 de octubre: Javier Sánchez Menéndez me envía fotos de mucha mejor calidad que las mías. Incluyo algunas.


17 de octubre: Por fin un amigo me ha convertido el vídeo en algo pubicable. Lo dejo como recuerdo, aunque se oye y se ve fatal.

video

Al ser tan reciente, la distribución en las librerías por las distintas ciudades españolas tal vez no ha llegado, pero la colección ya está disponible desde la página de la Fundación ECOEM: tan simple como ir aquí.

jueves 1 de octubre de 2009

Enciérrame en el sótano

Un hombre sopla vidrio. Es un sótano oscuro y, muy al fondo, un fuego rojo tiñe de alguna luz la estancia. El hombre sopla a través de un formidable tubo que acaba en una gárgola grisácea; en su punta se enciende una burbuja de cristal brillador que se dilata y pronto se endurece, fraguándose contra la rozadura invisible del aire. Él alarga su gran mano de hombre, recoge con atenta firmeza una esfera perfecta y me la entrega, concediéndole al gesto la naturalidad y la importancia de una vieja liturgia, la pureza de un culto recobrado donde prodigio y lógica amparan un enigma: nuestra necesidad de obedecer y un temor muy profundo a someterse; y un placer que esperaba, inevitable, tan paciente como una profecía. Me sonríe. Le amo. Tomo la esfera nueva en mis dos manos. La coloco en el suelo con cuidado. El suelo brilla y brilla, estoy llenando el suelo de burbujas. No queda espacio en blanco hacia la puerta. No nos iremos nunca. Me sonríe.

Olga Bernad

7 de octubre : el simpar Juan Manuel Macías recuerda en sus Diosas y sus nubes el evento de mañana en la Biblioteca Publica de Sevilla, la presentación de la Colección Siltolá de poesía y mis Caricias Perplejas formando parte de ella.
Gracias, hermano;-)
Pasaremos unos días por Sevilla, asi que aprovecho para despedirme hasta la vuelta. ¡Al Sur!
_____________________________________________
Hace un año:
Lo que tardamos en olvidar un nombre
De la tristeza
_____________________________________________

lunes 21 de septiembre de 2009

Primer libro


Hace 87 entradas no imaginaba que acabaría escribiendo ésta. Pero aquí está. Algunos de los lectores habituales sospecharon la forma de la criatura desde aquellas tímidas preguntas lanzadas por Betty B., anónima y siempre vacilante. La vieron crecer conmigo de mayo a noviembre y, entonces, me di cuenta de que un proyecto había tomado forma y se había acabado con la misma terquedad sin vuelta de hoja con la que empezó: tenía en la mano mi primer poemario.

Había soltado por estas Caricias doce de sus treinta y cinco poemas, y pensaba dejar alguno más (creo que han sido unos quince); los poemas ya iban firmados, así que descarté presentarlo a ningún concurso. En marzo lo remití a dos editoriales de las que no tuve respuesta. Decidí que tampoco lo enviaría a sitios donde seguramente iban a tirar a la basura, sin ni siquiera leerlo, el original de una perfecta desconocida. Y no hice nada más que escribir.

No creo que mis poemas ni los de nadie sean mejores o peores sobre el papel que sobre la pantalla o escritos sobre un muro. Pero me gustan los libros hasta la superstición, quisiera que alguien lo llevase consigo con el mismo placer con el que yo he llevado otros, hasta el final del día, para vivir con ellos y dormirme también con la conciencia cruzada por uno de sus versos. Por eso, cuando se interesaron por mí desde la Fundación Ecoem para formar parte de la Colección de Poesía Siltolá, dije sí sin preguntar nada. Y aquí está la criatura. Tengo que dar las gracias a Javier Sánchez Menéndez, por su atención constante y su amabilidad; y a Abel Feu, por su paciencia con mis comas de ida y vuelta y por su buen hacer.

Especialmente, quiero agradecerle su prólogo a Juan Manuel Macías -sin duda, quien mejor conoce mi poesía- por acompañarme con un pequeño texto que siempre le dará sentido a lo que escribo. Tampoco quisiera dejar de nombrar hoy a las pocas personas que leyeron el poemario completo antes de que supiese qué hacer con él, y cuya fe supero siempre a la mía: Antonio Rivero Taravillo, Juan Salido-Vico y Antonio Azuaga.

Todas esas personas eran desconocidas para Betty B. Las lecturas mutuas nos acercaron. Creo que eso es, entre otras cosas considerablemente curiosas, un libro: una llamada sobre los ojos de los demás. Un gesto interior que viaja hacia fuera. Del pensamiento con frecuencia desconcertante al extraño orden de las palabras; de ahí al papel, del papel a los otros.

En esos treinta y cinco poemas se queda un trozo de mi vida de una manera bastante rara, entre reconstruida e inventada, con su caos colocado en líneas rectas, tal vez atrapada, siempre incompleta. Me gusta entregarla así, bien vestida por una edición preciosa. Lo demás, no lo siento asunto mío.
Espero que os guste.

Olga Bernad



_____________________________________________
Hace un año: Noche de otoño, La terrible virtud de ser inolvidable
_____________________________________________

25 de septiembre: En La Cigale nos informan hoy de su programación de octubre y, de paso. hacen una amable referencia a la publicación de mis Caricias.

26 de septiembre: Álex Chico, excelente poeta y vecino de blog, se hace también eco de la publicación en su Isla de Elca.
Gracias, sois estupendos.

martes 15 de septiembre de 2009

Nostalgia armada

Ahora, Señor, acuérdate de mí, vuelve tus ojos hacia mí.
Tobías 3,3

Te miro caminar serenamente
por una calle en la que nunca estuve.
Háblame de las cosas que no veo,
vuelve tus ojos hacia mí, y perdona.
Mi corazón no tuvo más remedio:
te inventé porque el mundo me sabe a hambre atrasada,
y porque el tiempo es poco
y hubiese sido absurdo
medirlo con simpleza de usurero,
encerrarlo en relojes,
dilapidar mi esfuerzo y tu cordura
o el dulce remolino que baila con mi espíritu
si alguna vez te pienso y te presiento.
Quiero que algún pequeño
espacio del misterio que nos lleva
dirija el calendario hacia lo incomprensible.
Un día de abril por ti,
el tiempo de la espera en la mirada
y un vals oscuro y lento
(sus violentos cuchillos de ternura
volando en cada vuelta
y mi nostalgia armada hasta los dientes
recostada en la almena de tu alma)
deslizándose a ciegas por mi sueño,
como si muy despacio me fuese desangrando
y la vida escapase entre mis dedos
diciendo adiós, adiós;
diciendo ya me he ido,
diciendo nunca estuve,
nunca estuve contigo en esas calles.

Olga Bernad
_____________________________________
Hace un año: Apuesta, Ejercicio literario nº 29
_____________________________________

martes 1 de septiembre de 2009

Lejos del cielo


Mi niño levantó la vista al cielo
y yo seguí esos ojos hacia el aire.
No encontré nada nuevo, y el reía.
Perdido el cielo de los ojos limpios,
queda ganárselo vendiendo el alma.
He visto compradores que acarician
con sucias manos su silencio suave,
lejos del lago de los ojos, lejos
de la primera vez de la mirada.

Olga Bernad
_________________________
Hace un año: No volver
_________________________
Nota: La fotografía es de Fernando González Seral

miércoles 26 de agosto de 2009

Cara oscura

Una tarde de este maldito agosto, al volver del trabajo, mi hijo me contó intentando no llorar que, durante la noche, los perros abandonados habían destrozado a su gata preferida. La encontraron por la mañana al borde del camino, cerca de nuestra puerta. Un extraño amasijo de vísceras y sangre. Supieron que era ella porque ya no volvió.

Toda esa majestad mordida y muerta. Yo sé que para mí todos los gatos son seres literarios, herederos inconscientes y caprichosos de un imperio perdido no sé dónde. Pero su forma de andar no era literatura, su maullido caliente, el seductor ronroneo interesado; su forma de ignorarnos otras veces, esa indiferencia entre aristocrática e inocente de los que no se saben bellos o no les importa.

No, su manera de andar no era mentira, la delicada precisión de sus pisadas, la gracia de los gestos que yo no comprendía. Ella siempre pareció entenderlo todo, si es que quería pararse a mirarlo. No hay nada que entender, pequeña Luna, a veces en la noche la realidad se nos come a dentelladas. Nada puede la gracia contra el brutal mordisco de los perros. Tus paseos lunares tenían cara oscura.

Olga Bernad

lunes 17 de agosto de 2009

Ingles brasileñas


Una de las palabras que más odio es “indicadores” (la otra es “entrañable”, pero a ésa le guardo entrada aparte). Los indicadores vienen a ser como curiosos puntos, coordenadas donde se cortan ejes de abscisas y ordenadas que se suponen claves para comprender algo, cualquier cosa: desde la marcha de una empresa a la de un matrimonio, pasando por nuestra capacidad para seducir. La realidad se reduce a algunos datos supuestamente fundamentales y, luego, su intersección produce un número, y ese número se lee y se traslada a interpretaciones también numeradas y previamente escritas por algún experto. El vago y fecundo concepto de “impresión” es filtrado por mil cedazos viciados de puro limpios, libres de dudas, huérfanos de una indecisión que es a veces nuestra única sabiduría.

La “impresión” es lo que llega a nuestra especie de corazón después de que el cerebro haya procesado (o lo que sea) miles de datos de los que no siempre somos conscientes: es un prodigio de síntesis poética, una facultad afinada por siglos de supervivencia que es ahora irresponsablemente dejada en manos científicas incluso para asuntos personales; es de difícil explicación y está adornada por una infinita riqueza de matices que le dan a veces un aspecto nebuloso, pero es también de una potencia innegable. Sentimos la impresión que nos produce alguien, tenemos la sensación de que las cosas van bien, o mal o regular. La emotividad más personal, el sentido común, la imaginación, la razón y la inteligencia se marcan un tango nuevo cada vez que una impresión nos golpea, o nos acaricia o nos domina. Dirán que nuestras impresiones son a veces erróneas: sí, pero los indicadores también; y sus interpretaciones, no digamos.

Bueno: pues yo tengo la impresión de que el éxito de las ingles brasileñas es un preciso indicador del signo de los tiempos. Y no me gusta el asunto. No me gusta nada.

Para empezar, porque mi tendencia hedonista me impide aceptar torturas innecesarias sin rechistar. Mi conciencia protesta ante la amenaza del dolor gratuito. ¿No es eso algo sano?, ¿no se creó el dolor como voz de alerta, más que como castigo?, ¿no ha dependido nuestra supervivencia de escuchar esas voces?
Para continuar, por lo que les cuento:

Hace un tiempo fui a cumplir con el repetido deber moral de la depilación a la cera caliente (no crean que todo es bonito en mi vida, no: pago mis peajes). A mí me gusta ser mujer tanto como a las de los anuncios de compresas, así que admito algún que otro mal rato por quitar de mi vista -y de la de los demás- manifestaciones pilosas que encuentro masculinas y que no me gustan adornando unas piernas femeninas. Hasta ahí aguanto, y ya es bastante desagradable.

La chica que suele ocuparse de estas cuestiones conmigo estaba de vacaciones. Mal empezamos. No me gustan esas intimidades con más gente de la imprescindible, pero en fin, todos nos tenemos que ir a la playa en algún momento de nuestra vida, de acuerdo. Me desnudo. Me tumbo en la camilla. Se me acerca. Ella es rubia, muy rubia (mucho), depilada (muy bien), maquillada (perfectamente), delgada (muchísimo). Yo estoy un poco avergonzada por no sé qué. Porque no la conozco, porque no estoy delgadísima, por esos pelos horribles a semejante luz, porque he llegado agobiada tras la lucha por un aparcamiento, porque no voy bien pintada (no me daba tiempo), porque mi melena (ya melenita) es un barullo, porque estoy en bragas delante de doña perfecta: “Sujétatelas más arriba, abre las piernas”. Cierro los ojos.

Y justo entonces, en ese momento de debilidad, me dice con una voz dulce que apenas esconde un sincero reproche ante el paisaje: “¿Has pensado en hacerte las ingles brasileñas?”. “No”, me atrevo a susurrar. “Uy”, se anima, “pues, estadísticamente, ellos las prefieren”.

- También las prefieren rubias, hija mía, pero de todo tenemos que estar.
- Je, je, no; en serio, es muy cómodo.

“¿Cómodo?”, pienso yo, “¿Cómodo para qué?”

- Puedo utilizar una combinación de cera caliente y rasurado, o anímate con el láser, puedes pagar en cómodos plazos.

Cuánta comodidad. Yo ya tengo plazos, y todos me resultan incomodísimos. Además, un láser o una navaja dirigida hacia ciertas partes me producen un temor antiguo, fíjate, llámalo superstición. Y la cera caliente en puntos donde confluyen tantas terminaciones nerviosas me parece una perfecta definición de tortura. Le digo, para resumir:

- No, guapa, el chichi me lo dejas como está.

Me sale un tono agrio, me pasa muchas veces cuando me siento indefensa, incomprendida, sola y, además, estoy despatarrada delante de una rubia perfecta y (muy) joven.

- Vale, vale. Todas tienen esa actitud hasta que se van acostumbrando a la idea. Es como los tangas, que al final se han impuesto. Ya te irás animando.

No me pienso animar. Me acaba de nacer otra trinchera en la que agazaparme seriamente. No pasarán.

Con tristeza, me pongo a pensar qué clase de enfermedad habita en nuestro criterio y en nuestra libertad, porque la verdad es que esta chica tiene más razón que una santa. Recuerdo a una compañera de trabajo, una mujer sensata e incluso célibe (no liga, la verdad), contándome con auténtica convicción que se hacía las ingles brasileñas “por ella misma”, porque así se sentía mejor. No dudo de su sinceridad, no ataco su libertad, no es eso. Utilizo la mía para pensar que en algún momento nuestra conciencia ha sido lavada por un jabón muy poco neutro: una mujer permite que le quiten, con un considerable dolor repetido (la depilación es un espejismo recurrente) no sólo las pilosidades masculinas que le sobran, sino que consiente y paga porque le arranquen de raíz, literalmente, las manifestaciones fisiológicas de su feminidad adulta para producir no sé qué placer en otro, o incluso en ella misma sin ese otro. Porque yo lo valgo. Anda.

Si cualquier gobierno impusiese semejantes prácticas como castigo, ya habría una asociación o algo que hubiese puesto el grito en el cielo. Ingles Con Vello y Sin Fronteras. INVEFRO. Lo veo claramente: INVEFRO por la dignidad de las presas, etc.

Ya he dicho que me gusta ser mujer, incluso me gustaría ser la mujer perfecta que no soy, por eso me depilo (razonablemente) y me pinto los labios y todo eso. Pero hay cosas que no me las quita nadie, y menos una rubia de bote que pretende infantilizar territorios sobre los que nunca volverá la inocencia. Se siente. Es lo que hay.

Esto es muy triste de reconocer, pero el argumento es un puñal: “estadísticamente, ellos las prefieren”. Cuánto nos importan ellos, y hasta qué punto lo sabe la rubia más simple cuando estamos en bragas y a su merced. Pero no tanto, guapa, has patinado, no tanto como para que se me confundan ciertos límites. En algunas partes de la anatomía hay una realidad y un símbolo inmenso. Que cada cual lo cuide como sepa.

Salí de allí entre indignada y avergonzada, pero con el orgullo intacto. Agarrada a mi “no” como a una bandera. El sol de agosto arriba, el asfalto derretido bajo el tacón de mis sandalias: las cosas en su sitio.

Olga Bernad

Nota: El pasado viernes, en una velada con unos amigos fotógrafos de Zaragoza, comentamos el tema de esta entrada; Manuel Arribas me sugirió compañarla con la estupenda foto que ven. Se titula "La erótica en el país de Alicia". Después me sorprendió con esta otra fotografía. Si tienen curiosidad por verme rubia, no se la pierdan;-) Y, si les gusta mirar buenas imágenes, visiten con frecuencia su blog. No se arrepentirán.
Gracias, Manuel. Para mí fue un placer.
____________________________
Hace un año: Las reglas del desierto.

Por cierto, querida Gemma, gracias por enlazar estas rigurosas normas en tu comentario. Un año después, vuestras lecturas son una fina lluvia sobre la tierra seca.
____________________________

sábado 1 de agosto de 2009

Espíritus del vino

Melancolía alcohólica de nueva madrugada,
acerada en su fragua de licores.
Un espíritu lento siento alzarse
mientras el mundo gira más que nunca
y olvida las renuncias, suspendiéndolas
de la frágil cordura evaporada.
La larga caravana del arrepentimiento
se ha detenido ahora bajo el cielo.
Reina la luna en el desierto grave:
la noche se ha encantado,
marca su territorio con estrellas,
hogueras vivas, altas y felices.
Por el caliente aliento del verano,
la irrealidad afina sus contornos.

Una parte de mí salió volando,
-rápida como un pájaro-
sedienta como siempre pero alegre,
con su porción de eternidad en las alas.
En los ojos la luz del vino oscuro,
la turbia niebla sobre la conciencia;
decir entonces sí, te amo entonces,
puedo besar los labios que no importan.
En la noche encantada, los arqueros
tienen también el brillo inmaculado,
incauto y misterioso de las presas.

Abre la puerta azul del cuarto negro,
ven conmigo al deseo y después deja
que a todos nos absuelva su inocencia.

Olga Bernad

Actualización del 12/08/2009:
Hace unos días me encontré con un regalo en la red, una maravillosa fotografía de María Teresa Gómez Puertas. Volvió a recordarme cosas inolvidables. Pasen y vean, sus fotos son fantásticas.
(Gracias, Tere).
_________________________
Hace un año: Mil gracias, Las reglas del desierto.
_________________________

domingo 12 de julio de 2009

Extra viam

El muro de mis dudas frente al rostro
de la virgen más triste de la ermita.
Respiro en el silencio suspendido
y pienso en el dolor que ella sentía.

No hay nada que me acerque a su dulzura:
ni soledad, ni amor, ni la tristeza
ni la locura de este largo viaje
de inagotable sed y de miseria.

Y yo no sé de dónde sacar agua,
ni el sol sabe olvidarse de mi alma
ni encuentro esa piedad que me encendía.

Mirar, pensar, callar: nada me salva.
Quisiera acurrucarme en el camino
y que volver no duela demasiado.

Olga Bernad
_________________________
Hace un año
En julio: De profundis, No me dejes caer, Jazmines sobre el mar, Agosto espera.
En Agosto: Mil gracias, Las reglas del desierto.
_________________________

lunes 29 de junio de 2009

Summertime



David Dalton dijo de ella que era cómica y cósmica, trágica e intensa como la letra de cualquier blues. No es fácil describirla. Yo escuché sus canciones por primera vez a los diecisiete años. Ella había muerto más o menos cuando yo nací, así que su sonido y las escasas imágenes a las que yo podía acceder entonces tenían para mí el sabor de lo irrecuperable, la melancolía de lo perdido para siempre, ese misterio un poco doliente de lo antiguo. Con una lógica cruel, en nuestra primera juventud aún no nos engañamos sobre los estragos del tiempo; luego aprendemos a poner trampas que suavicen su falta de piedad.

Ese personaje vestido de antiguo y de una curiosa modernidad tan distinta a la que veía alrededor, se fue metiendo en mi vida a fuerza de escucharla desde una vieja cinta grabada de la radio. Su voz chillona a veces, brillante otras, oscura de profundas notas graves, pesada como el acero o sutil como una pluma, se metió en mi corazón. Luego nada me parecía suficiente.

Es imposible inventarse una estrella así, imposible crearla por laboratorio. Aunque su vida fue un revoltijo de drogas, carreteras, noches sobre escenarios y mañanas con amargas resacas de Southern Comfort, creo que fue dejando sobre las tablas algo que estaba por encima de todas esas circunstancias: una intensidad que arrastra la lucidez más hiriente, una potencia un poco desamparada y un frágil tren de tristeza y fuerza que lo mismo puede descarrilar que arrollar la línea imposible del horizonte cada vez que comienza una canción. Quién sabe lo que acabó haciendo.

Mucho antes de subirse a un escenario debió tener los mismos impulsos, el mismo estilo, la misma soledad. Desde el principio hasta aquella madrugada del setenta en la que murió sola en su habitación del Landmark Hotel por una sobredosis de heroína y alcohol, hubo en aquella garganta una verdad como un castillo, aunque el castillo se edificase en el aire viciado de los tugurios o las grandes salas de conciertos sobre las que siempre se elevó.

Y su voz pronunció también el verano, el triste, inmenso summertime y su áspera caricia, la lejana promesa sobre la que nosotros comenzamos ahora nuevamente a navegar.

Olga Bernad

Nota: No diré que las Caricias descansan porque ya lo he intentado varias veces y siempre vuelvo a caer en la tentación, pero sí diré que se quedan al ralentí durante el verano. Seguiré leyéndoos y visitando vuestras bitácoras, y tal vez dejando algún texto si alguna noche siento esas ganas repentinas de escribir que una nunca sabe por dónde llegan.
De vez en cuando hay que parar para pensar un poco, para hacer otras cosas, para no traicionar la naturaleza del primer impulso que nos llevó a iniciar algo. Para dar lo mejor.

_________________________________

miércoles 24 de junio de 2009

San Juan



Me gusta gastar un poco de la noche de San Juan recordando estos dos días, es como retenerlos un poco más y darles un sitio en el que siempre estarán guardados. Comenzamos el verano en Barcelona, cerrando el ciclo de lecturas de esta temporada en La Cigale, y para mí fue una noche inolvidable.

En todo momento me sentí entre amigos, aunque al principio me impuso un poco ya que pensaba que iba a ser algo más íntimo, pero pronto me sentí como uno debe sentirse en las ocasiones especiales: con la sensibilidad afilada por la emoción, pero cómoda y confiada. Leí primero poemas de mi próximo libro y, finalmente, algunos inéditos del nuevo poemario. Se presentó la plaquette, el segundo número de los Cuadernos de la Cigale cuya portada aparece en la entrada anterior. Me gustó mucho que acabásemos con una especie de tertulia, entre mesa redonda y conversación informal, en la que participó el público. No hay mejor manera de recibir la impresión inmediata que los versos dejan en los oídos ajenos.

Muchas gracias especialmente a los organizadores, Juan Salido-Vico y Álex Chico; a Juan Manuel Macías, que se desplazó desde Madrid y a mi hermana Gema, que tomó un vuelo rápido desde Edimburgo. Me alegró muchísimo poder conocer personalmente a Efi Cubero, Gemma Pellicer y a David, “el pianista”, aunque no tocó por falta de piano (buena excusa). También me reencontré con algunos amigos a los que hace tiempo no veía… pero quisiera agradecer a todos y cada uno de los que vinieron, conocidos y desconocidos, su presencia, su atención y sus aplausos.

Al final, un grupito nos fuimos a cenar por ahí porque las cosas que empiezan bien hay que acabarlas mejor.

De vuelta a Zaragoza, hace apenas unas horas, hemos asistido a la lectura de poesía erótica organizada por la Asociación de Escritores de Aragón para celebrar la noche de San Juan como Dios manda. Yo he leído un par de poemas míos y un par de otros autores y, sobre todo, he disfrutado de las lecturas de los demás: Sarriá, Forega, Mayusta, Emilio Quintanilla, Doberka, Luisa Miñana estaban por allí, entre otros, leyendo o escuchando; las Crocodile Girls poniendo música al asunto… y mi Blackbird, haciendo que regresar a casa y contar las cosas a los amigos siga siendo uno de los mejores momentos de cualquier viaje.
A veces uno no tiene ganas de volver a la vida normal.
En fin.

Olga Bernad
________________________
Reseñas de la lectura:
Kadaré/Bernad en La isla de Elca (Álex Chico)
Els dilluns de la Cigale
____________________

Nota: En la foto, Lourdes Roselló, Juan Manuel Macías, Efi Cubero, Álex Chico, Angós, Olga Bernad, Gema Bernad y Marisa Razquin. También en el grupito de la cena, pero fuera de la foto por estar despistados o en asuntos de intendencia, Juan Salido-Vico, David "el pianista", Luis, Yolanda y el marido de Efi.
________________________

Hace un año:
Caricias Perplejas
Otros Cielos
________________________

lunes 15 de junio de 2009

Primera publicación


Hoy cuelgo una entrada muy especial para mí. No dejo de mirar por esa cerradura. Es la portada de una plaquette: la primera vez que voy a ver unos versos míos en papel.

La imagen de cubierta es de Agustín Calvo Galán. Los autores con los que comparto publicación son Juan Manuel Macías, Efi Cubero, Arturo Bolaños y Eduardo Moga. Lo edita Els dilluns de la Cigale bajo la coordinación editorial de Juan S.-Vico y Álex Chico y con el diseño gráfico de Lourdes Roselló.

Mi colaboración se limita a seis poemas, tres de mi primer poemario Caricias Perplejas y otros tres del segundo, En el último mayo en que fui cierta, que todavía se halla “en construcción”.

Yo estoy como una niña con zapatos nuevos, para qué voy a decir otra cosa. No sólo por la publicación de seis poemas junto a esos autores, sino porque en ella se hace referencia a mi próximo libro, que se halla actualmente en prensa y saldrá a principios de septiembre. Más adelante daré más detalles, pero ahora no puedo dejar de compartir con vosotros, los que habéis hecho de este blog algo tan importante para mí, las buenas noticias.

De momento, os espero en Barcelona, a todos los que podáis venir, el próximo día 22 a las ocho de la tarde en La Cigale.

¡Hasta la vuelta!

Olga Bernad

_____________________
Hace un año:
A la noche
Capilla ardiente
Discusiones y encuentros
_____________________

NOTA: Sale hoy el nº 5 de la Revista de Humanidades Kafka. No se la pierdan.

lunes 8 de junio de 2009

King George



No quería decirte cualquier cosa
ni de cualquier manera.
Quería disparar sobre tu frente
para lavar de golpe mi memoria
con un simple y sencillo asesinato.
Ahora muerdo
el polvo de la pólvora quemada
pegado al paladar y a mi saliva.
Yo no te maté apenas, sin embargo
tu frente se ha tragado mis preguntas.
Toda la noche estuve dando vueltas
al rastro de los besos que inventaba
con inquieta nostalgia de novicia
-esa brutal nostalgia de todo lo no sido-
y recuerdo
que al despertar tenía ya en la boca
cobrado mi salario:
el sinsabor exacto de tu nada.

Olga Bernad
_______________________
Hace un año:
Distinto amor
Porque quiero
_______________________

lunes 1 de junio de 2009

Andábata IX: Acelerando



Me ha venido la regla, así que lo de ayer era síndrome premenstrual, lo de hoy es síndrome menstrual y lo de la semana que viene podremos considerarlo síndrome postmenstrual. Y andando. En el probable caso de que el síndrome continúe las dos semanas que me quedan libres, no habrá más remedio que tener una charla con mi querida Marta y que me dé tranquimazines, que para eso es enfermera, no te fastidia, y para eso es amiga mía, no te fastidia. O, si no, la llamo y que me los dé mañana mismo, no te fastidia. Yo realmente no me puedo creer que todo sea cuestión de química, pero sé que las pastillas de colores quitan la tristeza porque lo he visto con mis propios ojos, o más bien lo he sentido con mis propias emociones, en fin, algo así. Y, sin embargo, sigo sin creerlo. No sé. O sin confiar. No sé. No me fío de la química pero mucho menos me fío de mis nervios, y mañana me presento otra vez al dichoso examen de conducir, ay, Dios.

Mañana es mucho decir, más bien me examino dentro de cuatro horas. Son las cinco de la mañana y no me puedo dormir. Me examino por séptima vez, ahí es nada. Es bonito: tal vez el sentido de mi vida radique en batir extraños récords. Lo mismo que la gente salía por la tele para demostrar al mundo que era capaz, por poner un ejemplo, de fumar por las orejas, yo podría ir y contestar a la pregunta: “¿Y usted qué sabe hacer?” con un saleroso: “Suspender quinientas veces el examen de conducir y comerme de una sentada un yogur de fresa a punto de caducar, otro natural ya caducado, tres pepinillos, un filete de jamón de York sospechosamente oscuro, dos cebolletas, unos pocos krispis, medio bote de mermelada casera abierta desde el año que reinó Carolo y un trozo de pan duro”. “¿Y por qué esa curiosa mezcla?”, me preguntará el presentador con cara de lelo. “Pues mire usted”- le diré- “porque me estoy especializando en no comprar comida para no poder atiborrarme a las cinco de la mañana y así luego puedo rebuscar a ver qué encuentro, y siempre descubre una algo que debía haber tirado a la basura y no tiró, y de esta manera se atiborra una igual pero tiene todo ese interés añadido de no saber si acabaré en el hospital con alguna intoxicación o qué”. “Ah”, dirá el presentador, “qué original es nuestra invitada, qué hermoso es el hecho de tener imaginación para poder usarla tanto”.

Aunque este trozo de carne de membrillo cubierto de moho no me lo como, es demasiado asqueroso incluso para mí. Me voy a fumar un cigarrillo y a tomarme ese tranquimazín que tengo por ahí guardado; pero antes tiro esta porquería a la basura, no vaya a ser que mañana esté más desesperada y me dé por recortar el moho y comerme el resto, no sería la primera vez.

Bueno, el presentador es un degenerado y tanta barbaridad le despierta la libido. Me mira a los ojos y me pregunta:

- ¿Estudias o trabajas?
- Trabajo.
- Qué interesante, cuéntame…

Cuéntame. Ojalá Dios exista y me escuche, ojalá tenga tiempo para mí y yo no esté aquí hablando sola, riéndome de mis tonterías para no llorar, para no querer entender que esto no es ninguna sandez, esto se llama ansiedad oral y hace tiempo que no puedo controlarlo. Está bien tener sentido del humor, pero eso no me salvará si no dejo de desperdiciar mi voluntad entregándola sólo en mi trabajo, antes en mis estudios, casi siempre en Álvaro.

Aquí estoy yo, a punto de envejecer, maltratándome. Necesito ayuda.

Pero toda situación es susceptible de empeorar, qué gran verdad; resulta que ahora el público siente pena, sabe que va en serio. Basta, guapa, a la cama de una puta vez. El presentador ya no quiere ligar conmigo pero le encantaría que llorase para ganar audiencia. Lo tienes claro, gilipollas, con los cursis como tú se me va el hambre. Muy bien, niña, así se habla, vamos a la cama, no fumes más.

Álvaro duerme como un bendito y despide un calor que a lo mejor me devuelve la sensatez y el sueño perdido. Me aprieto a él y siento que le quiero todo lo que sé querer, ojalá sea suficiente. Cuéntame…

Vale, pero antes pensamos en cosas agradables: Soy de verdad una niña, mi padre viene hacia mí en un domingo de sol, hay gente y arena y yo miro el mar y juego con un barreñito de plástico lleno de agua y jabón de pompas lujosas que crujen con la brisa y brillan con el sol, formando arcoíris aceitosos sobre sus contornos perfectamente lisos, tan suaves y efímeros, tan delicados. Duérmete ya.

Me monto en un coche y acelero tanto y tanto que súbitamente estoy en un avión, un avión precioso y loco, sin rumbo y sin control. Todos tenemos que saltar, es una orden, y debemos utilizar unos paracaídas azules que son como sombreros o como setas ligeras y venenosas. Me muero de miedo pero salto con todo el mundo y, asombrosamente, la sensación de caer es tan emocionante y divertida, las setas brillan como burbujas húmedas, la gente sonríe… A pesar de que sigo teniendo miedo, la verdad es que según me voy acercando soy consciente de que lo voy a conseguir: voy a sobrevivir a esta caída. Noto cómo entro en el agua de una gran piscina, cómo rompo una corriente helada con mis pies. Ahora tengo miedo a clavarme un cuchillo que llevo en la mano (era indispensable saltar con él), miedo a no controlar toda esa fuerza del choque contra el agua. Pero no me lo clavo, sino que pierdo el puñal al hundirme más y más, se me escapa de la mano o me lo quitan. Buceo hacia arriba para pedir ayuda. La piscina está llena de gente porque es una hermosa mañana de verano. Todo el mundo busca mi cuchillo, yo vuelvo a sumergirme y voy palpando a ciegas el fondo, noto algo suave, abro los ojos y aquí, debajo de la almohada -¡en mi propia cama!- me encuentro un racimo de uva moscatel y un anillo de plata con una piedra transparente engarzada. Una niña ha encontrado mi puñal y me lo entrega. Ya está, por fin voy a comerme tranquilamente mis uvas, pero resulta que no puedo porque descubro que son de cristal. No importa, las miraré durante mucho tiempo, me parecen un regalo del cielo. Siento una paz increíble… Entonces suena una alarma desquiciada que vuelve a traer la prisa y la locura, y sé que tendremos que volver a saltar, y no sé cómo haré para caer nuevamente de pie sin clavarme el cuchillo, y además sin romper el racimo de uva, sin perder el anillo, sin dejar de creer… Estampo el despertador contra la pared como única solución practicable. Qué ganas más tontas de llorar y llorar. Tiempo muerto.

Una hora después me siento en el coche, ajusto los espejos, espero a que el examinador me diga que arranque. Acelero.

Olga Bernad
_____________________________
Hace un año:
Semper Fidelis
El retrato de Lucrecia
______________________

lunes 25 de mayo de 2009

Noche oscura

Ya casi se va mayo y el primer saludo del calor deja de estremecernos, le sentimos ahora en nuestra vida como oímos los pasos de un viejo conocido que vuelve a visitarnos tras un viaje. El verde de los trigos querrá amarillear dentro de poco y las espigas estiran (tan vivas, tan audaces) su cuello al son del tiempo y bambolean coronas doradas e inconscientes, sementeras que pronto pesarán demasiado.

Si mayo era el cortejo, junio será la boda y lo llenará todo de cerezas oscuras; boda de sangre roja, confusa ceremonia de la vida, pues la puesta en escena de cualquier primavera tiene como final la indiferente decapitación de todas las espigas, la recolección de esas cerezas, el mordisco sobre el fruto que apenas hace semanas nos sorprendió con una débil flor que venía del frío. Y nosotros quisimos leer en ella el despertar de un rumor que durmió todo el invierno. Pero junio es el sexo puro y duro tras el poético pálpito del corazón y el vientre.

No tengo nada en contra de la vida y sus costumbres; sin embargo, la vida sigue un orden brutal: nos envuelve en hambre, nos llena de deseo y con esa cadena nos amarra, nos marca a fuego y nos hace esclavos. El placer y el verano se convierten en una desesperada semilla que anticipa la muerte en lo más profundo de su orgasmo terrestre.

Junio es una hermosa, terrible, larga y oscura noche de San Juan.

Olga Bernad
_____________________________
Hace un año:

Cuando llegue
Visita a la ciudad fantasma
Secretos provisionales
_____________________________

martes 19 de mayo de 2009

Los ojos de los muertos

Esos ojos abiertos de los muertos
cuando nadie ha mirado su desvelo
ni su ausencia del sueño de los vivos;
cuando nadie ha hecho el gesto de entenderlos
cerrando sus inútiles ventanas
hacia un mundo perdido para siempre.

Aún atados por la fiel costumbre
a la manía de mirar las cosas,
qué verdad suspendida de sus párpados,
qué terrible pureza ensimismada,
definitivo asombro de los ojos
inmóviles y ciertos de los muertos.

Y la vacía voz de su mirada
y la imposible luz que acaso intuyen
los nuevos ojos ciegos de los muertos.

Olga Bernad
___________________________
Hace un año:
Deudas
Palabras elegidas
Todo

___________________________

lunes 18 de mayo de 2009

Un año de blog

Hoy hace un año que comencé el blog. Recuerdo que apenas había visitado tres o cuatro bitácoras y no sabía prácticamente nada del asunto: ni poner enlaces, ni colgar fotos ni vídeos, ni comprendía muy bien la mitad de las opciones de la página principal. Nada de eso me importaba demasiado. Empezó siendo una emocionante manera de compartir prosas y versos, tal vez de preguntar, porque en mi entorno no hay ningún interés hacia la literatura. Han pasado 365 días, 74 entradas y más de cien comentaristas distintos. Ignoro el número total de las visitas, puesto que tampoco sabía incorporar un contador. Sé que desde el 28 de julio han sido unas 15.300 y que en los últimos meses están pasando las dos mil por mes. Es mucho más de lo que esperaba aquella tarde.

Antonio Azuaga me animó a empezar (no es que quiera echarle la culpa;-) Sólo se lo dije a mi hermana y a un par de amigos; vinieron pronto ellos: Juan Manuel Macías, Antonio Serrano, Samsa, Fa Mayor. Todos se hicieron habituales -para mi sorpresa- y algunos se han convertido en amigos insustituibles y compañeros de pupitre. Luego fueron llegando muchos más y yo fui aprendiendo y conociendo otras bitácoras. Todavía me tiembla el dedo para darle a la tecla de publicar; a mí esto me importa, me importa cada entrada y cada conversación. No sé si alguna vez habré decepcionado u ofendido a alguien, pero la preocupación de cada entrada fue dejar algo que mereciese la pena y hablar un rato con esas otras personas que estaban por ahí buscando lo mismo.

Simplemente quiero dar las gracias por la atención que me habéis prestado y por el cuidado con el que habéis participado. Creo sinceramente que algunos comentarios podían haber sido entradas perfectas para bitácoras mucho mejores que ésta, y es un lujo guardarlos.

La apuesta sigue ahí, sin más reglas que las que el sentido común dicta cuando llamas voluntariamente en una casa que va a abrirte la puerta, si lo que quieres es pasar a charlar.

Muchísimas gracias a todos.

Olga Bernad
_______________________
Hace un año: Ella y yo
_______________________

martes 12 de mayo de 2009

Seis leones hambrientos ocultos en el bosque

Me he dado cuenta de que voy a cumplir un año de blog y he publicado treinta poemas, muchas prosas, cinco capítulos de una desordenada novelita llamada Andábata y, sin embargo, ningún relato. Es precisamente lo único que he escrito durante toda mi vida con una cierta constancia, lo que ha quedado olvidado aquí. Tal vez dos folios sean una extensión excesiva para este formato que se quiere ágil, pero como –afortunadamente no hay más reglas que las que nosotros vayamos inventando, me he decidido a soltar aquí estos leones, fruto de un sueño que tuve cuando acababa el invierno del año pasado.

Debería dejarlos morir. No tengo por qué aceptar esta pesada carga. Hoy apenas imaginaba de dónde sacar comida y sólo Dios sabe lo que me cuesta disimular. Una funcionaria hurgando en la basura, merodeando por los restaurantes, deseando que lleguen las fechas de comunión. Ahora mismo tropezando por estos andurriales, estos bosques que desconozco, sufriendo por si alguien los ha encontrado mientras yo dormía, mientras estaba trabajando, mientras no podía venir. Imagínate que los han matado o que han llamado a la Guardia Civil y ahora están presos sin remedio en alguna institución para animales, rodeados de veterinarios, saliendo en la parte final de las noticias, con sus marcas de grilletes, con sus ganas de zamparse a un notario, con su mirada atroz, con su humillada manera de demostrar la furia.

Ayer fue casi imposible, tras salir de trabajar, después de ir a buscar a los críos al colegio, sólo pude colocar a Víctor y tuve que llevarme a Adrián conmigo. Es muy pequeño y no entiende pero no quiero que los vea, no quiero que los huela, incluso a mí podrían hacerme daño aunque es verdad que yo sé que les tengo extrañamente domesticados, que soy su dueña de una manera ilógica y segura, sin embargo temo por Adrián cuando me acompaña. Mis hijos son mi vida pero yo no puedo abandonar a los leones y dejarlos morir. Siento su hambre y su corazón latiendo y tengo que ir, no queda más remedio. Si tocan a Adrián los mataré, lo saben (lo creo) pero que me sienta capaz de defenderlo no me evita el sufrimiento de pensar en ello.

No es sólo la comida o el temor, es sobre todo el tiempo. Una vez cada día, una vez cada noche, venir hasta aquí, generalmente sola (peor si acompañada) resolviendo por pocas horas este absurdo y salvaje asunto mío.

Al principio eran menos y simplemente no quise abandonarlos, pensé que encontraría un final concertado, que envejecerían pronto, que tal vez otros pudieran ocuparse, que no sabrían vivir atados y morirían de muerte natural. Qué sé yo lo que pensé. Pero son resistentes, agradecidos y fértiles, me llenan de cansancio y de una insólita clase de amor, tan nueva y desconocida, tan lentamente. Los reconozco míos. Quién va a comprender esto, quién va a ocuparse de ellos, quién más va a mantenerlos vivos si incluso yo (que creo entenderlos) sueño con que no están y siento una especie de descanso. Pero tan triste.

Seis leones hambrientos ocultos en el bosque, disparándome con su mirada famélica cuando los recuerdo, presentes tantas veces en mi vida cotidiana, extraviada su rabia de lobo en libertad ladrándole a la luna, de águila cazando, de león dominando, claro, de león.

A las dos semanas pensé seriamente en soltarlos. Que se coman a quien quieran, que utilicen su dignidad aunque luego los acaben, que los entierren hondo, que los conviertan en pienso para ovejas (¡madre de Dios!), que hagan lo que sepan con ellos. Yo no podía más. Ahora tampoco puedo más pero me voy como acostumbrando a esta desgracia, a cargar con mi cruz, a hacer los deberes.

Todo se vuelve confusamente habitual desde que empieza el día: suena el despertador, levántate, arréglate, viste a los niños, quiérelos, llévalos colegio, ve a trabajar, busca comida (mi mochila ya llama la atención, lo sé, el verano pasado fue terrible porque el olor es otra cosa que hay que esconder y así hasta infinitas complicaciones que no pienso exponer) busca tiempo e ingenio para excusas, vete al bosque en algún momento de ese día febril, vuelve al colegio, haz la compra, la casa, explica matemáticas, piensa en la ropa del día siguiente, prepara algo de cena, espera a tu marido, cena con él, cuéntale que estás triste, que no se lo merece, que le quieres pero te vas, aprovechando que los niños se han dormido, porque los leones están cada día más delgados y hambrientos, no encuentras suficiente alimento para ellos, ya no sabes a dónde vas a ir a buscar... No te puede entender. Te dice que les dejes morir y es ya imposible. Calcula otra vez los caminos en la oscuridad, discurre nuevos escondrijos que pronto te parecerán inseguros (¿será este bosque suficientemente espeso para nosotros?, ¿por cuánto tiempo?), tropieza con las piedras, óyeles respirar, siente cómo te reconocen, imagina la sangre acelerada en sus venas, mira cómo te observan acercarte, cómo devoran todo en un momento, con qué sincera bestialidad comen lo que les das y siempre, siempre, esa mirada de hambre, esos grilletes haciéndoles daño, esas ganas de pedirles perdón.

Y por debajo de la tristeza y las preguntas, por encima de la degradación, mucho más allá de las heridas de los cepos y del ruido roñoso de las cadenas, nada hay tan auténtico y hermoso como su mirada viva, donde admiro un orgullo que nada ha destruido, una chispa de pura luz sin esperanza, un poco de agua fresca saliendo de un pozo oscuro, una fuerza tan huérfana y tan cierta, una inmensa aceptación de la soledad y las cosas, un inquietante pedazo de verdad y de misterio, un no te descuides conmigo, un soplo de obstinada libertad de ser lo que se es que puede con todo, que sobrevive como hacen esos hierbajos cuando rompen el cemento brutal y el mármol pretencioso. No sé cómo, pero ahí está, la vida dando por el culo y riéndose de todos nosotros, zombis medio asfixiados en una comodidad tóxica más mortal que sus mordiscos, pelagatos organizadores de horarios, delimitadores de espacios, soñadores de seguridades mucho más imposibles que el hecho de que existan leones en el bosque, contadores de monedas, pagadores de nichos por si nos morimos, previsores de todo, perdedores de tiempo sin causas gloriosas, inventadores de pactos con un diablo al que ya no nos queda pureza que venderle, seres, en fin, más subyugados que ellos y completamente dejados de la mano de Dios.

Yo también me alimento de su vida, aunque complique la mía, ensancho mis pulmones al verlos, aprendo de su paciencia exigente, bebo de su brutal dignidad cuando pienso en ellos. Si les abandono se secará esa fuente, se acabará nuestro pequeño mundo; si puedo olvidarles, gusanos asquerosos se cebarán en sus músculos vencidos. Será como si nunca hubieran sido ciertos. Nadie recordará los escondites, las prisas, las miradas, ni podrá imaginarlos perplejos ante el hambre cuando tardo en llegar. Nadie comprenderá qué es lo que añoro. La única verdad que quedará de ellos será mi íntima traición a su existencia, una culpa (por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa) no por secreta y disimulable menos definitiva. La parte más valiente y generosa de mi alma se morirá juiciosamente de pena y todo, todo seguirá igual. Tranquilo y cómodo, de muchas maneras falso (ni siquiera inventado), rutinario hasta llegar a ser pecado. Y mezquino, estrecho, cicatero, cobarde, flotando para siempre en una suerte de elegida promiscuidad con lo imperfecto. Yo sé que si me rindo estaré perdida. Lo que me angustia es no saber hasta cuándo, lo que me apena es no poder ser más que su entristecida carcelera, lo que no permitiré es que se me escapen.

Ya está, ya está por hoy. Volveré a casa limpia de restos de comida, libre por un tiempo (pero pobres, no han quedado satisfechos), tranquila por el deber cumplido (pero mañana les llevaré más cosas), absolutamente dispuesta a descansar (¿pero estarán ahí cuando regrese?).

Seis horas preocupantes como seis leones desatados y empezaré de nuevo. Dios mío, Dios mío, toda una vida de sensatez para esto. Al final qué tengo: siete leones hambrientos en mi corazón.

Olga Bernad

Nota: Marta M. López ha colgado el relato en el desván de los libros. Yo se lo agradezco infinitamente, pero ustedes aprovechen para curiosear por allí: merece la pena.

Actualización del 15 de mayo: este sueño, uno más en la memoria de Gemma Pellicer. Danke schön.


martes 5 de mayo de 2009

Dos poemas en La nave de los locos


Hoy me dan la entrada hecha: no podía dejar de enlazar La nave de los locos de Fernando Valls, donde -bajo la etiqueta “poesía española actual”- aparecen dos de mis poemas, que espero les gusten. Fue un honor y una alegría que se interesase por mí, igual que lo es navegar en esa nave. Muchísimas gracias.

Otra alegría es formar parte, desde ayer, de la programación de mayo y junio de Els dilluns de la Cigale, junto a autores de la talla de Efi Cubero, Arturo Bolaños y Eduardo Moga. Gracias a Álex Chico y Juan S.-Vico, los organizadores y responsables, por su interés y su paciencia con mis problemas de calendario.

Olga Bernad

Nota: Quiero dedicarle esta entrada y estos poemas a mi hijo Víctor, de 10 años, ya que tenía una “deuda” con él desde que publiqué los Secretos provisionales para su hermano Adrián.
Ayer recibimos, a través del colegio, una carta del Gobierno de Aragón y del Consejo de Redacción de la Revista ÁGORA, informándole de que había sido premiado en un concurso de poesía realizado en nuestra Comunidad Autónoma. Su trabajo ha sido publicado en la citada revista y mañana serán entregados los premios por el escritor Manuel Vilas en el Centro Cívico de Ejea de los Caballeros.
Muchas felicidades, Víctor.

Actualización del 07/05/2009: Ayer me encontré en los Silenos un poema con dedicatoria. Mil gracias, Antonio Serrano. Sin palabras.

jueves 30 de abril de 2009

Terco mayo

Terco mayo de soles repetidos,
olvidaré el invierno entre tus brazos.
Porque vuelves, y no para salvarme:
vuelves para robarme el pulso oscuro
que ha sabido dormir entre mis venas.
El saludo de mayo es la intemperie,
el corazón temblando en la explanada,
desnudo y expectante. Será hermoso
encontrarte en el llano mientras siento
un río antiguo y un temblor de tierra
en el circuito ciego de la sangre.

Olga Bernad


Actualización del 12 de mayo de 2009: Este mayo a la intemperie nos lleva a otro de la mano de Alfaraz, en una preciosa entrada. Gracias.

viernes 24 de abril de 2009

Primera lectura de poemas

Un hombre elige palabras para otros y las dice en voz alta. Elige con cuidado porque siente que no le sirve cualquiera ni de cualquier forma; elige entre miles de palabras y vuelca esa elección sobre el tablero de ajedrez de la sintaxis.

Mucho antes de los libros, los poetas decían a los demás sus versos. Sólo con su voz, la inteligente vibración del aire, debían hacer llegar esa caravana lenta a un corazón ajeno, tal vez también a su entendimiento, y dejar un rastro un poco inexplicable en su memoria.

Yo nunca había dicho mis versos en público. Esa especie de unión inexacta y libre con un lector difuso, lejano a mí y sin rostro, me asusta menos.

Aprendí mucho en la noche blanca de la poesía, el jueves por la noche en La campana de los perdidos; aprendí sobre la propia voz y la de otros intentando ajustar el sonido interior (perfecto y esperándonos) a la verdad de la dicción entre gente que respira y escucha.

Olga Bernad


video

Nota: el próximo sábado 25 de abril leen Eva Vaz y José Luis Piquero
-La Campana de los perdidos- 22 h. C/ Prudencio, 7 (Zaragoza)
Organiza: Asociación Aragonesa de escritores

domingo 19 de abril de 2009

En el último mayo en que fui cierta

Las más hermosas juegan,
enredan en los dedos sus cabellos
y yo aprendo a fingir
que me aburro en la clase y que me esperan
mil tiendas, novios, libros,
roperos, minifaldas y una dieta
que subrayó mis ojos de morado
y mató de hambre y celos
al valiente soldado de mi infancia.
(Lo enterré sin más duelos
pues su recuerdo aún estaba cerca).
Perdiendo la inocencia, rizaba mis pestañas.
Dándole cuerda innoble
al reloj que avanzaba contra ellas
y al deseo vulgar de ser queridas,
mis amigas suspiran
y quieren que la clase se termine.
Solamente yo quiero que dure para siempre.
La voz del profesor y su dulzura
me hacen sentir tan sola y tan distante:
“El mar, la mar, como un himen inmenso…”
Recita y mira mis solemnidades
-mucho más inocentes que su orgullo-
y su voz saca brillo al calor ciego
que ya he visto en el centro de mi ombligo.
Pero se ha confundido.
No entiende que él no importa,
no importa el mar, el mundo
como un himen inmenso no me importa.
No sé qué me importaba pero quise
que aquella hora durase para siempre.
Ni el recuerdo la salva, ni el poema:
estar allí de nuevo y todavía,
saber que esos momentos son mi patria,
mi desolada patria estremecida
sin mar y sin nostalgia en la que hundirse;
su ley, su soledad y su costumbre,
mi condena al misterio de las cosas,
mi alma acariciada
por un ángel sin miedo, sin promesas,
sin compasión de mí, sin preguntarme.
Y luego las tareas cotidianas,
(sin su rumor de alas, sin su beso)
ya fueron un exilio permanente,
el triste, el invisible
incluso por los ojos que me miran.
Y yo un torpe naufragio de perplejas
caracolas que invaden las orillas,
un incendio en el pecho y un enjambre
de mares inventados y desiertos
y de estrellas pendientes de las olas
al acecho de luces de palabras;
una princesa inútil, una niña
consciente de sí misma, el monstruo dulce
al que nadie amará si tú no vienes.

Un soldado más vil que el enterrado
en el último mayo en que fui cierta.

Olga Bernad

Nota:

El pasado día 14 decidí cerrar el blog debido a un anónimo. Me desanimó de verdad. Ni siquiera quise decir que estaba recibiendo anónimos, como si yo tuviese la culpa de algo. Sus críticas no eran literarias sino absurdamente personales (y reiteradas).

Ayer por la noche asistí a la lectura de poemas que Miguel Ángel Yusta y Joaquín Sánchez Vallés hicieron en La campana de los perdidos. Hablar con Fernando Sarría, con Marta Navarro, con Luisa Miñana, con otros amigos, pasar una velada agradable alrededor de la poesía, me hizo darme cuenta de las pocas ganas que tengo de dejarlo. Y, como dijo no sé quién, la gana es sagrada.

Contar esta semana con el interés de Javier, Juan Antonio, José Miguel, Fernando, Ángeles, Manuel, Aurora, Sergio, María Luisa, Manoli, mis varios Antonios, Juan Manuel y tantos amigos que me han preguntado por qué paraba, e incluso de desconocidos que no sabía que me leían, me ha hecho ver muy claras tres cosas: me gusta escribir, hay gente a la que le gusta lo que escribo y no voy a pedir perdón por eso.

Y si a alguien le fastidia, que siga chupando su limón amargo.

Siempre he sentido una especie de vergüenza a la hora de dedicar textos, cuando la verdad es que muchas veces he pensado en personas concretas al escribirlos, pero voy a comenzar a hacer excepciones con mi pudorosa contención: le dedico esta entrada y todas las que vengan a ese anónimo o anónima de Madrid que tanta atención me presta y que ha acabado por hacerme ver las cosas tan claras.


Miguel Ángel Yusta en La campana de los perdidos.
Sábado, 18 de abril de 2009



lunes 13 de abril de 2009

La pesadora de perlas


Alguno de ustedes recordará a Lucrecia Panciatichi, helada dentro de su ardiente vestido rojo, con esa rara calidez distante, atrapada en su cuadro, llevando con dignidad su condena y su reino. La sucia piel de la maldad y su variante sosa, el sentimentalismo, no rozan nunca esa mirada consciente, aunque pueden estropearla buscándole adjetivos. Pero ella no está sola. Bronzino murió hace tiempo y ahora sus ojos ya no sienten la imagen del pintor que la adoraba; sin embargo, ayer volví a buscar en el centro de esas pupilas y en ellas se asomaba el cuadro de la pared de enfrente. Mi habitación destartalada acoge, como la memoria, cuadros que se dibujan con exactitud y más tarde se velan, y un día vuelven a su sitio para quedarse.

Ella, la otra, había vuelto después de muchos años a pesar perlas blancas, tan concentrada y triste, igual que una virgen dócil y precisa pesaría nuestras almas: delicadeza y paz, justicia inamovible en la balanza que pende de sus dedos, la luz casi divina que prefiere su rostro concentrado y deja al fondo el Juicio Universal, el oscuro tapiz que enmarca su carita inmaculada.

Esa dulzura está llena de poder e inteligencia, ella está ensimismada pero ausente, lejos de sí misma y de las cosas. No juega con las perlas. Con la vida en su vientre, la balanza en su mano, la lucidez se entrega a su misterio. Y Lucrecia comprende. Lucrecia nunca teme, es joven para siempre y el miedo es imposible durante tanto tiempo. También yo entiendo que el juicio final tal vez sea dulce, pero será preciso, justo y necesario. Y será inevitable.

Todo es exacto. Vermeer no retocaba. Solidez inamovible, algo tan contundente y tan lleno de razones y, al mismo tiempo, la delicada luz y el frágil equilibrio, el peso de cada pequeña perla iridiscente, estremece el momento que ha parado como quien entrega una verdad y conmueve, fijando para siempre un instante privilegiado que ya no volverá.

Las tengo frente a frente en mi memoria, la habitación imposible donde aún elijo los motivos de mi complacencia. Las acuno con versos de mi gusto y acaso ellas vigilan mientras duermo. Me dejan muy adentro el recuerdo o el eco de lo lejano o alto, tres segundos de gracia en mis pulmones.

Y luego el mundo, que es mi territorio. Expulso el humo, apago el cigarrillo, cierro la puerta y cumplo la jornada.

Olga Bernad

lunes 6 de abril de 2009

Andábata XXIII: La luz y yo.



Siempre estaba sentado en la mesa de al lado. Yo elegía la más apartada y solitaria porque la mesa de un bar sólo es mi territorio perfecto si me separa del mundo con esas normas no escritas que tienen los lugares públicos. Bares llenos de gente, vida alrededor, pero nadie que se crea con derecho a molestarme. Yo me atrinchero en mis pensamientos y en el papel. Escribo mejor que en casa. Recuerdo a mi hermana, diciéndome con un cierto rencor: “Quieres que estemos, pero en otra habitación”. Es cierto.

Él me miraba con atención y sin descaro. Yo podía ignorarle. Pero un día cometí el error de sostener esa mirada un segundo de más, y ya está, sonrisa inmaculada. Entonces me dijo cosas en un español medio inventado, me dijo: “Tú escribes mucho, tú fumas mucho”. “Sí”, intenté cortar; pero ya no era posible. “Yo te veo días y días”. (Lo sé). “Tú no enfades, tú ojos de mi hermana”. (Ay). “Oh”. “Muy bonitos”. (Ayayay). “Sí, bonitos”. “Pues no sé”. Y una larga parrafada en árabe con una mirada soñadora y algo como miedo y sabiduría. “¿Tú tienes marido? (Por Dios). “Sí”. “Yo, dos mujeres y cinco niños” (Anda). “¿Tú tienes niños”. “Sí”. “Perdona, hace frío en este país”. No puedo, no puedo con la tristeza de los demás. Mis monosílabos le habían humillado y a mí no me gusta humillar cuando no quiero hacerlo, así que sonreí: “Aquí no se tiene más que una mujer o un marido”. “Es poco”, me dijo muy serio.

Bajé la vista y seguí a mis cosas para no dar más oportunidades a sus preguntas, comencé a decirle por escrito lo que jamás le diría en la vida real. Ay, Alí, si yo fuese otro emigrante, un hombre negro de sonrisa blanquísima y mirada líquida, te contaría mi vida esta mañana, mi vida y algún milagro, te acompañaría en este día helado de mitad de invierno, te haría reír. Te explicaría quién soy yo.

¿Quién soy yo, Alí? ¿Tú lo sabes? Soy la reina de las cicatrices. Un dolor en el costado para siempre, siempre, siempre. Si hubiese muerto, no me dolería. Le pregunté al cirujano, justo antes de dormirme: “Pero si veo la luz, ¿la sigo o no la sigo?” Me di cuenta de que no lo tenía claro, me asaltó aquella duda terrible de repente (y era vital para mi supervivencia); me arrepentí de no haber escuchado a todos los que contaban por la tele sus testimonios al borde de la muerte. Ahora no sabía qué hacer ni hacia dónde iba. Yo estaba rota en manos de otros y eso era nuevo y difícil. No vi la luz, o ya no lo recuerdo. Soñaba al salir del quirófano con sonrisas blanquísimas y campanas muy alegres. Una bandada de palomas asustadas levantó el vuelo delante de mis ojos, una lluvia pacífica me despertó. Creí que viviría de verdad y no he sabido. Vivo igual que antes.

Es porque ya no soy una superviviente sino una loca normal, con mi carpeta, con mis papeles, con mi indiferencia. Disimulando mi locura con todos los detalles de la normalidad. Todos los detalles absolutamente probables con los que se construyen los embustes. Años atrincherada, Alí, tengo que coger del cuello a mi pobre corazón cincuenta veces al día, lo tengo en un puño para que no se me desmande y arrastre con él este orden que ves. Soy la joven funcionaria que sonríe y nada más. Un día el corazón se me asfixiará en la mano y ya verás, aparecerá esa luz y seguiré sin saber si hay que ir tras ella. Entornaré mis párpados árabes para siempre jamás. Te contaré estas cosas. “Tú, ojos de mi hermana”. Sister, sister. Hubieras sonreído a mi dudosa luz.

Ahora no puedo. Tú mismo no entenderías mi cordialidad ni mis cálidas ganas de decirte que estoy triste y qué es lo que me pasa. No creas que lo sé, aunque quisiera sorprender a tus preguntas con un montón de frases perfectamente estructuradas, con todos los sintagmas cordiales de mi lengua. Pero eso no se hace, Alí, no puedo. Tengo que protegerme incluso de mis buenas intenciones. Tú no sabes lo complicado que es ser mujer.

Me instalo en mi correcta soledad. Lo convencional, lleno de conciencia y de desierto. Dignidad. Rodillas juntas. Mi manera de elegir es sincera y, sin embargo, miro atrás cuando parto y mi estatua de sal se queda a escribir otro capítulo de la nostalgia que ahogaré en palabras inventadas.

Hace semanas que no viene a la cafetería, seguramente no volveré a verle nunca más.

Olga Bernad

martes 31 de marzo de 2009

El fuego que nos mira

Cansada estoy de danzas junto al fuego.
Guardé todo el invierno las llamas insaciables,
las rojas y voraces, y no supe
volverlas luces blancas para el alma.
Me asusta su incansable rezo sordo,
su arrebato de luz que nunca es mía.
Alimenté las lenguas del incendio
por si llegabas antes de que marzo
volviera inútil mi dolor de lumbre.
El invierno se ha ido y tú no vienes.
Quemé el bosque y la casa; suena el río
y el viento contra el fuego de mi hoguera
(todo el maldito invierno junto al fuego).
Los restos de mi cama para el fuego
y las sábanas blancas son del fuego,
en mis ropas prendidas mira el fuego
lo único que queda en torno al fuego:
mi cuerpo ensimismado frente al fuego.

Olga Bernad

lunes 23 de marzo de 2009

Sedeisken

Honrar a los que murieron
tal vez porque nunca me podrán
juzgar por el hambre que siento ahora.

Agustín Calvo Galán, Magisterio (Poemas en el entreacto)



Hoy he estado en Azaila. Sentada sobre una piedra del yacimiento íbero, desde la elevación que te permite, como si fueses un soldado vigilante aburrido por la ausencia de enemigos, vislumbrar treinta kilómetros de llano imperturbable, he pensado esta entrada. Tantas cosas pensaba que no sé cómo empezar a contárselas.

Tal vez por el principio: lo que roza la mano que luego excavará, porque excavar es preguntarse y encontrar lo que fuimos mirando hacia nosotros, dar permiso a lo escondido para que aparezca, ponerlo delante de nuestros ojos y dejar que nos los abra. Mis dedos tocan la muesca en la piedra dura. Una inscripción de la guerra. 1937. “Viva la C.N.T.” Veo tropas republicanas oteando la misma tierra que tengo junto a mí. El frente del Ebro y su carga de angustia. Nunca he podido pensar en Belchite con tranquilidad. Esa manera de pelear las guerras, que siempre son derrotas, casa por casa, habitación por habitación, vida por vida, donde se mezclan en un caldo oscuro el heroísmo y la crueldad hasta límites insospechados. Me asusta llevarlo dentro, es el fundido en negro que a veces intuyo en mi propio corazón, contra el que muchas veces vivo. Esa imaginaria de mi propia oscuridad me lleva hacia la otra ciudad, la destruida por segunda vez y para siempre sobre el año 75 antes de Cristo, porque la tropa que labró esa piedra estaba ya instalada sobre ruinas que dominaban un paisaje y sólo repetían la historia sin cesar.

La Hispania Citerior fue testigo en aquel tiempo de las guerras civiles romanas. Sertorio fue nombrado gobernador por el senado de Roma, pero se rebeló contra ella. Casi todo el Valle del Ebro tomó partido por Sertorio, y la ira terrible de la madre romana cayó sobre sus pueblos. Esta ciudad no pensaba rendirse. Fortificada alrededor de su muro y su foso, alta como una torre sobre el llano, resistió un primer asalto. Pero a los que resisten no sólo se les vence, se les destruye por completo. Y Roma trajo toda su tormenta, la palabra que designa -tan poéticamente- la maquinaria romana de guerra usada en los asedios: las catapultas inventadas por los cartagineses y perfeccionadas por los macedonios; y también ballistas, scorpios, onagros, arietes, torres de asalto.

El foso y la muralla eran seguros; la fuerza romana, sin embargo, no sólo residía en sus armas. Numerosos soldados levantaron una lengua de tierra, la arquitectura de la rampa de asalto que después fue encontrada por las excavaciones. Muy cerca, se halló también el hueco en la muralla derrumbada, el resquicio por el que entraría la segura derrota.

Pero los tercos habitantes de esta tierra no se preparaban para rendirse: se dispusieron a la lucha sin cuartel. Levantaron las piedras de su propia calzada, eso explica los campos de lajas hincadas bajo esa rampa de asalto, en un intento por entorpecer las maniobras del enemigo; eso explica la catapulta de torsión en el interior del templo, ya no enfocando el llano, sino la puerta de su propia ciudad; explica los restos de barricadas en sus calles, cada vez más interiores y más desesperadas, explica por qué fueron salvajemente aniquilados, tanto, que una ciudad que había tenido vida casi ininterrumpida durante más de mil años no volvió a habitarse nunca más, a pesar de su perfecto emplazamiento.

Inútiles para siempre se volvieron su dos torres cuadradas, el molino, el templo in antis de cuyas figuras principales sólo los pies quedaron anclados al suelo, los pies del hombre y los cascos del caballo. La hermosa victoria que lo coronaba voló en mil pedazos, su orgullosa cabeza apareció entre los restos del naufragio, destronada por la historia y envilecida por la caliza del beso largo y lento del suelo y la derrota. Inútil el foro y el único túmulo que llegó hasta nosotros; inútil el arrabal, las termas más antiguas de la península y el gran aljibe; inútiles las perfectas calles empedradas donde aún pueden notarse las obstinadas entallas de las rodadas de sus carros.

Dos mil años después la ciudad fue rescatada por la arqueología, y desde ella avistaron este paisaje los republicanos que labraron sobre la piedra del templo la inscripción a la que me refería al principio. Todo eso explica también mi escalofrío, explica las palabras de Pompeyo al senado de Roma en el año 74 antes de Cristo: “La Hispania Citerior que no está en poder del enemigo, o nosotros o Sertorio la hemos devastado hasta el exterminio”.

Pero tenemos que excavar un poco más, ésta no es toda la historia. Aquella ciudad romana y rebelde ya se había asentado sobre otra destrucción de la que casi nada queda. El poblado tuvo su origen en el siglo IX antes de Cristo, en la Edad del Bronce final, y no parece caber duda de que fueron íberos, con su misterio lingüístico y tenaz que pervive en alguna parte de nosotros mezclado con una amable música celta y otras muchas aportaciones de la aventura del devenir. Posiblemente se llamó Sedeisken y estuvo habitada por sedetanos, pueblo ibérico también presente en otras localidades del Valle Medio del Ebro: Damaniu, Lakine o ese Alaun ahora convertido en nuestro Alagón cercano.

Lo íbero mantiene su secreto, cerrado y contundente, pero de sus usos y costumbres sociales nos ha llegado lo que se llama el culto al jefe, una manera de ser que cartagineses y romanos aprovecharon en su beneficio. Los romanos lo nombraron con el término devotio, y con ello intentaban atrapar en una palabra la fidelidad de vida y muerte al líder. Sus hombres vivían por él y morían por él y con él. Si llegaba el caso, se inmolaban. Es una constancia en la lealtad que roza la demencia. Y tal vez una decisión tomada por su sangre: la de no querer contemplar nunca la derrota desde el lugar del esclavo.

La bella, tosca y antigua Sedeisken acabó quedando en zona cartaginesa, cuando Cartago y Roma usaron el Ebro como frontera para intentar repartirse una paz que jamás pensó ser cierta. La margen izquierda, influencia romana; la derecha, para Cartago. Ese tratado se firmó en el 226 antes de Cristo y nació muerto. Durante la segunda guerra púnica, Roma se apropió de la ciudad, pero para eso tuvo que devastar aquel primer pueblo misterioso que estaba en ese momento bajo influencia cartaginesa y del que apenas quedan restos que nos sirvan de testigos. Tan sólo una necrópolis cercana, situada a favor del viento dominante, ese Cierzo que se empeña en llevarse lejos hasta el olor a muerte; un cementerio que el tiempo humilló partiéndolo por la mitad con una carretera. Quedan noventa y un túmulos, un campo de urnas que la cultura hallstática sembró de ceniza y huesos y ajuares funerarios.

Hoy, con la calma de un sol tibio sobre la frente y las risas y las quejas de mis hijos, tan sinceramente dispuestos a aburrirse pronto de piedras y pensamientos, he sentido que el sumario de la historia suele ser simple y cíclico igual que mi tristeza. No me he hecho preguntas que ya están contestadas: “Aquí pasó lo de siempre. Han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses”. Pero, a pesar de todo, el sentimiento que he encontrado al final de mi conciencia, de pie sobre esta tierra, se parecía al amor.

No quiero excavar más.


Zaragoza, 21 de marzo de 2009.

Olga Bernad

Nota:
La Villa de Azaila se encuentra a unos cincuenta kilómetros de Zaragoza, en la margen derecha del río Aguasvivas y dentro de la Comarca del Bajo Martín. Pertenece a la provincia de Teruel. Los primeros asentamientos se localizan en el Cabezo de Alcalá, junto al río Aguasvivas y en dirección a Vinaceite.

martes 17 de marzo de 2009

Las afinidades electivas




En noviembre del año pasado, con motivo de su participación en Las afinidades electivas, Juan Manuel Macías tuvo a bien mencionarme en su lista de poetas. Para diciembre me animé a preparar algo, pero no me decidía a enviarlo. Me impresionaban un poco algunos de los nombres que por allí podían leerse y no estaba segura de lo que pintaba yo entre ellos.

Como siempre, creo que al final lo mejor es hacer caso a la simple verdad que piensas y sientes, y la verdad es que me hace ilusión por doble motivo: por mostrar un poco de mi poesía, como he hecho aquí en el blog; y porque esa mención ha venido de una persona a la que yo ni siquiera conocía, salvo por el acercamiento mutuo que supuso ir leyendo cada texto de cada entrada, una tras otra, y nada más. Y nada menos.

Agustín Calvo Galán, artífice de ese edificio en permanente construcción, tuvo para conmigo la mayor de las amabilidades en todo momento.

Me decidí por dos poemas ya publicados aquí en mayo y junio, y que tal vez recordarán los lectores más veteranos de esta bitácora; luego añadí otros dos de ésos que posiblemente iban a quedarse para siempre en los inquietantes ataúdes sin cruces en que suelen convertirse nuestros armarios particulares para algunos de los que tenemos esta manía de escribir.

Aquí están. Espero que les gusten.

Olga Bernad

Actualización del 18/03/09:
Las Diosas se hicieron eco. Gracias al simpar administrador de sus designios y a todos los que allí habéis participado.

Actualización del 19/03/09:
Gracias también a Álex Chico por la amable referencia en su Isla de Elca.


lunes 9 de marzo de 2009

El mal amor

Lo peor del mal amor es que está condenado a la mentira. Se miente a sí mismo cuando interpreta y sigue mintiendo cuando habla. Con motivos o incluso sin ellos, tenemos derecho a decir no, y deberíamos poder soportar que nos lo dijesen.

Las personas normales se entristecen, los apasionados sufren e investigan los límites de su dolor, aprenden; los mejores escriben poemas. Pero el acosador, por encima de todo eso, no acepta al otro, ese otro desligado de sí mismo y su vanidad; busca mil explicaciones, se crece de una manera equivocada, refuerza sus actitudes hasta hacerse minuciosamente odioso a los ojos de quien quiere poseer.

Toma café en tu bar, pasea por tu calle, va a los mismos cines que tú, propicia mil coincidencias cotidianas e interpreta las del otro como mensajes en la misma lengua. Te espía, te importuna, y tú te vuelves sensible al mínimo roce de su mirada. Enseña su dolor constantemente, su dolor de monarca indignado, de mentirosa víctima, de serpiente que sabe arrastrarse y quiere hipnotizar. El acosado llega a preguntarse si tiene derecho a marcar su territorio, si eso será amor, si debe decir no tan claramente, si esa honestidad no forma parte de cuantas margaritas echamos a los cerdos. Si tendrá razón o se estará volviendo loco. Pero el rechazo es tan rotundo que no es fácil fingir cordialidad. Es tan cierto que aclara cualquier duda. No puedes.

Cuando el acosador pasa a la acción, comprendes que tu instinto olió su sangre negra antes que tú. Que tu mirada le dice lo que no quiere saber: le dice quién es. Le dice que no. Que es no, es no, es no y lo será siempre.

Olga Bernad

miércoles 4 de marzo de 2009

Rectas

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.

Luis Cernuda


Sólo tú, nadie más, nadie me mira.
Solamente tu nombre me envenena.

Las rectas que imagino se parecen
a los días en los que pienso en ti:
encrucijada de crucifixiones
y delirio de dudas y destinos.
Algo como un dolor de despedida
y un fiero amor; navajas de juguete
en la espina dorsal de los caminos.

La vida es un enorme precipicio,
lo que queda delante de la vista.
Sólo la fe dibuja líneas rectas
y busca rectos versos en sus filos.

Olga Bernad

jueves 26 de febrero de 2009

La morena de la copla

La veo claramente en algunas canciones. Pero esas morenas lo tienen muy difícil: las mujeres las odian y los hombres sospechan que no valen para novias decentes. Los profesores nunca creerían que pudieran amar las matemáticas. Ésta es la más morena de la copla: los frívolos la encuentran muy antigua, los formales ven en su morenez salada un algo incompatible con las mechas rubias que ahora son institución en las señoras; los ricos la ven pobre, los pobres nunca la han necesitado porque necesitar es otra cosa.

Las miradas de deseo son casi siempre nocturnas y alevosas, quieren alimentar el pálido placer del egoísmo, tener los diez segundos de gloria y babas sobre su escote de mujer vivida. Secretamente, todos los poetas la persiguen para tenerla al menos una noche a su disposición; cada alcalde del pueblo la quiere de su parte; cada pueblo, del lado de su virgen el día de la foto y la patrona; cada cruzada sueña con convertirla en mártir de su causa, pues el martirio oscuro de una mujer hermosa es materia poética que comprende cualquiera, una morena es sustituible por otra y los muertos de ese tipo, eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.

Mientras tanto, ella ve lo que pasa en la calle y se maquilla y, al mismo tiempo, tan despacio que asusta, muy despacio, como a través de siglos y de ruido, se escribe interminable la historia de su vida para jóvenes que no querrán leerla.

Incomprendida como el sortilegio que no sabemos quién nos enseñará, pues fue perfeccionado por el recuerdo y el olvido y se perdió entre las voces de la gente, la morena de esta copla se va a morir de amor.

La imagino dispuesta a cumplir su destino de morenaza sobre la que rechina el gozne litúrgico de las leyes severas. Apoyada en el quicio de la mancebía o colocada, tal vez a su pesar, bajo un rutilante neón de color rosa, cada vez más rancio y más absurdo, guardará para siempre, con pureza de novicia equivocada, la tragedia de ir dejando de existir, el desbordamiento telúrico de sus caderas y, en la punta de sus dedos, pervivirá la memoria y el tacto de la perfecta columna dórica desde la que quiso sonreír a los hombres por primera vez.

Olga Bernad

lunes 23 de febrero de 2009

Andábata XIX: Mens Sana

Eva y yo hemos decidido cuidarnos y lo único que se nos ha ocurrido es apuntarnos a un gimnasio. Desde luego, a mí me va a venir muy bien quemar todas esas toxinas últimamente acumuladas en mi organismo y, además, el cansancio físico es el tranquilizante más antiguo del mundo (junto con la comida y el whisky, pero en eso no hay que pensar). Sólo podemos ir al mediodía, porque ella no puede cerrar su negocio para atender el cuerpo y porque yo estudio después de mi horario laboral para triunfar en la vida y ser funcionaria de verdad cuando sea mayor.

Bueno, ayer nos lo pasamos bomba comprándonos mayas de colores y camisetas muy anchas con la esperanza de tener un aspecto más o menos deportivo y, a la vez, disimular en lo posible esos michelines asquerosos que yo no considero de mi cuerpo y que no quiero ver bajo ningún concepto. Formalizamos la matrícula muy contentas y hoy hemos hecho nuestro debut.

Tengo que reconocer que yo estaba bastante ilusionada y decidida a machacarme hasta la extenuación. Ha pasado mucho tiempo desde que entrenábamos a baloncesto y comenzábamos con un calentamiento que consistía en trotar veinte minutos. Veinte minutos, y no lo notábamos. Ahora no sé qué me pasa pero no puedo correr ni treinta segundos, me duele mucho el corazón o algo así. Tal vez sea psicológico. Ninguno de mis músculos se acuerda de que estuve seis años en un equipo de baloncesto, te lo puedo asegurar.

En fin, nos hemos puesto esa especie de disfraz rumboso, mezcla de deportistas y cubanas desacomplejadas habituadas al colorido, nos hemos hecho una coleta alta y hemos salido a la palestra. Esta es la hora de las ejecutivas agresivas que trabajan todo el día y vienen aquí a quemar calorías en su rato de la comida, en vez de ingerirlas. Qué tipazos, qué cantidad de músculos tiene la gente, yo no tengo ni la mitad, o los tengo bajo una espesa manta de grasa y ya han perdido la esperanza de volver a asomar al mundo. Qué culos más redondos pero más estrechos. Los anuncios de la tele no son mentira: hay personas así y vienen todas a este gimnasio. Claro que, con esa cantidad de máquinas tan bien inventadas y que yo nunca he usado, seguro que es cosa de coser y cantar, ya verás, y yo tengo una buena estructura ósea y soy muy alta, que es lo importante; bueno, no tan alta, la verdad es que no llego al metro setenta (pero paso mucho del uno con sesenta y ocho) sin embargo, con unos tacones parezco una reina, ya verás, tengo remedio y estoy dispuesta a sufrir lo que haga falta.

Pensando así de positivamente nos hemos acercado a una de las máquinas para empezar, una en cuyo letrero explicativo ponía que era muy buena para las tetas, y yo le he dicho a Eva que la iba a hacer con todos sus ladrillos o como se llamen, sin sandeces, hay que aprovechar el tiempo que este gimnasio es carísimo, oye. Entonces un chico muy guapo, muy musculado y bastante más joven que nosotras, se nos ha acercado con mucha seriedad, nos ha dicho que es el preparador físico (¡guau, tengo de eso, yo creo que este gimnasio es incluso barato!) y que sería conveniente que nos dejásemos guiar por sus consejos, sobre todo al principio, simplemente hasta que consigamos una mejora en nuestra forma física y conozcamos bien cada uno de los aparatos. Hemos estado de acuerdo en todo.

Entonces, el muy traidor, nos ha echado un vistazo rápido, sobre todo a mí, lo sé, nos ha sacado de la zona moderna de las máquinas de película y de la gente guapa, nos ha llevado a un rincón con un espejo como para que nadie nos viese demasiado, como si no fuésemos una buena publicidad para su asqueroso antro, y nos ha traído, aún no me lo puedo creer, una especie de palo de escoba, y nos ha dicho que nos lo pongamos detrás de la cabeza y hagamos unos giros de lo más tonto. Sólo nos ha dejado hacer eso y un poco de bicicleta estática.

Qué estafa más total, qué ridículo más espantoso, allí, frente al espejo (un espejo que hace mucho más gorda, por cierto) con el palo de escoba, con las piernas un poco abiertas (que hace mucho más baja), con aquellas mayas tan crueles en esa postura, sin tacones, sin pintar, con la coleta que hace cuatro días me quedaba tan bien y ahora me hace una cara redonda que no es normal, con ese aspecto de avergonzadas de nosotras mismas… Vaya, que me he dado cuenta de que soy horrorosa, pero horrorosa. Y Eva mucho más.

Pues yo para esto no necesito gastarme tanta pasta, que en el trastero de mi casa tengo una bicicleta estática del año catapún y un montón de escobas, no te fastidia, y no tengo que hacer el ridículo delante de ningún espejo que engorda ni delante de ninguna ejecutiva agresiva, sí, de ésas que nos miran de reojo, como vaya se van a enterar de lo que es una gorda empedernida con un montón de frustraciones y un palo de escoba en la mano.

- Cállate de una vez y haz los giros como Dios manda, Olga.
- Los hago como mi pobre cintura me permite, oye.
- Ánimo, aguantaremos y les demostraremos en poco tiempo que en alguna parte de nuestros deformes cuerpos tenemos unos culos y unos abdominales parecidos a los suyos, después de todo somos de la misma raza, ¿no?
- Pues no lo sé, Eva, ellas tienen pinta de replicantes o algo así, como en Blade Runner. Tal vez formen parte de un ejército secreto creado por ordenador para incitar al suicidio a las gordas del mundo. Una suerte de guerra psicológica, no sé, algo perverso y auténticamente efectivo.
- Dios no lo permitirá, Olga, Dios nos ama, recuérdalo y mueve el culo, hija mía; es verdad, mira que estás gorda, mucho más que yo, las cosas como son.
- Pero yo no tengo pistoleras, Eva, no es por desanimarte pero parece que vas a rodar una película del oeste, maja.
- Vete a la mierda.

Y nos hemos picado de tal manera que parecía que nuestros respectivos palos de escoba nos estuvieran hipnotizando con sus reflejos en el espejo que engorda, y venga a hacer giros con cara de obesas obsesas y cabreadas. Luego, el pretencioso que se llama a sí mismo preparador físico nos ha obligado a hacer unos estiramientos (también frente al espejo, cómo no) que sólo tenían por objeto desarrollar unas posturas que evidenciaban aún más, si cabe, nuestros monstruosos michelines y acabar de hundirnos en la miseria más absoluta.

Finalmente nos ha felicitado y animado a seguir y nos ha mandado a la ducha. Otra vergüenza propia de un campo de concentración, el hecho de tener que vestirte delante de esas flacas asquerosas, tan deportivas y tan simpáticas. Me he dado cuenta que llevo unas bragas feísimas (tipo algodón, es que son muy cómodas) y que ellas, sin embargo, se ponen una lencería como para rodar una película porno de un momento a otro. Yo no estoy a la altura de la vida, no. Una guarra de ésas me ha mirado (¡qué braga más fea llevo, madre de Dios, qué tripa más gorda tengo!) me ha sonreído y me ha dicho condescendientemente (ella fingía amabilidad y comprensión, pero a mí no me la da) que con unas braguitas tanga iguales a las que llevaba ella no se me marcaría la antiestética goma en medio del glúteo (¡glúteo!, ¡hipócrita!) ni con los vaqueros ni con ningún pantalón justo, que lo probase. Yo también he sonreído y me he puesto a pensar en el aspecto que tendría mi trasero con una de esas monerías y le he dicho que gracias, pero el algodón y la holgura me perece lo más sano para la piel y la circulación, sobre todo ahora que apenas hace veinte días que he dado a luz y que sólo pretendo comodidad y hacer un poco de ejercicio ligero, que me preocupan las cosas importantes y nada más.

- Oye, pues estás estupenda para acabar de dar a luz, en cuanto te quites esos quilos de más te vas a poder presentar a un concurso de Miss Mamá. Mi hermana también se quedó muy ancha de caderas, pero en un año a dieta se recuperó del todo y, oye, al fin y al cabo esas caderas te habrán facilitado mucho el parto, qué suerte. Yo, en cambio, no sé cómo voy a dar a luz cuando me llegue el momento, hija, qué desgracia, pero así es la genética y hay que aceptarlo. Oye, y qué suerte también, casi no tienes estrías para lo estirada que tienes la piel; y qué curioso, las tienes en las caderas y en… lo que te digo, misterios de la genética.

Eva ha salido disparada del rinconcito en el que intentaba pasar desapercibida, ha recogido las bolsas a toda prisa con un brazo, me ha arrastrado a mí del otro y se ha despedido con un montón de sonrisas. Yo también he sonreído mucho, creo, o más bien he puesto una mueca sonriente y, en cuanto hemos salido de aquel horror, Eva me ha aconsejado que dejase de poner cara de loca y de tener ganas de matar gente y de inventarme bebés recién paridos, que la gente nos miraba.

A pesar de que el musculitos no nos ha dejado usar ningún aparato moderno, tengo unas agujetas increíbles. Me duele todo, todo mi cuerpo. Dado el volumen visto en aquel espejo, eso es demasiado dolor. Y pensar que el tal musculitos decía que los estiramientos eran beneficiosos para evitar las agujetas... qué sabrá ése, ay, qué dolor. Así no se puede estudiar en paz. Pero no me voy a tomar ni un sorbo de whisky para consolarme, ni un solo mordisco de chocolate con licor, menuda soy yo si me pongo, esa Irene de los cojones se va a enterar de lo que es una recién parida emocional y de lo que es esa genética que tanto le gustar nombrar y de lo buena que puedo estar yo, sí, yo, que aunque tenga las caderas un poco generosas por lo menos soy guapa de cara y tengo dos ojazos de gitana más grandes que sus bragas tanga, ay, no me hagas reír que me duele todo mucho más. Esperemos que no le dé por hacerse la simpática y preguntarme por mi bebé constantemente; va, qué mas da, no pienso concederle confianza a nadie en ese gimnasio de mis tormentos, ni mantendré ningún diálogo con esos seres no-humanos. Además, como creo que voy a estar exiliada en la zona del espejo que engorda por un largo tiempo, pues eso, que no podré hacer amigos y no me importa, yo tengo aguante para ese exilio y para muchos otros, yo soy muy yo, ay.

Olga Bernad


miércoles 18 de febrero de 2009

Muerta en combate (a golpe de extrañeza)

Ese hombre me conmueve. No sé cómo, pues nunca necesita recurrir al chantaje de la emoción ni al barro del mediocre. Y jamás manosea lo importante, apenas roza, busca o ilumina con el áspero brillo de metales de su amable desdén, mi desconcierto. O convierte en espada esa distancia cálida, su pacífica forma de ser frío y mirarte con versos como ojos que se abren para enfocar la invisible y remota parte del mundo que nunca ha sido mía. Y allí hay largas fronteras esperando, cerca de un horizonte lejanísimo.

Después de él, todo es incontinencia, pornográfica muestra de pesares. Hasta la desesperación se vuelve blanca (profunda pero blanca). Sólo el desierto puro me convence, o sólo el mar, que tiene la costumbre -esa terca costumbre de sus versos- de llegar hasta el límite del cielo y pararse en la línea que separa la tierra y el misterio, resumir ese mar en esa línea y no esperar nuestro agradecimiento ni quedarse a mirar mi indiferencia, muerta en combate a golpe de extrañeza.

Olga Bernad

miércoles 11 de febrero de 2009

Malos sueños (Sweet Dreams are Made of This)




En el momento lúcido de la última vigilia, cuando sabes que entrarás al sueño por la puerta que abren los párpados al cerrarse, la fiebre de los días intenta aún la rectitud de un verso, quiere ser geometría, el mapa melancólico y perfecto de quien ya no debe conquistar territorios pues rindió armas y cuentas al anochecer, el pacífico gesto de una final esperado y merecido, la tregua momentánea del orgullo implorando a los dioses el pacto del descanso.

Algunas noches el diablo tira piedras contra ese lago en calma, un torbellino incontrolable danza para enredar los hilos y las gentes, los rostros que no viste, y las montañas muestran precipicios hambrientos que invitan a saltar. Cuando comienza el sueño, sabes que con él vienen espacios aún más negros que se harán esponjosos y profundos, no dura superficie de plana realidad contra la cual se puede, al menos, terminar de caer.

No habrá consuelo, no vendrá nadie. Sólo queda el silbido del viento en los oídos, la voz de unos fantasmas aulladores que ni siquiera existen, el vacío indiferente por el que te derramas, sin fondo y sin final. Un trayecto interminable que sólo acabará si te despiertas.

Mano en el pecho que tranquilice el galope de todos los caballos desbocados y calme a los jinetes imposibles, lágrimas en los ojos, aire en los pulmones. Respirar es la meta. Latir es la única necesidad del corazón, su verdad más sencilla y más antigua. En su ritmo tranquilo se adormece el dolor y yo voy recuperando la rienda de seda que solté al dormirme. Si yo sólo quería el paraíso, la mano de mi madre apartando el miedo y el dolor de cabeza, la tranquila penumbra en la que ella sabía convertir la oscuridad.

Pero es mi hijo el que llora y yo la que debo levantarme con mi desbarajuste en el centro del pecho. Sonrío y acaricio como si el mundo fuese un lugar cálido y seguro y no el planeta frágil, solitario y absurdo que seguramente es, esa pequeña piedra azul y peligrosa danzando en un salón interminable, frío, oscuro de no poder saber.

Ahora soy yo la que debe poner parches a otros miedos, la maga de manos frescas y mirada serena. Se acabó para mí el tiempo del consuelo: ya no lo creería. No hay más ángel que yo, no vendrá ni el demonio.

Olga Bernad

jueves 5 de febrero de 2009

Obediencia ciega

Quiero que el viento zoe y limpie cada verso
como limpia los puertos y las playas,
rompiendo el orden de los vertederos.
Que lo que pienso sea
del loco transparente que sopla en nuestras bocas
y mueve dunas y olas, y mueve la miseria,
pues no quiero enredarme en la dulzura
ni tropezar en cada sentimiento,
tender trampas inútiles
con mi dolor inútil como excusa.
Quiero seguir de pie mientras me acerco.
Tal vez si un día me miras
caminaré despacio sobre el agua,
el mar de mar sembrado -el mar desconcertante
que estaba enamorado de la calma-
y el desierto sereno respirando en la arena
y las cosas huidas de sus nombres,
acunadas tan sólo por su ritmo,
por mi obediencia ciega a su misterio,
por el abismo propio
del trozo de vacío que negaron
y la imposible ciencia de entenderlas.

Olga Bernad

domingo 1 de febrero de 2009

Veintisiete horas de vuelo sobre el mar

A Angós y su perfecto Espíritu de San Luis.



Creo que nuestra atracción por el riesgo suele tener más de flirteo que de amor. Por eso nos arriesgamos deportivamente (puenting, rafting, singermorning) y conjuramos su auténtica naturaleza con fines de semana planificados al detalle, un equipo supertope guay y unas cuantas pólizas de seguros que aseguren la carencia de inseguridad. Es como buscar el orgasmo sin pasar por la aventura de contar con otro (lícito pero no igual, digo yo) como querer descubrir la cuadratura del círculo y arriesgar, pero reservándote el derecho de reclamación si, en el traicionero camino de la aventura, la suerte deja de estar de tu parte y te rompes la crisma. La mera posibilidad parece excitarnos, pero los atisbos de realidad no son bienvenidos. Por eso yo busco a mis arriesgados héroes en historias llenas de una rara pasión, la que no siempre entiendo, la que les elevó por encima del miedo y les llevó muy lejos.

A mister Lindbergh le llevó de Nueva York a París en 1927, a bordo de un avión con un solo motor. Un hombre de veinticinco años, una fe y unos cuantos pilotos previamente muertos que no consiguieron convertir esa fe en duda razonable. Pero su idea no tenía nada que ver con la locura, sino con la valentía, el deseo, la incertidumbre, la esperanza y la razón. Todos los mares procelosos sobre los que debe mantenerse a flote el convencimiento.

Su éxito se forjó lentamente, mientras abandonaba sus estudios para hacerse piloto, mientras se bautizaba de aire en pie sobre las alas, mientras agotaba el combustible de aviones que iban a estrellarse para que no se prendieran fuego y poder así, tal vez, salvar alguna de las cartas que llevaba como carga. Uno no bate el récord de salto al vacío desde aviones incontrolables porque sí. Uno lo bate para algo, para que en su momento la suerte le sonría con una sonrisa mucho más bella que la mueca de los incrédulos, los que aplauden sólo al final y sólo si no te matas.

Cuentan que durante el vuelo, que duró en total más de treinta y cinco horas, el cansancio le hizo hablar con sus fantasmas. Que sólo llevó cinco bocadillos y cinco litros de agua porque, si llegaba a París, no necesitaría más. Si no llegaba, tampoco. Que sólo podía llevar un hombre y un motor para evitar peso, que calculó y no sólo soñó. Que tenía razón.

Se equivocó seguramente en muchas otras cosas, y la suerte no le sonrió para siempre, pero esas veintisiete horas de vuelo sobre el mar son más valiosas que la vida entera de algunos hombres y su completa traición a sí mismos. Qué fácil era perderse en el Atlántico, qué sencillo no haber empezado a volar.

Por un sitio en el “Espíritu de San Luis” volando sobre el mar, por estar ahí dándole la mano, tan a salvo como una nunca está, tan encantada por el miedo y la alegría, tan sonámbula por el esfuerzo, regalaría mi reino si lo tuviera. Por decirle muy en serio, vamos, mister Lindbergh, no hay que pensar en pilotos muertos.

Olga Bernad

Nota: la fotografía ha sido tomada de aquí. Y la canción es de Los Ilegales, de su disco "Agotados de esperar el fin" (1984).

martes 27 de enero de 2009

Feliz donde no hay nada

No sé de dónde sale la nostalgia
que me inunda los ojos y las letras.
Creo que soy feliz y, sin embargo,
dulcemente me envuelve
la certeza más fría:
sé que nada me importa algunas veces.
Como un niño siniestro,
inocente y perverso en el desorden,
sonríe desde lejos la locura.
¿Y por qué a mí? Si yo esperaba mayo
y miraba las manos de la gente.
Vi a una mujer bailando entre los coches.
Los demás se reían.
Tengo miedo a bailar entre los coches.
No quiero ser feliz donde no hay nada.
Yo quiero la insistencia de los lirios
y también la conciencia y la crudeza,
olas de rabia y miel sobre mi pecho.
Siempre lo quise todo, ¿lo recuerdas?
Y quiero ser capaz de soportarlo.
Aunque todos sabemos que tendré que elegir
entre la risa absurda de esa vieja
y los gestos más tímidos que veo en otros rostros
(pero es la misma triste risa vieja,
la enloquecida venda que salva tantos ojos)
o la certeza mucho más absurda
de saber que no hay nada,
que toda salvación es una venda
y que, si en este instante
fuésemos condenados para siempre,
no pasaría nada.

Actualización del 30 de enero de 2009:
Para olvidar la nada, nada mejor que un paseo con amigos.
Mil gracias a Antonio Rivero Taravillo por dedicarme su entrada y llevarme a Edimburgo .
Y os quiero invitar también a vosotros, a los que habéis padecido mi nada con generosidad. Lo bueno hay que compartirlo.

Olga Bernad

viernes 23 de enero de 2009

Al borde del invierno y la tristeza



Esperábamos oír una campana,
la campana que late y llama a los perdidos,
si alguna vez la suerte
nos olvidaba en lo alto de su noche.
Sabíamos confiar en el sonido,
su silencio presente era la nota
más precisa y la prueba irrefutable
de que nunca nos habíamos perdido.

Pero aquella mañana del principio
estrenábamos tránsito y adioses,
con el sol ocupando todo el cielo,
la guerra en el pasado, el mundo por delante,
las botas sobre el suelo,
las inquietantes hachas en las manos
y el camino y la gloria,
la muerte y el amor y la fortuna
sin repartir, disuelta por el aire,
y sin saber qué parte era la nuestra;
esa mañana no era de silencio
ni de temblor futuro,
de pensar en la fe de nuestros padres,
ni era el momento de la sabiduría,
sino el golpe del aire en los pulmones
y de beberse el tiempo en grandes copas,
inmenso mar de tiempo bajo un cielo
que nunca iba a agotarse de mirarnos.

Me da miedo que un día
nos llegue a parecer que no fue cierto,
que no existió ese cielo y su mañana
fría de luz, radiante de futuro,
hambrienta de destino desbordándose
en los precarios límites del cuerpo.
Cuando ese día llegue,
llamarán a mi corazón como testigo
y quiero que recuerde.
Por eso me repito cada noche
que una vez fuimos jóvenes y fuertes,
nuevos y en blanco, puros, aprendices,
crueles conquistadores y milicia,
novicios consagrados al acaso,
peligrosos de amor y de violencia.
Y vivir importaba
y el porvenir olía a incertidumbre,
a fiesta y a dureza, a beso húmedo.
Mucho antes de perderte lentamente
tras cada borrachera de renuncia
que convirtió mi fuerza en soledades
y tu entusiasmo en luz de cobardía.

Por eso me acurruco en el rincón oscuro
que da miedo a los niños
y rehuyen los viejos
con su mirada líquida de espanto
lavada por tragedias cotidianas.
Soñar es ver el mapa del camino;
ponerse en marcha es
acariciarlo en serio como a una compañera.

Aún no necesitábamos abrigos de palabras,
las amnésicas trampas de tus ojos;
no existían cuchillos de silencio
frente a nuestras seguras ganas de llamarnos,
de decir en voz alta nuestro nombre
y reír porque el eco lo repite.
Danza de voces sobre las montañas,
ganas de irse tan lejos
como fuera posible.
Y nos fuimos muy pronto, ¿lo recuerdas?
Cuando nada recuerdes
enterraré tus restos
al borde de tu invierno y mi tristeza.

Olga Bernad

lunes 19 de enero de 2009

Perfección sentimental

Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.

Efraín Huerta, La rosa primitiva


Muchas veces me pregunto dónde reside la magia de lo exacto, o al menos su razón, de aquello a lo que no le cambiaríamos ni una coma, de esas palabras que leemos y hacemos nuestras y siempre son de otros. Sospechamos que nuestro propio espíritu confuso debió intuirlas una vez en algún breve momento de claridad que más tarde olvidamos como un sueño o como un capítulo más del desconcierto.

No es algo al alcance del artesano ni del que ha interiorizado simplemente, aun con honestidad y dedicación, las normas de una lengua, afiladas a través de los siglos por la inteligencia, el material sensible, el sentido común y ese enfrentamiento con la realidad que supone hablar todos los días. Es eso y algo más que eso, es recoger toda la herencia que arrastran las palabras, resumirla y hacerla crecer, elegir las adecuadas, expresar algo que nace de nosotros y va más allá de cada uno. El pensamiento certero que da en el blanco de otras memorias.

Lo genial. Concebir y mostrar de una forma precisa su delicado equilibrio, su rara perfección sentimental.

Olga Bernad

jueves 15 de enero de 2009

Andábata XVII: Mariposas a sus órdenes

Acababa de cumplir trece años y empezaba la primavera. En ese preciso instante, aún no sabía qué cruel es abril. Fue un abril frío, pero yo estaba jugando a baloncesto y tenía calor. El baloncesto es un juego rápido y te envuelve, te hace pensar y, a la vez, no te lo permite. Sigues sin pausa el balón deseado, te enreda la voluntad si sabes entregarte: fuerza y reflejos, aguante y rapidez, engaños, las ágiles cinturas, el salto hacia delante, el lanzamiento y esa gloriosa manera de acertar, el ruido del balón venciendo el hueco de la red y, luego, el breve aplauso que es como una tregua. El balón para el otro y continuar; más lucha, diversiones, enfados, el dolor del cansancio y la alegría del partido. Yo me concentraba tanto que me olvidaba de mí misma. Alguna vez paré y me di cuenta de que el agotamiento estaba a punto de hacerme vomitar, pero nunca le oía acercarse porque siempre jugaba con los cinco sentidos, porque íbamos perdiendo y eso puede cambiarse, porque íbamos ganando y eso es frágil hasta el final.

Llevaba aquellos pantalones de las niñas de antes, los azules de espuma, cortos y ajustados, la camiseta blanquísima, las medias largas hasta la rodilla y las John Smith que me daban suerte. Llevaba el pelo suelto y la sangre alborotada, y el esfuerzo hacía que me ardiesen los ojos y los labios y la punta de los dedos. Tenía mucho calor.

Logré rozar el balón en un pase muy torpe, la mano surca el aire y lo consigue, rompe la voluntad del contrario; toqué la piel rugosa de aquel balón pero no pude atraparlo. El silbido del árbitro sonó a la vez que mi fastidio, y yo corrí a recuperar el balón perdido, lo lancé con rabia contra el suelo antes de devolverlo con un golpe violento hasta la pista. Entonces le miré. Y él me miraba. Me miraba desde hace mucho tiempo, estaba claro. Aquel hombre me miraba de cerca y desde lejos. Me miraba. Era alto y me miraba en silencio, con una calma rara, quieto y callado en el margen de la cancha. Recuerdo la cazadora verde con la cremallera subida hasta arriba, las manos en los bolsillos, la tensión felina que sostenía sus hombros completamente inmóviles. Mirada interceptada. Fue como una exigencia y una súplica, y un ejército de mariposas a sus órdenes se metió en mis pulmones y llegó hasta mi estómago, un golpe de sangre me inundó las mejillas y no tenía nada que ver con el rubor, pero también, y también con un extraño orgullo. El corazón me latió debajo del ombligo. Me incliné ante él, apoyé las manos en las rodillas como una jugadora más, lo que ya no era, y recé por mi aliento.

No sabía entonces que en los breves segundos que pasaron mientras mi respiración se recuperaba y yo volvía a levantar la cabeza, se me estaba escapando la inocencia. Seguí jugando a baloncesto, seguí jugando en las conversaciones de mis amigas a tenerles miedo a ellos, y seguía temiéndoles, pero ya sabía que el deseo se iba a burlar del miedo cualquier tarde y que yo era capaz. Esa mirada llamó a todas las puertas, con su ritmo nuevo de selva antigua aparecida en medio de un campo de baloncesto. Tambores para mí, vibraciones sin ruido, olor de pólvora, y yo con un sabor metálico en la boca de boticaria inquieta que acaba de chuparse un dedo envenenado. Supe lo que quería: quería más. Esa conciencia clara, y la conciencia de que no podía decirlo, me hizo sentir mayor y sucia. Fuerte y débil. La fuerza que nos da lo que aprendemos, la que nos quita una pureza que nunca tiene dos oportunidades en la misma persona.

Después fueron cayendo las miradas de los hombres como la lluvia sobre un campo mojado.

Dejé de jugar a baloncesto, niñas nuevas formaron el equipo del colegio mientras yo paseaba, camino al Instituto, con novios y carpetas. Luego la Facultad y las oficinas y todas esas cosas que nos pasan. Alguna vez le veo caminar por el barrio. Me observa y me recuerda, pues ya nos conocíamos. Pasará los cincuenta. Yo subo al autobús con mis dos hijos, uno en los brazos, el otro de la mano. Hola, guapa.

Creo que no sabe nada.

Olga Bernad

viernes 9 de enero de 2009

Otra vuelta de página y derrota

Otra vuelta de página y derrota.
De la victoria alada hasta ese gesto
nos separa la caricia discreta,
sentencia displicente y delicada
de una pluma invisible y categórica
sobre la piel del alma y la tristeza.

El latido más frágil de un pájaro asustado,
pequeño pájaro nervioso y débil
atrapado en la mano, y el recuerdo insistente
del momento preciso
en el que todavía podíamos matarlo
con sólo convertir la mano en puño.

Miro la palma de mi mano a veces,
noto un temblor de vida entre mis dedos,
la visita del pulso de mi sangre
o un misterioso adiós definitivo.
Pequeño baile de fantasmas y alas,
el beso alegre y cierto de la nada.
Pájaros que solté y tal vez han muerto.

Olga Bernad


Actualización del 12/01/09
He empezado el día con la sorpresa de que Luis Spencer ha colgado este poema como entrada en su blog.
Mil gracias, Luis, por ese honor y esa alegría.

sábado 3 de enero de 2009

Andábata VII: Pequeños reinados del terror

He llegado a la conclusión de que soy una cobarde. Un saco de patatas lleno de miedos y vacío de voluntad. En el autobús, mientras iba a la oficina, me ha entrado repentinamente un pánico sordo, tan real como un bicho que sintiese deslizarse por mi nariz y tomar mis pulmones y mi estómago y convertirlo en su reino, una tristeza inmensa al pensar que tal vez mi vida se vaya a reducir a esto. Esto para siempre, nueve horas secuestrada para siempre, siempre, siempre. Llego a la oficina y me despido, con dos cojones. Pero sólo de pensarlo me ha cogido por el cuello un viejo conocido, el miedo pastoso al paro, ese estado semivital en que no eres nadie ni tienes un duro. Para evitar su ataque brutal me he centrado en la realidad pura y dura del atasco, tan increíble y de alguna manera sorprendente como cada lunes, y luego he decidido que había que hacer algo.

Al salir de la oficina me he ido corriendo a la librería Central y me he comprado un libro sobre cómo superar el estrés y la ansiedad. Un fiasco. Todo ridiculeces. Yo no sé si es que no lo entiendo, o es que no estoy preparada para la vida moderna y su fe en los diálogos, los organigramas y las memeces o, simplemente, es que no me salen bien las respiraciones que aconseja (por fumar tanto, seguro). O tal vez sea que la angustia no se cura respirando sino viviendo de otra manera, de una que no sé, que hoy no me sale.

Mientras esperaba a Eva me he puesto a hacer una lista de temores, como aconseja el libro, con sinceridad no exenta de vergüenza porque sé que mis miedos son pequeños, repetidos y vulgares. Concretando, tengo miedo:
  • Al trabajo
  • Al paro
  • Al amor
  • Al desamor
  • A conducir
  • A la soledad
  • A la miseria (no a la pobreza, me pilla acostumbrada)
  • Al cáncer de pulmón
  • Al dolor de cabeza
  • A ponerme gorda como una pelota
  • A la vejez
  • A perder el tiempo
El tiempo. Qué palabra. Por suerte, su escurridizo significado me ha devuelto la cordura momentáneamente y he visto con claridad que el primer paso para empezar a hacerme un gran favor era abandonar esa especie de lista de la compra de los horrores, hacer otra cosa —romperla, por ejemplo— y empaquetar el libro del estrés en un papel bonito y así ya tengo regalo de cumpleaños para mi jefe, cuando quiera que sea.

Eva ha llegado agotada y ausente a nuestra cita repetida del final del día, esa parada en el bar de la esquina antes de volver a casa. Ella llegaba con los labios sin pintar y yo he comenzado a hablarle de mi tristeza con una urgencia muy torpe.

—Todos los días con rollos, no estoy para hostias, Olga, ¿hasta cuándo esa actitud de adolescente?, ¿hasta que seamos viejas?

—Voltaire decía: “Me repetiré hasta que me entiendan”

—No jodas, ¿y tú también dices eso?

No nos hemos reído. Hemos ido al súper porque teníamos que hacer la compra y allí la realidad ha vuelto a entretenerme, como en el atasco, como en la oficina, otra parte de este día ocupada en asuntos concretos y mecánicos: cajas de carnes y pescados, cereales y compresas, latas de sardinas. Las buscas, las coges y esperas en la cola para pagar. La luz blanca y cruel, tan ficticia y tan reveladora de arrugas, me mostraba a mi amiga más vieja que ayer, más aburrida y apática, mucho más indiferente y resignada. El espejo terrible de los que están al lado desde siempre. Sentía en aquel momento una enorme ternura hacia ella, de una forma un poco teatral pensaba que le decía —que me decía a mí misma— alguna palabra de raro consuelo capaz de llenar de otra luz el supermercado y el trozo de tarde que ya se me estaba escapando, otro pedazo de pastel devorado por un ogro. Pero la sensatez se impone tantas veces, la pereza era tan atroz y el ingenio, el buen humor, se agotan hasta tal punto… Entonces he pensado en la vuelta a casa, en la cena, en Álvaro, en la tele, en el libro que me estoy leyendo, en el día siguiente, en otros atascos y otras colas de mercado o de cine, de concierto o de autobús. Y todo me sonaba a circo viejo, a cara de payaso entristecido.

Con la misma intensidad creciente y obsesiva, absolutamente absurda, con que el insomne siente que tal vez es posible que nunca vuelva a dormir, yo he tenido miedo, miedo del de verdad, a no volver a sentir un poco de magia en mi vida cotidiana, a que el juguete se me haya roto, a no ser más una mujer joven, a tener que comprarme la ilusión en el teatro y la ficción de otros, a sólo recrearla, olerla desde lejos y hasta olvidarla.

Un empleado del súper nos ha pedido paso con su carro lleno de restos de la verdulería. Ya estaban a punto de cerrar y quedábamos muy pocos, todos ajenos, adultos y cansados. Al pasar por nuestro lado ha golpeado el carro de Eva y ella se ha vuelto hacia mí con cierto despiste.

—Qué bien huele la fruta.

Fruta madura, hoy demasiado dulce, muy olorosa, mañana invendible.

Le he sonreído porque su inconsciencia tenía una parte de razón físicamente innegable. Qué bien olía.

Olga Bernad

domingo 28 de diciembre de 2008

Fin de los sueños

No nos queda casi nada de este año, dense prisa, si tienen algo por hacer… y que la naturaleza y los dioses sean generosos con ustedes y con sus sueños en ese 2009 aún por estrenar.






La soledad de la bella durmiente
seguía dibujando la certeza
de un dulce Sur y un corazón perdido
y años que se entretienen y resbalan
entre dedos desiertos de caricias.
Y tú que sollozabas escondido
en el ángulo oscuro de mi danza,
en el rincón mas quieto de mi sueño;
y yo que despertaba de repente
del único destino de las hadas,
de mi tiempo pasado entre unas ruinas
más perfectas que yo, desde los versos
de los cuentos amargos de las niñas,
amargos como hombres que levantan
los vestidos y rompen las almohadas
a las que me abrazaba por las noches
cuando el amor era un temor futuro,
cuando todo da miedo y tú no estabas
besándome la angustia de los párpados
ni esperando los pasos de mis piernas,
las mismas que sostienen y que guardan
tus labios en el centro de mi trampa.
Tus labios cuidadosos por mi alma
muerden mi corazón, leen los mapas
del calor en mi piel y las montañas,
el mar, el cielo, el sol, la luna y nada,
nada como tu peso me ata al alba.
Sobre mí tu deseo y la mirada,
sobre mí tu equilibrio y tu locura,
tú sobre mí, tu y yo sobre la cama.


Olga Bernad

Actualización del 29 de diciembre de 2008
:
Fernando Sarría lleva este poema a su Crepusculario siglo XXI.
Muchísimas gracias, Fernando.


martes 23 de diciembre de 2008

Manos de barro

Ay, el amor a la Humanidad, qué pocos problemas trae. A mí no me cuesta nada querer a todos esos seres que no conozco y que nunca me molestarán, están ahí, con sus sonrisas y sus lágrimas, con su niebla y su imprecisión, con su manera de ser como yo pero bien lejos. La sensación es tan gratificante y cuesta tan poco esfuerzo que tiene algo de trampa y tentación. Os quiero a todos, tenedlo por seguro. Os quiero y es verdad. No miento y, sin embargo, si deseo pensar en el amor seriamente, no tardarán en llegar fogonazos de odio. El problema es que quienes nos mienten, quienes nos traicionan, quienes nos hacen la vida imposible en el trabajo o quienes, simplemente, nos desagradan, son también Humanidad. Que te digan que los respetes, vaya y pase; pero que, encima, los tengas que querer… Eso es para valientes o para mentirosos (y hablábamos del amor seriamente, hemos quedado).

Pero ese esfuerzo casi inhumano es el único que mejora un poco el mundo, esa es la verdad, lo pone un poco en orden, lo suaviza. Pone a prueba la inmensa carga de nuestra voluntad, la convierte en la joya que brilla sobre el pecho o en el collar de hierro de una esclavitud profunda. Cuando no puedo amar a quien me hace daño, pero no quiero odiarlo (porque el odio es muy impertinente de sentir, como enamorarse pero sin parte bonita) intento comprender. Es lo único que me salva, entender su dolor, meterme un poco en su piel, sentir su frío, compararlo con mi propio corazón helado cuando he devuelto mezquindad por mezquindad, tasada con ojo de amo. Y todos esos pequeños sufrimientos envenenando la vida cotidiana en cada historia de amor y en cada reunión de vecinos de la comunidad. Qué pérdida de tiempo y, en la mayor parte de los casos, qué gran tontería.

A veces, muy adentro, quisiera disculparme por ser tan débil, por haberme sentido herida, por no entender a los demás o no intentarlo. Casi nunca lo hago. Pero, mientras pienso en ello, hago algo parecido a rezar, imploro una compasión por mí y por todos que sólo ante Dios dejaría de resultar absurda, si es cierto que nos mira y nos escucha. Y el auténtico compromiso – y en muchos casos auténtica penitencia, seamos sinceros- es dejar de hacer lo que no debemos y punto. Sin excusas y sin autocomplacencias. Yo no sé qué pensará Dios de nosotros. A mí me cuesta creer que existe, pero me resulta casi imposible creer que no existe. En cualquier caso, si no volviese a nacer cada invierno, se aburriría de mirar y mirar con ojos viejos los gestos repetidos de los hombres, siempre intentando lavarse esas manos de barro sobre las que sopló la gracia.

En fin, pido un poco de belleza y compasión en estas fechas y les deseo a todos una feliz Navidad.

Olga Bernad

Actualización del 24 de diciembre:
Para completar esta entrada, pasen y vean la web de DVD Ediciones, donde encontrarán felicitaciones de muy diversa índole (incluida la de una servidora) durante estos días navideños junto a sus otras habituales e interesantes secciones. No se las pierdan. Gracias al coordinador de la página, el simpar Juan Manuel Macías, por su amable invitación.

sábado 13 de diciembre de 2008

Canciones de extraño amor


Estoy segura de que nadie en el mundo ha visto este vídeo tantas veces como yo. Tengo una copia en la habitación destartalada donde sólo entra lo que amo y de la que ya les he hablado algunas veces; la misma habitación de la que no saldré algún día, cuando el sentido común deje de interesarme o me abandone, aburrido de cuentas por cuadrar y tonterías.

Miren a su alrededor: en su trabajo, en la calle, en el autobús o encapsulados en su coche entre el tráfico; miren un poco y comprendan de qué viven rodeados y, luego, dediquen dos minutos a esta canción.

Ni siquiera la entiendo del todo: sé que habla de marineros que bailan en el puerto, que brindan a la salud de las putas de Ámsterdam y a veces mueren al despuntar el día, ebrios de cerveza y dramas; habla de lánguidos océanos, del sonido de un acordeón y de mujeres infieles, de monótonas orillas, de manteles muy blancos, de miseria. Oigo el rumor de un mar vivo y triste, duro como una roca, en ese gesto hipnótico que se ha ido irremisiblemente a otro lugar y desde allí nos habla, dejando mi incredulidad agazapada hasta que acabe, poniéndome la carne de gallina.

Nadie canta así, con la emoción creciente del que se va dejando herir por la historia que desgrana, enamorándose de ella hasta desesperarse y hacernos desaparecer. Yo quiero estar ahí, quiero estar a su lado mientras canta. Seguro que el aire quieto de los auditorios vibraba con la voz y el calor de esos sentimientos tan normales y tan extraños que palpitan en su gesto masculino, distintos como copos de nieve que no dejan de caer, llenos de una rara perfección de miel y rabia. Y yo me siento ahí, casi siento el calor que se levanta de cada uno de sus movimientos, y me gustaría que esas manos que acarician o golpean el aire cuando siguen la música, torrentes de algo como un amor contenido que se escapa, rozasen un segundo mi mejilla.


Olga Bernad

Actualización del 17 de julio de 2009: lamentablemente el vídeo mostrado en la entrada ya no está disponible. Adiós a los subtítulos en griego... os dejo éste subtitulado en inglés, que no es lo mismo, pero nos permite oír a Brel. Sin su voz, el texto estaba muy triste.

martes 9 de diciembre de 2008

El cielo para quien sepa tocarlo

A Fernando G. Seral, que mira mucho al cielo...


Casi al final del día
da el águila real la última vuelta
sobre el llano de plata.
Sobre el campo,
la tierra y las razones cartesianas,
linderos y murallas, paredones
que tranquilizan a los propietarios.
Por encima de él,
surcando el infinito mar del aire,
el águila se adueña del misterio;
sus alas reconocen, acarician y marcan,
delimitan
su parcela de cielo insobornable,
la soledad azul que se oscurece.


Olga Bernad

Nota: El autor de la fotografía es Fernando González Seral y fue publicada en su blog Los Monegros el pasado cinco de agosto bajo el título "...cielo"

jueves 4 de diciembre de 2008

Manuel

Olía a tabaco negro y a pensamientos tristes. Nunca escuchaba música y yo creo que nunca cometió la imprudencia de leerse un libro entero. En 1960 se cayó del andamio, estuvo un par de meses en coma y casi tres años de hospital en hospital. Mi abuela contaba que volvió de aquella guerra igual que de la otra: callado y taciturno, mucho más solo, con la calma sin adornos del que ahorra fuerzas para el tajo, con misterios nuevos bailando en las dos luces oscuras de sus ojos negros. Dos olivas mojadas que disparaban recto.

No tenía dinero, no tenía libros y no tenía palabras; liaba los cigarrillos con alguna ternura y los fumaba despacio mirando hacia la nada. Miraba muy adentro y bebía coñac por las mañanas.

Supongo que su vida no fue buena. La guerra, la tierra dura a la que pelearle cada fruto, estériles arcillas y rocalla y, luego, la huida hacia la urbe: la fábrica, el cemento, los andamios, la sucia periferia sitiada por descampados deprimentes; los rezos insomnes a San Jornal Sagrado, el más espiritual, el intangible.

Nunca contaba penas, no sabía. Miraba tan despacio, hablaba tan poquito. Nunca me metió su odio en el cuerpo, si le quedaba odio, ni me legó antorchas sucias que pudieron haberme convertido en un fantasma más de la diversa Santa Compaña que aún ameniza nuestras incógnitas. A lo mejor encontraremos las nuestras, luces y cruces antiguas pero propias que ir llevando adelante. No me dejó en herencia su derrota, tan sólo su recuerdo y, con eso, volvió verdad un poco de la libertad futura soñada en el pasado; tampoco quiso compartir su amargura, la inmensa, la que estaba cada día entre el gesto paciente de sus manos callosas. Qué pocas caricias ásperas dieron esas manos toscas.

Nunca tiraba el pan, se lo guardaba en uno de esos bolsillos ocultos que tienen los abuelos. Desmigajaba más tarde los mendrugos para dar de comer a las palomas grises que acuden a las aceras, lo hacía con prisa, con cierta vergüenza de que alguien lo viese, sin ninguna dulzura, con el mal genio o el silencio mortal en que refugiaba su orgullo o sus perplejidades, ignorándolo todo. No miraba a las palomas, seguía caminando, cargaba con su cruz.

Se murió de puro viejo sin hacer aspavientos, hace apenas un año. Y no quiero, jamás, por nada del mundo, manipular su recuerdo hasta enterrarlo en las mil frases gastadas que todos pueden imaginar, pues tienen corazón y seguramente saben cómo se vuelve el mundo cuando se va marchando la gente que conocemos y amamos de verdad. La gente que nos quiere.

Olga Bernad

viernes 28 de noviembre de 2008

El Cierzo y el suicida


Le oíste trabajar toda la noche

salmodiando razones extrañísimas


Juan Manuel Macías, Interludio en Marte (Azul de enero)


El viento tiene muchos nombres bonitos: el isleño Gregal y los Alisios, el cálido Levante, el Xaloc y el Lebeche cargado de desierto, la Galerna que azota las costas del Cantábrico, el Simún y el Siroco, el Mediodía. A mí todos me suenan a lamento y en todos ellos respira la locura, aunque alguno es tan dulce como la niña eterna de las cantigas llenas de saudade, la morriña de lejos, la tristura del mar azul del norte.

Pero el Cierzo que yo oigo es la voz sin amabilidades, un viento de Mistral, un desbaratador de pensamientos, el frío y seco, el fuerte. Jamás escucha a nadie, revolvedor de hojas, barrendero del mundo; el insensato, el que limpia la cara del cielo en días luminosos e imposibles, el que arrastra las nubes hacia el Este. Con su zarpazo invisible, curte la cara de los hombres que amo, les cierra la mirada, es responsable de arrugas y suicidios.

Es el enloquecido Cierzo de las capitanas sorprendentes y molestas que se estrellan de pronto contra los parabrisas de los coches barceloneses, el creador de brujas a lo lejos, brujas que danzan unos minutos como peonzas de polvo en movimiento sobre la línea rasa del horizonte que parece llamarnos con su esperanza de tierras siempre misteriosas y extremas llenas de mares, tramontanas y gaviotas.

Es tan seco e implacable, tan frío y testarudo, que su empecinamiento parece guardar una rectitud rara, la misma que mantienen los que no se dan tregua ni a sí mismos.

A veces me pregunto si la tristeza sin contemplaciones y el pudoroso desconsuelo que observo en mis paisanos y que siento tan claro y tan adentro, el que convive con la afabilidad cierta y comprobable de la que hacemos gala, con nuestra franqueza y a veces con nuestra alegría, nos lo ha traído el Cierzo o si, precisamente, eso es lo que ha dejado después de llevarse las nubes y el aliento hacia otra parte, soplando sin cesar desde la noche de los tiempos. Porque el día que sopla, no recuerdas que luego va a pararse.

Pienso en la imagen repetida de un hombre encorvado sobre sus propias manos, encendiendo un cigarro sabiamente, guardando el fuego con gesto de caricia; pienso ahora en un hombre mucho más antiguo, refugiado en su desierta soledad de masovero, con la mirada fija en el brillo asustado de la lumbre, en el frágil calor amenazado por el rumor del Cierzo, aturdido por el frío y los vaivenes insistentes de la ventolera, desalentado por la pregunta inmensa que supone la vida por delante. Y el Cierzo que no para. Y entiendo su cansancio por un viento que zoa hasta acabarte, las ganas de dejarse llevar por sus palabras: que no florezca mayo en los jardines ni octubre preocupe a los suicidas. Y me oigo a mí misma disculparle como en sueños: “le oíste trabajar toda la noche, salmodiando razones extrañísimas…”

Olga Bernad

viernes 21 de noviembre de 2008

Ver para creer

Adiós, dulces amantes invisibles,
Siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
Guardad los labios por si vuelvo.

Luis Cernuda , He venido para ver (Los placeres prohibidos)


Yo también vine para ver, vine por esos besos solamente y, como tú has visto, me quedé más de lo esperado entre caricias (ah, las hambrientas y aladas) que sólo se transmiten por la fe. No soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Alguna vez he querido entender lo que sentía; otras, despedazarlo contra tu rostro cierto de miserable amante, el que está al mando de todo lo visible y lo invisible; otras, salir corriendo y, sin embargo, me quedaré a esperar una vez más porque esperarte es permanecer quieta entre tus brazos, los más imaginados, los únicos que tengo cuando escribo, los que abrazan de esa forma invisible las diez letras de un nombre como el mío.

Olga Bernad

sábado 15 de noviembre de 2008

Los lobos del jardín

Nunca supe si el árbol destrozaba la tierra
o si la sostenía la fuerza de su abrazo.
La amaba fieramente; bajo la sombra, el mundo,
y sobre las acacias nos salpicaba el cielo.
Y yo sobre la hierba dispuesta a la batalla,
muerta de miedo y viva, sonriendo a las arañas,
imaginando luces y retirando sombras.
Te quiero hablar despacio cuando acabes conmigo,
más allá del jardín que cerca el descampado
y nos aleja el mar, la brisa, los mendigos,
como si fuese cierto, como si el paraíso
pudiera construirse negando el otro lado.
El otro lado grita y trae ecos feroces,
salta muros de piedra e invadirá tu huerto.
¿No sabes que no viven las flores que no mueren?
No conoces el lado donde todo se pierde,
no conoces mi alma subiendo por el monte,
ladrándole a la luna y mordiendo a sus presas;
no conoces el frío ni el ruido ni la niebla
ni su oscura guarida para pasar las noches
ni la limpia mañana a la que siempre vuelve,
obediente y dispersa, solitaria, salvaje,
corriendo para siempre sobre los mediodías,
olvidándote siempre, para siempre guardándote,
para siempre perfecta frente a su precipicio,
para siempre invisible desde tu voz lejana.
No existe el muro, el cielo, tu risa, las acacias:
ninguna cosa existe desde que no me miras.
La rabia de mis lobos tiene una nube blanca
con su lluvia de ganas de amor y alcobas cálidas.
Desde el centro del pecho respira una campana,
en el centro del llano vislumbro luz y casas.

Olga Bernad

miércoles 12 de noviembre de 2008

Algunos cisnes negros


No voy a hablarles de esos hermosos animales descubiertos en 1.697 por el explorador holandés Willen de Vlamingh, para desconcierto de los maestros europeos que, antes de esa fecha, enseñaban a sus alumnos que todos los cisnes eran blancos, no. Tengamos la fauna en paz, y dejemos a cada cual con su tranquilizador libro de texto bajo el brazo, repitiéndolo año tras año para volver a empezar, consiguiendo que el tiempo fluya mientras algo permanece, aunque sea el error. Tampoco voy a hablarles de Heráclito, no me atrevo.

Resulta que un cisne negro es algo que pasa, algo que nunca podríamos haber previsto y cuyos resultados tampoco podemos calcular. Un hecho matemáticamente improbable, impredecible desde el pasado y de consecuencias imprevisibles para el futuro. Una cosa rara. Su naturaleza viene definida por la manía que tiene de ocurrir. Los cisnes negros ocurren.

Se nos plantan delante de las narices con esa chulería de hecho consumado, mareando nuestra incertidumbre, haciéndole un desplante al concepto de probabilidad. Tienen esa pinta de Peter Pan encantador y canalla, infantil e inaprensible; ese gesto de piernas abiertas clavadas sobre un suelo que es real en alguna parte negada a nuestra ciega y limitada manera de mirar; esos brazos en jarras como de jotera dispuesta a cantar al viento su jota de los incrédulos, deliciosa, irreverente, implacable. Rara.

A toro pasado, cuando ya han ocurrido, hordas de analistas y críticos intentan explicarlos, aplaudirlos, destruirlos, pero sólo encuentran su propia estulticia como arma arrojadiza porque un cisne negro es siempre incontestable.

Si el muchacho que se inventó el Linux hubiese querido competir con Microsoft, se lo hubieran comido sonriendo tranquilamente. Pero se le ocurrió la inaudita idea de enviar un correo masivo que decía: “Hola, muy buenas. Tengo un sistema operativo nuevo y te lo dejo”. Algo así, completamente absurdo. Linux es un hermosísimo cisne negro, pero también los hay de otro tipo. El 11 de septiembre no es sólo una fecha en el calendario, es un enorme y terrible cisne negro desplegando sus majestuosas alas delante del sol y proyectando una sombra inquietante sobre el mundo.

Hay quien considera a Nassib Nicholas Taleb (padre de la criatura “El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable” y de su precursor “Engañados por el azar”) un genio, y quien lo considera un perfecto idiota. Yo no sé cuál es la verdad y no me importa. Sé que los cisnes negros existen, que nunca los veremos venir, que seguirán pasando y que sólo una cosa es condición sine qua non para que ocurran: que alguien, en algún momento y en algún lugar, se atreva a pensarlos.

Juegan con nuestro concepto de esperanza, esa Pandora griega de fama tan incierta, también con nuestro miedo; se mueven tranquilamente sobre los lagos intelectuales del devenir. Los inexistentes dioses de la antigüedad no sabían verlos; el nuestro se mantiene al margen pensando, digo yo, que la joya del libre albedrío no puede salirnos gratis.

Yo estoy fascinada por esa figura. Le rindo tributo como puedo, siempre humildemente: he escrito esto sin haberme leído el libro y sin tener ninguna intención de hacerlo. No me interesa.

No pierdan la esperanza ni vivan tranquilos. Verán al cisne negro cuando el aire de sus alas les acaricie el rostro.

Olga Bernad

sábado 8 de noviembre de 2008

Amores platónicos

Hace pocos días, Iseo y yo hablábamos de ellos. Iseo es el nombre ficticio de una amiga real, compañera de mis anteriores quebraderos de cabeza con las cuentas en la Universidad. Estábamos en una cafetería, poniéndonos moradas de churros, porque hemos sustituido la operación “incierto bikini del verano que viene” por la operación “eterno y lejano bañador negro de manga corta con pareo hasta las rodillas, estratégicamente colocado”, que amplía felizmente nuestras opciones de nutrición. Entre otras cosas, nos preguntábamos si un amor platónico se podía considerar infidelidad. Al final decidimos que no (yo creo que, desde el principio, mostrábamos muy poca tendencia a decidir que sí).

Frívolas e irresponsables, pensará un lector riguroso. Pues sí, tiene razón. Iseo quiso ponerse algo seria: “Depende de si son platónicos porque lo son o porque no queda más remedio”. Hija, qué ganas de fastidiar.

Platónicos o imposibles, la cuestión es que todo conspira para que sean cada vez más seductores: nunca decepcionan porque sólo vemos la perfección distante o incluso el ejemplo, y es fácil imaginar una maravillosa e indiferente sonrisa lejana que llama y llama sin nombrarte nunca. Pero si no nombramos, no amamos.

Voy por la calle, un amigo me mira, pronuncia mi nombre y me coloca en el mundo. Abandono a esa soñadora consentida y soy yo, como yo soy, contenta de verte, Raúl, siempre con ganas de hablar. Y, sin embargo, qué pobre resulta todo otra vez al poco rato, qué ganas de mirar a lo lejos y ver algo, lo que sea, un poco más de confusión.

Esos hombres lejanos y admirados son pequeños dioses a la medida del calendario. Es el hambre de nuestro corazón desquiciado el que construye esos dudosos fantasmas y ese bosque. Lo malo (o lo bueno) es que, de repente, nos parezca que coinciden con algún ser real. Tiene mucho de equivocación, un poco de milagro y otro poco de lamentable intento de meter en nuestra vida cotidiana algo más que el humilde tic-tac del tiempo que se escapa. Son totalmente nuestros. ¿Son verdad?

¿Les pasará a ellos lo mismo? No sólo a los adolescentes, sino también a ese señor del maletín, tan serio y circunspecto. ¿Imaginará, como tú, culpables amores perfectamente inocentes? ¿Dejará que le duelan o lo tendrá todo controlado? Iseo me dice que pare la noria, que ellos son más honestos y sólo tienen fantasías sexuales. Remata la frase poniendo esa cara de esfinge que tanto me intranquiliza.

¿Debemos olvidarlos o alimentarlos? ¿A quién traicionamos en cada caso? “¿Les pasará esto a nuestras parejas?”, se me ocurre decir. “¡Calla, que me muero!”, salta la esfinge, descompuesta. Yo también me muero, Iseo, no me atrevo a preguntar.

¿Tú preguntas? O tú sueñas. Mi amor, no: él me quiere. Mi amor platónico, menos: él nunca hace lo que no debe; por favor, para eso estoy yo.

Olga Bernad

sábado 1 de noviembre de 2008

La isla

No habrá una sola torre en esta isla:
ni la iglesia, ni el faro ni tu alma.
Nada levantará la voz al cielo.
Será la arquitectura de la playa,
la planicie sin fin del mar inmenso,
el horizonte en círculo perfecto
y las luchas de los acantilados
(revolución de espumas y de ahora
que inflama el torbellino de las olas
contra las viejas piedras de los tiempos).
Será la perdición de mi mirada
mi soledad cubierta por el cielo.
No voy a defenderme pero quiero
que me sonrías antes del disparo.

Olga Bernad

miércoles 29 de octubre de 2008

Escrito está


Escrito ‘stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo



Para bien o para mal, hay gestos que se quedan escritos en el alma. En el amor como en la guerra. Me gusta que las palabras se claven en el corazón.

Hoy he vuelto a estos dos versos de Garcilaso porque estoy harta de aleteos vanos, superficiales intimidades que no arriesgan nada, evocaciones a las que no les basta con ser recuerdos, libros de texto y babas sobre palabras que aún guardan algún tesoro. Hasta de mayo con sus flores estoy harta. Saliva envenenada al pasar la lengua por la dulzura frágil de las mejores líneas.

Vuelve pronto noviembre y yo también regreso a los cuatro renglones que se quedaron escritos en mi alma. Vuelvo a mi casa y clavo tacón y lanza. Me gusta estar de pie junto a la puerta.

Olga Bernad

sábado 25 de octubre de 2008

Andábata XXX: Corazón (A piece of my heart)



Es como si ya me supiese mi vida futura de memoria, como si me contasen la de otra, otra que no muerde las paredes ni pierde el oremus aunque sea por dentro. Pero por dentro no importa, decía el psicópata de American Psycho.

Nunca he sabido estar a la altura de mis ocurrencias, esa es la verdad; y tampoco he tenido valor para aceptar a los demás en cuanto se han pasado de la raya. ¿Te acuerdas de Koldo? Sí, aquel chico obsesivo de mirada intensa que tanto te quiso, que tanto lloró. Cómo me asustaba. Tengo que decir en mi favor que él estaba loco de verdad, de los que acaban necesitando un psiquiatra. Recuerdo bien lo que quedaba de él cuando por fin el tratamiento “acertó”. Tan sereno y apagado, tan funcionario probo, tan voy a formar una familia for ever and ever. Sus padres me odiaban. Achacaban su última y más terrible crisis a mi influencia, aunque aquello no era cierto. Puede que nos uniera una extraña conciencia de gremio (Dios los cría, etc.) pero él no necesitaba ayuda de nadie para desquiciarse, lo juraría sobre la Biblia de su madre; en fin, que me animaron a dejarle porque menos novia y más religión era el freno que su hijo necesitaba.

Pobres tontos, pobre de mí; yo no podía creerme que mi Koldo (también pobre), el que me asustaba y al que seguramente tampoco habría tenido el valor de amar hasta el final, se hubiera vuelto un zombi más o menos educado, más o menos tranquilizado, sin obsesiones ni dolores del alma. Me desesperaba la idea que toda aquella fatalidad y aquella fuerza, su especie de locura zambullida en un lago negro y romántico, toda su ansiedad pero también sus más auténticos deseos y por añadidura toda la pena, no fueran una verdad furiosa e insobornable, sino que se explicaran químicamente y se curaran con pastillas de color de rosa y con prácticas médicas que estaban entre la magia y la sospecha.

Koldo, aquel día eras como un animalito al que hubieran extirpado un tumor y el cirujano, avaro de descubrimientos, sicario leal de un gobierno muy legítimo, hubiese hurgado de paso en tu corazón y se hubiese quedado el trozo más sediento, más soñador y anhelante, el pedacito raro que todos tenemos y que tú simplemente no sabías disimular. Sí, creo que los tratamientos se llevaron un trozo de tu corazón y te mataron las ganas incontroladas de vivir y morir y el poder de emocionarme.

Aún te quería por lo que quedaba de ti en tu gesto tranquilo, ahora un poco alelado, de hombre agotado por el amor y la guerra imaginaria y las decepciones. Sólo que esa vez, la última que te vi, no habían acontecido el sexo y las peleas, únicamente existía un doctor de bata blanca y sensateces, un hombre tan prescindible como un asesino en un cementerio desierto, aquel que me sonreía con gesto razonable, tal vez comprendiéndome desde muy lejos pero sin querer oír que era yo la que lloraba por el hermano muerto mientras su amabilidad tranquilizaba a tus parientes. Yo sentía esa amabilidad comprada como una prostitución del amor, como una estrategia de tierra quemada que avanzaba, inclemente y amnésica, por todas las montañas que yo vi sembradas y verdes y a veces también fueron serenas y siempre, siempre habían sido hermosas.

Pero verme retrasaba tu supuesta recuperación, más bien recaptación, el doctor amablemente me instaba a abandonar mis combates y me convencía de que eso era lo mejor para todos. No me fui sin más, te prometo que sufrí. Quise decirle que tal vez un día se le apareciese el mago Merlín para recordarle que, cuando un hombre miente, mata una parte del mundo. Entiéndeme, perdóname, yo no quería acabar también siendo sospechosa de merecer tratamientos intensivos; y tú no respondías, y ya la comodidad y la esperanza se habían instalado en la paciencia y en las cuentas bancarias de tus padres. Años después supe que nada sirvió de nada, aunque ya lo sabía en aquel momento. Al menos yo te hubiese hecho feliz durante un tiempo. Pero entonces era muy joven para enfrentarme a todo eso, era más débil y tú habías dejado de ser tú. Y yo no tenía fuerza sin ti. No sabía qué hacer con toda aquella angustia.

Por eso me volví a casa sabiendo que no volvería a verte, indigna de mi propia historia, buscando la asfixia del aburrimiento y las mismas calles de esta ciudad. Preferí avanzar hacia atrás (hoy es ya costumbre), regresar para permitir que otra vez la vulgaridad sucediera a un tiempo encantado. Que mi perro me lamiera las manos, que algún chico más normal me besara la frente, que también mi médico me diese de vez en cuando pastillas de colores normalizadoras de lo desconocido, el latido desbaratado de todos los trozos de mi corazón y el vértigo gris de los días que se repiten y se repiten.

Olga Bernad

viernes 17 de octubre de 2008

La dureza

He encontrado en el suelo una esmeralda falsa
y la he mirado.
Ella vio desde lejos el brillo de unos pasos
y vigila.
Ella sabe que nunca
escuchará violines en el aire
y que jamás despegará del suelo.
Sé que su bienvenida
es sólo una serpiente de sonrisa y siseo
y yo siento vergüenza de mirarla,
vergüenza de latir como campana,
miedo invisible a dar un paso en falso.
Sin embargo,
el anillo que brilla entre mis dedos
me recuerda tus versos,
su rotunda verdad y su silencio,
su recta y simple frase,
la alegría redonda de metal bien templado,
la dureza
de la luz más perfecta sobre el rostro.

Olga Bernad

martes 14 de octubre de 2008

En un Simca 1.200

Mi padre tenía un Simca 1.200 más bonito que un San Luis. Un Talbot Simca 1.200 L S. Sustituyó a un Seat 600 verde guindilla que ya era milagroso: en él pudo llevar a la playa a su mujer con sus tres hijos y la suegra, junto al equipaje para todo el mes de agosto. Pero cuando llegó a mi calle conduciendo el Simca, para mí fue una aparición. Aquel coche blanco con techo negro era grande y nuevo como los de la tele, no como los de mis vecinos, qué va. Nos duró hasta principios de los noventa y nos llevó por toda España y parte del extranjero. Siempre con abuela dentro, y a veces con abuelo.

Mi abuela devanaba sus recuerdos en los viajes. Para desesperación de mi padre y deleite mío, miraba blandamente por la ventana y no paraba de hablar. Mecida por los paisajes, escuché mil veces que tuvo un padre maestro, un gramófono y, desde la guerra, muchísima tristeza. La guerra fue un hachazo sobre sus veinte años. Había un novio muerto, una madre muerta, muchos vecinos muertos y dolor y mezquindad por todas partes. Un definitivo adiós a la juventud tal y como hoy la entendemos (o lo que sea que hagamos). Mi abuela tenía pocas cosas. Tenía un pueblo abandonado, en ese Teruel más duro que las piedras, al que aún íbamos con frecuencia para visitar a mi tía Joaquina y ocuparnos de cuatro viñas. Tenía también una inmensa capacidad de afecto y consuelo y unas emociones que mezclaban sin remordimientos lo práctico con lo sentimental. De hecho, mi tía Joaquina no era tía carnal, era “sólo” amiga suya; pero yo me enteré de eso mucho tiempo después, cuando no pudo valerse por sí misma y mi madre se la trajo a casa porque ya no le quedaba nadie. Nunca me había parado a pensar en los lazos familiares (es que en el pueblo te lías con tanto pariente). Ella siempre la consideró de su familia y punto. Y ese punto era tan tajante que todo el mundo pasó a considerarla así.

Además de esas cosas, mi abuela tenía frío. Cuando el Simca maravilloso de mi padre dejó de ser maravilloso de puro viejo, comenzó a hacer maravillas distintas: se le encendía la calefacción en cuanto lo ponías en marcha, vaya usted a saber por qué, y ella era la única que aguantaba como una jabata los viajes al pueblo en pleno verano. Hasta ese punto era friolera, la pobre. Y mi padre aguantaba mecha, calefacción, manías de su suegra y opiniones de su suegro, falangista voluntario, mientras pensaba en su propio padre, voluntariosamente socialista. Eran unos viajes maravillosos como el Simca.

Mi abuela es sus toquillas y el gesto de recogerse, y unas cuantas frases que el tiempo ha convertido en clásicos memorables. Toda mi infancia oyéndola decir, pegada a la estufa: “Hija mía, a ver si nos tocan los ciegos para poder comprarnos un piso con calefacción”. También llegó un momento en que mis abuelos no fueron capaces de vivir solos y vinieron a casa de mis padres. Por entonces, ya hacía años que teníamos calefacción. Y hasta aire acondicionado les pusimos, esos aparatos productores de corrientes asesinas a los que siempre miraron con desconfianza. A mi abuela la memoria se le fue volviendo rara, pero se le quedó la costumbre de sufrir. Mi padre en navidades: “Hala, señora Presen, cuéntenos penas”; y ella: “Ay, no os riáis de mí, que al año que viene ya no estaré”. Eso, todas las nochebuenas de mi vida. Hasta el año pasado, que fue verdad: no estaba. Porque la suegra de mi padre siempre acababa teniendo razón. A mi abuelo se le rompió el débil hilo de seda que le sostenía y se murió al mes siguiente. Y yo, que miro atrás cada vez con más nostalgia, echo de menos hasta las lágrimas las letanías de ella y los silencios de él, me arrepiento de lo que nunca pregunté, les respeto por lo que supieron no decirme. Me asombro porque ya no veré más la mirada húmeda y feliz, inconfundible, con que nos acarician los que nos quieren siempre y nos quieren gratis.

Mi padre pensó en dejar el Simca en una de las viñas, allá arriba en la sierra, para resguardarnos si llovía durante la vendimia o la poda de los sarmientos. No me hubiera gustado verlo pudrirse bajo el frío de las heladas negras de esa tierra implacable, no me hubiera consolado poder meterme en él. Tal vez era mejor mandarlo al desguace, permitir que las cosas descansen en los cementerios adecuados y los recuerdos no se vuelvan fantasmas. Al Simca le siguió un Opel Vectra que ahora es mío y ya está para el arrastre. No sé si encontraremos maravilla con que sustituirlo. No sé qué pensarán mis hijos cuando crezcan.

Olga Bernad

jueves 9 de octubre de 2008

De la tristeza

No quiero que mi tristeza sea la conversación inútil con esa hermana tonta de la felicidad con la que casi todos jugamos cada día. Ni el mentiroso espejismo de lucidez de algunos sabios, cuya sabiduría me importa tanto ahora como que una pequeña mariposa mueva las alas en Nueva York y se desate la tormenta en otro mundo. No quiero saber cosas ni entenderlas, quiero montarme en un tren lento y marchar hacia un país maldito o bendecido donde me espere un poco de belleza. Y no quiero dejar la misma estela de amargura y renuncia vista tantas veces; no quiero que al final los sueños no cumplidos se conviertan en hambre amarga y atrasada, ni la vida en un lobo cruel y cansado que acecha presas fáciles. Si pudiese elegir, preferiría matarla con mis propias manos. Quiero mirarla flotando sobre el agua, sin ninguna impaciencia, como una dama blanca muriendo para siempre sobre un río. Sin nada que la dote de contenido preciso; sin nada que la atrape. Quiero guardarla así. Quisiera protegerla.

Olga Bernad

domingo 5 de octubre de 2008

Lo que tardamos en olvidar un nombre

Lo que tardamos en olvidar un nombre
que no ha dejado nada entre nosotros,
ese demoledor segundo en blanco
asesinado por nuestra memoria,
sólo ese tiempo muerto del olvido,
ese pequeño instante que perdimos
una y mil veces
en mil sinsentidos,
vendrá y se vengará cuando no queden
ni segundos ni arena en los relojes;
vendrá para gritar, para callarse,
para quedarse solo y guarecerse
bajo el toldo golpeado por la lluvia.

Debí pensar en ti, tú me ofrecías
un poco de verdad entre la nada.

Y la lluvia que insiste en la memoria
acunará en los golpes cada letra,
pronunciará mi nombre y el recuerdo
se quedará sentado en esta calle
en la que hoy pienso en ti.

Olga Bernad

lunes 29 de septiembre de 2008

La terrible virtud de ser inolvidable



Noches hubo en que me creí tan seguro de poder olvidarla

que voluntariamente la recordaba. Lo cierto es que abusé

de esos ratos; darles principio resultaba más sencillo que

darles fin.

Jorge Luis Borges, El Zahir


Moneda o ser amado, poema o canción, tigre rayado o sable poderoso, el sujeto que atrapa nuestro pensamiento juega con nosotros. Somos su presa y nuestra mente el lago azul o negro en que su imagen, su concepto, su voz o sus palabras se repiten y doblan, se reflejan como si fueran ciertos mil veces, vuelven a ser y siguen siendo hasta convertirse en obsesiones. La cordura, los horarios, las frases hechas y la filosofía, todo lo razonable, sólo son piedras lanzadas inútilmente contra la superficie del lago, intentos infantiles de hacer desaparecer la imagen impresa en el deseo o en el alma. Sólo es cuestión de tiempo que el agua lisa vuelva a reflejar lo que quiere y sepa ser espejo de nuestros pensamientos.


A veces el camino es perderse en ellos, zambullirse desnuda en el estanque ciego, repetir un nombre hasta que no signifique nada. Gastar el Zahir a fuerza de pensarlo, decía el maestro. Pero el Zahir es lo inolvidable, y lo inolvidable puede enloquecer. Detrás de cada ser inolvidable (el notorio, el visible) Borges intuía la existencia de Dios, quizá para consolarse. Por eso al decir “Zahir” pronunciamos uno de sus noventa y nueve nombres.


Cada obsesión es un trozo de amor destartalado, el reflejo imperfecto y tenaz de una arquitectura que sabemos perfecta, un barco que se hunde para siempre, una caricia o un zarpazo de inmensidad que no cabe en la cabeza. Pero es un poco de inmensidad, la sombra de la rosa.


Olga Bernad

Nota: La imagen es cortesía de Mª Teresa Gómez Puertas, fotógrafa zaragozana integrante del Circulo Fotográfico de Aragón . Fue publicada en su blog el 15 de junio de 2008 con el título Reflejo de la Casa Mateus (Portugal)

jueves 25 de septiembre de 2008

Noche de otoño

Hoy quiero un beso largo
y una lengua perdida por mis manos,
quiero morderte el cuello
y jadear adentro de tu aliento.
Quiero quedarme quieta sobre el mundo
y moverlo al compás de lo que siento
y agotar las reservas de tus venas.
Quiero que busques algo sobre mí
como si realmente
pudieras encontrarlo.
Sólo más, nada más, y tan aprisa
como se escapa el cielo
en una interminable borrachera;
tan despacio como se acaba un árbol
bajo los mil mordiscos
de las heladas negras.
Más luz, más paz, más tercas melodías,
más sed y oscuridad sobre mis piernas,
zarpazos de lamentos y caricias,
recuerdos imperfectos de otra vida.

Y al final quedarán entre tus dientes
mis labios recordando
lo que dices en sueños
y mi piel inventando lo que sueñas
a golpe de caderas y de estrellas.

Olga Bernad

domingo 21 de septiembre de 2008

Belleza y compasión

Aunque la compasión goce de mala prensa, esté reñida con la altivez y todos los parapetos que ponemos ante el mundo y aunque siempre digamos “no quiero que me compadezcas”, yo creo que cada vez que hablamos pedimos compasión. Está en nuestras plegarias y en todos los deseos.

Hacemos mil cosas para sobrevivir y proteger nuestra débil presencia entre los otros, algunas muy raras. Pensamos mentiras, cuentos, dioses, ciudades y normas, historias de amor. Muchos dioses inventados son crueles y hermosos, indiferentes, tal vez porque fuera del sentimiento puede comprenderse mejor la pureza, algo sin mancha que se mantiene a salvo de la vulgaridad, algo más alto que nuestra miseria, ajeno a nosotros y, sin embargo, algo que llena ese frío espacio de nuestra imaginación en el que parece resguardarse una cierta belleza, altiva y solemne, inaprensible pero viva.

También el Dios que nos alumbra fue imaginado a veces como un dios terrible y solamente perfecto, desdibujado por el tiempo en su mandorla, el pantocrátor lejano e inaccesible que señalaba la justicia con su dedo vengador y misterioso. La bendición del poder. Necesitamos la justicia tanto como la belleza, pero el miedo de los hombres tiene límites hechos de tedio e inconstancia y, sólo vestido de justicia y castigo, sólo lejanamente bello y terrible, sólo poderoso, le hubiéramos olvidado o convertido en literatura.

Creo que Dios sobrevive porque está cerca y se compadece, y porque en todo momento puede haber alguien que lo sienta así, tan cerca que se mete en el corazón.

Olga Bernad

lunes 15 de septiembre de 2008

Ejercicio literario nº 29

Cuando alguien me cuenta una tontería y no sé qué decirle, acabo sugiriéndole que la escriba. Es una de las muchas vilezas que cometo. No he encontrado persona que no crea que la actividad continuada e insignificante de su memoria atribulada, o de su corazón, o de su metafórica conciencia, merece la verdadera pena de ser puesta por escrito. Me incluyo en la fiesta de la confusión con el agravante de que a mí no hace falta que me lo sugiera nadie. Con el tiempo he intentado que en el ejercicio de la escritura haya un entendimiento más o menos cordial entre el vómito y la belleza. Es lo único que puedo decir en mi favor, aunque no sé si es mucho.

Pero a veces hay sucesos (o incluso textos) con los que nos topamos y nos obligan a ir más allá, o tal vez a pararnos. Pararse a pensar sobre la palabra, como haríamos en una iglesia silenciosa y vacía, a solas con la luz, apoyados en la sombra de los muros, es un acto de honestidad y valentía. Mantener el valor es otra cosa. Apenas salimos al ruido y al frío, los mismos vicios amables nos circundan. Siempre vuelvo a fumar, siempre quiero dejarlo. Y siempre vuelvo a escribir. Pero no he conseguido ir más allá de lo evidente, me da mucho miedo que no haya final ni caminos de vuelta ni entendimientos cordiales con los que consolarse.

Me da pánico andar por la llanura helada de la estepa que tengo en la cabeza, totalmente visible y expuesta, sin abrigo, sin carpeta a la que agarrarme, sin amores que sonrían, sin tabaco.

Olga Bernad

martes 9 de septiembre de 2008

Apuesta



Cuando ellos empezaron a tocar, yo tenía 15 años. Con el tiempo me fueron gustando aquellos rockers sin complejos a pesar de que mi novio hablaba muy mal de ellos, porque mi novio era mod. Pero, entre Quadrophenia y Quadrophenia, sus canciones se metieron en mi memoria y yo me las guardé en el corazón porque tenían la misma tristeza y la misma rabia que siempre me acompañaban; también la dulzura y un desencanto que a veces era amable y hasta gracioso y, otras, sólo absurdamente desolador. Sin demasiadas pretensiones pero con más seriedad de la previsible, esas canciones comenzaron a crecer e incluso flirtearon con el éxito. Aquélla era una época falsamente inofensiva, y la libertad y el placer que parecían infinitos y nos condenaban a vivir, como la primera juventud, como el mareo agradable de una borrachera, acabaron por convertir en verdad los peores presagios. Tal vez perdieron su apuesta, no lo sé. Tal vez no iban a ningún sitio.

Cuando leí en el periódico la noticia de la muerte de Mauricio Aznar, comenzaba el otoño del año 2000, aquel año que apenas meses antes sonaba a futuro impredecible y pasó a ser historia melancólica con la misma normalidad de cualquier otro. Me sorprendió lo triste que me puse, me entristecí como si se me hubiese muerto alguien conocido. Me pareció que todas las calles del barrio envejecían y mostraban la verdad: que el tiempo y la ciudad eran asuntos sucios y yo una mujer de treinta años que empujaba por primera vez un carrito de bebé. Definitivamente, las cosas eran como eran y en cada paseo iba dejando atrás la juventud inmortal e interminable y las canciones que habían sido la banda sonora de una especie de adolescencia inacabada.

Pero se había acabado mucho tiempo atrás y ya nunca iría solamente donde quisieran mis botas, ya nunca escaparía de la vida: estaba atrapada por el amor más tierno y más real que existe. Sin embargo, una chica morena y furiosa, infinitamente sola y confundida, me miró con rabia y con desprecio, con el gesto beligerante de su elegida vuelta atrás. Y no la he vuelto a ver. Se largó hacia el mar, seguro, porque al Este del Moncayo sólo hay sed y el desierto para correr. A veces quisiera mandarle violetas a alguna dirección inventada.

Hacía demasiado tiempo que todas las advertencias iban en serio: nosotros también nos moríamos y yo acunaba a mi hijo; y ya no estaba hecha sólo de futuro y ganas, tendría que haber un sitio para el deber, las renuncias y las despedidas. Y para tragarse la tristeza que no se puede confesar. En aquel momento seguí tomándome el café como si nada. Mi madre nunca supo quién era ese chico, todas mis amigas estaban trabajando y mi hermana se había marchado ya. Luego fui caminando hacia el parque de La Granja, me senté en un banco a esperar que Víctor se durmiera y estuve un rato llorando tranquilamente, pensando apuestas que ganarle al porvenir.

Olga Bernad

Nota: Más birras fue un grupo de rock zaragozano que existió de 1985 a 1993, liderado por Mauricio Aznar. La canción Apuesta por el rock and roll fue incluida en su mini LP Al Este del Moncayo.

miércoles 3 de septiembre de 2008

No volver

Si ahora no pudiéramos volver
ni querer ya pensar la luz o el alba,
tampoco este silencio mataría.
Tal vez sea mi casa esta locura:
las frescas gotas sobre la garganta,
la luz ausente y, fuera, la tormenta.
Y Dios dormido, triste y olvidado.
El placer del recuerdo y las miradas,
la larga noche, la palabra nunca,
el tiempo que se muere en cada gota
con su temblor de lágrima que arde
y quiere recordar algún deseo.
Son pequeñas las llamas que me lamen
la cara y las palabras, y me dicen
que es tan duro apagar alguna hoguera
como dulce dejarla que se extienda.
Era cuando quemábamos el campo
y no nos importaba la cosecha,
ni el humo ni el dolor ni la tragedia.
Tan sólo verlo arder, el campo ardiendo
y la hoguera salvaje de mi alma
limpia como esas llamas sobre el campo,
incapaz de pudor, ardiendo en calma.

Olga Bernad

viernes 22 de agosto de 2008

Las reglas del desierto



A muy pocos kilómetros de Zaragoza comienza un desierto grande y raro. Los Monegros, los olvidados Montes Negros de mi alma, el único paisaje que es realmente mío. Estepa que contempla con la misma vieja indiferencia los diez grados bajo cero que los cuarenta grados a la sombra, cuando hay alguna sombra que llevarse a la cara. Por encima de la tierra devastada, por debajo de un cielo incontestable que parece asolar toda esperanza y muy lejos de benévolos paisajes, rebulle un hervidero de vida y de silencio, una extraña manera de agarrarse a la dudosa suerte de estar en este mundo. Hasta esa consideración es gratuita, un exceso de niña malcriada. Ni un gesto de más ni un ademán de menos. La seriedad que quiero habita en cada araña y en cada una de sus telas densas y resistentes, tan engañosamente delicadas que, cuando llueve, atrapan el agua más violenta con su fuerza flexible y forman collares alambicados, propios de una princesa a la que nadie espera (pues no hay nadie esperando y quien no espera sabe que no sólo no existe esa princesa, sino que nunca viene a este desierto). Abalorios de perlas de agua sobre los hilos hechos en sus entrañas negras: los collares de lluvia y telarañas son joyas para nadie.

Pero no hay raíz más tenaz, ni romero más intenso, ni manzanilla más pura, ni tomillo más fragante que éste que sobrevive entre la nada, con una aristocracia de planta olorosa por derecho propio y de sangre tan azul como el reflejo del imposible verde de sus hojas, que no llegan a ser exactamente hojas, sino filos estoicos de olor denso. Cuando quiero tener entre mis dientes un poco de pureza sin contradicciones, muerdo siempre una fruta de secano. Su esfuerzo no es inútil ni orgulloso, es la increíble pulpa fabricada con sed y con sudor, bella porque sí y punto (a veces muerto).

Y junto a todos los puntos muertos del camino, junto a las arañas y las princesas insubsistentes, hay a veces chillones girasoles de estío, ejércitos vencidos en otoño. Los extraños fardachos vigilan sus derrotas, vestigios del estupor de aquellos inmensos dragones de los cuentos, que se han hecho al tamaño de la supervivencia; lagartijas de medio kilo, impasibles y lúcidas, con su algo de mercenarias y de bestias comprensivas que leyeron a Arquíloco y sueltan sus escudos sin dar explicaciones porque la vida es siempre lo importante. Y no tienen remordimientos pero tampoco ganas de ironías. Los fardachos de aquí entienden hasta la saciedad y hasta la soledad más absoluta ese ritmo del hombre que Arquíloco cantaba, yo lo creo, pues saben cómo tratarlo: se esconden ciegamente de sus pasos. Y nunca se entristecen demasiado ni entienden la alegría sino como una loca extravagancia de los que tienen tiempo y paisaje para ensueños más bellos que la vida, y acaso más importantes que mantener el corazón en marcha hasta que no se pueda y por ninguna otra razón dejar de hacerlo.

Cuando la escasa lluvia se convierte en tormenta, en tromba de agua o pedregada infame, este cielo vuelve a inventar un gris que nunca habíamos visto, un agujero profundo y asustador de buitres y de quebrantahuesos audaces que han olvidado serranías y alturas y planean por estos enormes descampados de nubes. Ese cielo lleva en sí su amenaza y su paciente fin del mundo y se burla del temor de los vivos con alguna esquina que brilla claramente por un sol irreal de puro intenso. Las águilas reales lo acarician, y sojuzgan desde arriba la inquietud que su sombra produce sobre el llano. El cielo agita el miedo de conejos y zorros esteparios. En el cielo entero vive el desconcierto del más y el menos y la certeza de que quien manda, manda. Y el cielo manda sobre los Monegros.

Si me da la tristeza y la manía grandilocuente de hacer poemas, recuerdo que yo también soy de esta tierra y que no hay que llorar más de lo imprescindible. Me miro en el espejo y me sonrío, sin mucha confianza y sin pasarme, el gesto suficiente que te afirma y te dice quién eres entre mil quinientas dudas

A veces imagino que un predicador absurdo, escapado de una película del oeste y de alguna religión falsaria, con su levita negra y su barba extranjera, va paseando su biblia por este hermoso infierno con la excusa de dar esperanza a las arañas. Pero ellas están tan inmunizadas contra la esperanza como incapacitadas para el desconsuelo. Bajo las piedras, los alacranes se aburren de escucharlo y las culebras más descreídas del mundo esperan que anochezca. Y sobreviven no se sabe bien cómo, pues todas las rendijas de las catedrales de arena donde se esconden y el suelo donde encuentran sus humildes guaridas, no cuentan con la protección de raíces suficientes que sujeten la exagerada bendición del golpe de agua. Y entonces, tristemente, la tierra se hace barro y sus rendijas, antes de dilatarse y encharcarse, se tragan esa lluvia y se la llevan hacia capas inútiles y profundas mientras la superficie de su piel se dispone a agrietarse nuevamente. El charco se hace barro; y el barro, tierra prieta, porque el sol, tan atroz como el cielo y todas las tormentas, insiste en caer de lleno sobre las humildes llanuras sin defensas. Llanura impenitente o suaves lomas que jamás se atreven a contestar al cielo y nunca terminan de levantar sus picos hacia el viento.

Mirada desde lejos es una inacabable tortura horizontal de tierra seca; desde cerca, una piel llena de arrugas hondas, un rostro del que alguien expulsó la vanidad a navajazos largos. Pero en su dureza es una tierra viva y dignamente amarga, con su monotonía desmentida con razón matemática por cerros bajos y barrancos, por las praderas de amapolas en mayo y su mar amarillo de hierba seca en los veranos; por los curiosos tonos de la muerte fingida y el frío arrasador en los inviernos. Para quererla bien hay que mirarla muchas veces. Y hay que pensar en ella. Recordarse en la magia imbebible de sus balsas, paraísos de ranitas alegres a montones, remansos de agua y limo que alguna vez saben a sal y confunden otras lluvias más dulces.

Adoro esta tierra, la quiero con toda mi alma, me rompe el corazón y me desquicia y, al mismo tiempo, guarda la única paz que tengo. Más terca que las flores del desierto, de ahí nace la raíz que me sujeta. Y en ella encuentro la infinita paciencia y el extraño consuelo que me ofrecen sus ermitas perdidas. Cómo decirlo y enviar de viaje hacia los otros esta caravana de sentimientos, caravana sin sedas ni camellos, sin dunas y sin príncipes, sin cuentos orientales que distraigan su ritmo limpio de latido y nada más. Pero también, sobre todo, sin traicionarla y convertir mi amor en otra cosa: el absurdo orgullo de patriota de pueblo que me canso de ver y jamás siento.

De aquí partieron muchos peregrinos hacia Roma, puede que demasiados, y no siempre volvieron. El horizonte sigue siendo una larguísima pregunta y el mar una neblina suave que invade de vez en cuando el pensamiento, una furia distinta o una brisa mojada que es verdad allá lejos, donde la bruma malva y la ternura. Yo sueño con el mar desde esta tierra, y el mar es más azul desde la norma rigurosa, las implacables reglas del desierto y sus inexistentes trenes a la nada.

Olga Bernad

Nota: La fotografía es de Fernando González Seral, a quien agradezco su cortesía por permitirme utilizarla para ilustrar el texto. Fue publicada el pasado 29 de marzo en su blog Los Monegros.

miércoles 6 de agosto de 2008

Mil gracias

Mil gracias a Juan Manuel Macías por dedicar su lectura de verano del lunes, en la web de DVD Ediciones, a esta modesta bitácora.

Me he decidido finalmente a reflejar aquí su cortesía, a pesar de lo sano que me parece huir de la autocomplacencia y de todos los demonios, porque la sección Lecturas de Verano en la citada página tiene algo de oasis en medio del desierto y del calor, y cuenta cosas que les interesarán con seguridad, más allá de esa amable referencia a las Caricias Perplejas.

Aunque la verdad es que también lo hago, compréndanme, porque yo no estoy acostumbrada (por decirlo de alguna manera) a leer cosas así sobre mí y porque estoy más contenta que unas castañuelas. Y mucho más perpleja que todas mis caricias juntas.

Gracias, Juan Manuel.

Olga Bernad


miércoles 30 de julio de 2008

Agosto espera

Cuando sea muy vieja y esté triste
recordaré veranos de mi infancia.
El mar era el milagro repetido,
lejana imagen del azul paciente
sobre agosto, que siempre volvería,
aparición tras largas carreteras,
deseo entre la niebla del invierno.
Más alto que esa niebla y aún más lejos
que el frío y las aceras destrozadas
donde duermen por siempre mis amigos,
flotaba agosto y el olor a brisa.
Yo flotaba en el agua cada agosto
y soñaba que el agua me llevaba
hasta el final del mar, hasta las calles
de todos los inútilmente ahogados
sin fuerza ni palabras, sin excusas.
Y me alejaba hasta el final del agua,
aquella línea al límite del cielo
donde empiezan los monstruos o se acaban,
aquel otro lugar que estaba al fondo.

Siempre supe que no me dejaría
(y era dulce y profundo abandonarse).
Ya sabía que el aire nos retiene
y es nuestra esclavitud la que respira,
respira al Sur, tan quieta sobre el agua,
jugando a ser un muerto que suspira
y flota y nada y llora contra el agua
y se deja llevar, pero es mentira.
El corazón explota más al fondo
y dócilmente elevas la cabeza,
fieramente respiras y respiras,
respiras obediencia y mediodía:
el salitre de agosto en las heridas,
el ruido de la playa en la memoria,
la vida que te llama y que te nombra.
Me nombra a mí, arena en la mirada
y seguir y salir y hablar con gente
y soportar el peso de mi alma.

Cada agosto marcaba una frontera.
La trinchera del mar se hizo pequeña.
Ahora sólo recorro las mareas
de la danza del mar sobre la tierra.
Y cada agosto acaba en la tristeza,
en el adiós al mar que siempre espera.

Olga Bernad

miércoles 23 de julio de 2008

Jazmines sobre el mar

El perfume es una de mis pasiones. No son simples ganas de oler bien, qué va: yo quisiera perderme entre las flores, las hojas y los tallos, sin olvidar cortezas, maderas y raíces, ni tampoco las frutas, sin apartar semillas ni resinas. Yo sé que estos excesos no se llevan, pero a veces con nada tengo suficiente, y me siento exiliada de un mundo loco donde se impone la preocupante tendencia hacia una frescura fácil casi totalitaria. Es falsa y sintética y es sólo un producto de nuestra imaginación adulterada por el merchandaising y el purchaising. Ay, ese olor a mandarina, a chicle de melón, tan agradable y poco arriesgado como la gaseosa de los experimentos, tan mentira de sólo fruta fresca y de lo que no soy que me exaspera. Está muy bien la mandarina, pero no es eso, como decía Ortega y Gasset y, si no lo decía, debería haberlo dicho. No es eso, una mujer no es sólo algo sencillo y agradable. Después de perderme entre las flores, quisiera encontrar para todos los días un perfume natural y delicado, sin la confusión de las maderas de oriente pero con su inconfundible intensidad y su dulzura poco acomodaticia, una estela perceptible que me guste de verdad y que quiera llevar sobre la piel.

De todos los olores que recuerdo y que alguna vez llegaron a mi cerebro a través del misterioso sentido del olfato, siempre acabo eligiendo uno como el que elige un amor cuando es muy joven, sin importarme nada más que el hecho de querer tenerlo a él entre otros muchos. A mí me gusta oler a jazmín. Ahora mismo huelo a jazmín. Y es muy complicado encontrar un buen perfume de jazmín.

Antiguamente, para las flores delicadas como la que nos ocupa, se empleaba un sistema de extracción con disolventes volátiles, con éteres de petróleo bien rectificado. Se diluían las sustancias olorosas y resinosas de las flores hasta obtener la concreta, un pan que luego se depuraba para llegar a la absoluta, la esencia purísima, densa y viscosa, que ninguno de nosotros olerá jamás. Las flores de jazmín han desaparecido en Liguria y en la Costa Azul, dicen que sobreviven en Sicilia a pesar de la competencia de Egipto, pero cada vez se cultivan menos y los sintéticos reproducen de modo muy imperfecto este perfume. Oler esa absoluta sería insoportable; y un perfume derivado de ella, un lujo fugaz tan misterioso y ya imposible como oler el brento o tocar la piedra filosofal de los alquimistas (me la imagino volviéndose polvo blanco entre mis dedos, nada más rozarla). No volverá el despilfarro encantador de los franceses, cuando en 1870 y debido a la carestía, requisaron al perfumista Lubin todos sus aceites de jazmín para cocinar las pommes frites.

Mágico y dudoso, el perfume. No es difícil comprender a las mentes más puritanas y toda la resistencia a caer en las garras de su embriagadora naturaleza que, adelantándose a la propia presencia, parece hablar de una cierta disponibilidad de quien lo lleva para el placer de los sentidos. Porque es sutil e impalpable pero muy real, y subraya lo visible y lo invisible. Yo he acabado encontrando uno muy bueno. Los perfumes son una de las pasiones que pueden comprarse y dejan que el dinero participe del amor. Son tan inequívocamente sensuales que resultan muy difíciles de imaginar, eso es lo malo: los tienes que tener. Pero, una vez pagado el precio, se entregan con su generosidad de frasco abierto y saben hacerte disfrutar.

A pesar de todo, el amor sigue siendo gratis y yo amo los perfumes. Cuando mi presupuesto está lejos de los exactos jazmines que prefiero, no caigo en el desconsuelo, ni hablar, porque mi vocación de fidelidad hacia mis pasiones me lleva a disfrutar del perfume en todas sus posibilidades. De todos los componentes ya nombrados al principio, se obtienen no sólo aromas sino hermosísimas palabras mezcladas en uno de mis desbarajustes preferidos lleno de cedro, sándalo y aloe, lavanda, menta, romero, la rosa centifolia que es de mayo, la yerba moscatel, mi jazmín y las flores del naranjo; escuchen: jengibre, cálamo aromático, angélica, saxífraga (por Dios), bergamota y anís y nuez moscada, y también petitgrain, canela china, mirra e incienso. Y la antigua raíz del vetiver y el rizoma del lirio florentino. No me digan.

Esa borrachera de perfumes en palabra suele darme ganas de brisa marina, de aire para limpiar mis límites (que existen), pero estoy tan perdida que todo el ancho mar, tan suave y tan lejano, ya no me llevará a palabras frescas sino a caricias o zarpazos de olas tan bellas como el lenguaje de la marinería, como jarcia, ese áspero amor, junto a noray, tan dulce como una isla del Pacífico o una princesa prometida o más: Noray, Reina del Catai (no me digan) seguramente perfumada con almizcle. Ese lenguaje y sus obenques, sus drizas, sus escotas e incluso sus amantillos. Los tangones y la baluma. ¿Y la botavara? ¿Y la fogonadura? Y las gazas de los cabos de amarre, que se encapillan por seno; los barcos que recorren la bordadura, ciñéndose, sí, mientras no cambien de amura. No, no me digan. No saben lo que es eso para una chica de secano. Y el primer verso del Himno a Venus de Jaime Siles “Amor entre las jarcias de un velero”, y el último para volver siempre al perfume: “…gimen gemas de jades y jazmines”. En fin.

Olga Bernad

jueves 17 de julio de 2008

No me dejes caer


Soy presa fácil de las tentaciones
y no sé si soy totalmente mala
o el placer me sostiene y me condena
al país triste de los arrepentidos.
Dentro de eso, soy de claros límites,
piadosa cumplidora de algunos mandamientos,
devota y mendicante de muy pocos deseos:
ni traicionar la gracia por un poco de amor
ni tan siquiera
traicionar el amor por cobardía.

No caer en la conspiración de la prudencia
ni aceptar nunca el calor de la vergüenza,
polvo heredado de miradas de otros,
que me llene de arena los bolsillos
y me empuje hacia abajo,
hacia la nada,
que ensucie de ceniza mi casa, mis vestidos,
las sábanas que guardo y acaricio,
como si fueran prendas de ellos,
los que saben decir una y mil veces
“estaba escrito, todo es así y tú eres como todos”.
“Y él también, también es como todos”,
nadie es mucho mejor y no me importa,
no me importa ahora mismo no me importa,
ayúdame a quedarme levantada
leyendo oscuros mapas, levantada,
mirando tercamente las murallas,
porque la verdad es que ya sé
que tienen la razón y que si alguien
me viera con cuidado no podría
seguir disimulando el desencanto
que acabará con lo que siento mío,
ni las ganas de darles su razón
con el gesto preciso del que entrega
las llaves tras rendir la ciudadela
inexistente y sola, hermosa y sola,
y, tenebrosa y sola, se encamina
hacia la plaza gris llena de gente
para sentarse en el bordillo
y charlar otra vez de cualquier cosa
como si le importara
(no me importa ahora mismo no me importa)
y nunca me importó, eso es lo cierto.
Pero he ido y he vuelto varias veces,
vacía de alegría y de entusiasmo,
también vacía de rencor u odio
pues de nadie es la culpa de que nunca
estuvieras entre ellos.

Y he vuelto sola, sola, sola,
y sola aguantaré si tengo fuerzas,
sola llorando o sola imaginando,
sola rezando, sola resistiendo,
pensando que tal vez te complacía,
suplicándole a Dios que se moleste,
que sea verdad que existe y cuando muera
no esté sola otra vez
y para siempre.

Olga Bernad

domingo 13 de julio de 2008

De Profundis

Creo en los hombres desesperados, no encuentro otra manera decente de estar en el mundo. Y me parece admirable que la misma lucidez que les lleva sin remedio a la desesperación, no les lleve también a una impaciencia más simple, y ésta no los venza, y no todos escojan una metralleta y una secta entre la variada oferta del mercado para ahogar su angustia solos o en compañía de otros, sino que algunos todavía hagan poemas, crucigramas, juegos de salón, malabarismos o se aventuren a tener descendencia. Y hasta de vez en cuando sonrían. Y a veces amen y anhelen, como yo, las cosas más peregrinas. Encuentro una cierta grandeza en esa resistencia entre pueril y heroica a caer totalmente en el error, a emborracharse de miseria y olvidar, a entregarse por completo a una maldad más fácil que la nada. Sí, creo que puede ser más sencillo matar que amar, y puede salir menos caro. Pero una profunda e innegable querencia por el bien aún nos sostiene, tira a veces de un hilo muy largo, invisible, que nos ata a la luz y no hemos roto. Desde el principio de los tiempos y en toda la tierra, esa querencia se ocupó de la invención o la intuición de Dios. Finalmente, creyó reconocerlo.

Borges, en Una vindicación del falso Basilides, nos muestra un fragmento precioso en el que la imaginación más brillante del hombre intenta explicar su propio origen: “…la tiniebla y la luz habían coexistido siempre, ignorándose, y cuando se vieron al fin, la luz apenas miró y se dio la vuelta, pero la enamorada oscuridad se apoderó de su reflejo o recuerdo, y ese fue el principio del hombre.”

No hay amor más hondo y sencillo que ese encandilamiento con la luz, ese redundante e inevitable misterio tan fácil de entender. Pero la enamorada oscuridad no quiere nada fácil: no es dejarse deslumbrar, que sólo ciega; ni dejarse enfocar por un instante, que inmoviliza el momento y esa luz; es seguirla con los ojos exactamente así, encandilados, sentirla posible, hacerla suya, quedársela también. Desearlo profundamente.

Me gusta ser parte de esos hombres, me gusta esa imagen del hombre enamorado de la luz, aun cuando ésta le da la espalda, y me gusta el amor humilde e inevitable por una salvación que parece escaparse cada día entre las rendijas tristes de la vida, los huecos de la equivocación y la ignorancia. Porque los rescatados por una fe cierta, sabia, solvente y sin fisuras ya tienen esperándoles todo su inmenso mar, el cielo de los justos, y sé que yo nunca tendré el consuelo de poder llorar junto a ellos ni por ellos desde la oscuridad visible de mis dudas.

Olga Bernad

miércoles 9 de julio de 2008

Mujeres sin corazón

Tengo que empezar hablando de la voz que no es pronunciada delante de la cámara pero nos deja oír al narrador, quizá desde un lugar distinto al mostrado, quizá desde otro tiempo: esa voz que cuenta y envuelve, la voz en off del cine. Me gusta escuchar el principio de Rebeca y dejar que la deliciosa protagonista femenina sin nombre me lleve volando hasta sus sueños: “Anoche soñé que volvía a Manderley…” Ya me sé la historia y en su niebla flota el miedo a otra mujer terrible contra la que es imposible luchar porque no tiene corazón, pues está muerta. En Rebeca triunfa el amor tras las dificultades: todo como Dios manda. Ese principio, o más bien el hechizo que causó en mí, es otro curioso objeto de mi colección, está junto a Lucrecia Panciatichi en el cuarto destartalado que tal vez algún lector ya me habrá oído nombrar y en el que guardo todo lo que elijo. Desde seres humanos vivos a bajorrelieves de Nimrud, lo que sea. Las piezas originales de esa confusión de preferencias exigen nuevas compañías, y no es fácil. Pero escucho cada voz en off con el esmero del coleccionista que valora una adquisición, y con mi capacidad de asombro lo más limpia posible, a estas alturas.

No hace mucho, en uno de esos desmantelamientos del VHS que hacen los videoclubs cada tanto desde que el DVD llegó a nuestras vidas, me compré por un euro una película de precioso título, La Noche y el Momento, porque me gustó el título (precioso). Está ambientada en la Francia del siglo XVIII y es bastante aburrida; abunda en aristocracias, palacios, sensualidades y encantos de aroma decadente sin llegar a ofender pero tampoco a interesar. La luna es testigo: demasiada conversación. Se basa en la novela homónima de Crébillon Fils y está dirigida por una tal Anna María Tato a la que no tengo el gusto de conocer, pero mi incultura cinematográfica es amplia, tal vez Anna sea conocida. La protagonizan Willem Dafoe y Lena Olin. A él sí lo conozco y ella me sonaba cuando la vi.

Sin embargo, el comienzo de esta película me parece de una belleza, aunque feroz, poco habitual. Se trata de un breve pensamiento pronunciado por una voz masculina, la del doblaje en español, a la que no hace falta ponerle más adjetivos para que resulte trascendentalmente conmovedora, dados los tiempos que corren. Con esto último sólo quiero decir que me gusta el sonido de la voz masculina, nada más. Será física y química; será culteranismo (porque para mí pocas cosas intensifican los elementos sensoriales como la voz de un hombre) o incluso conceptismo (porque me gusta también que entrelacen conceptos y a veces prefiero que en el juego verbal se escuche el sonido de la testosterona) o será cualquier otra cosa que ustedes piensen, pero no hay mala intención sino unos tiempos salvajes.

Bien, a lo que iba: un coche de caballos viene hacia nosotros atravesando un bosque, lleva de pasajero a un hombre que piensa y mira hacia ese bosque, mientras el cielo se vuelve oscuro entre los árboles. Con el ruido del galope como banda sonora, nosotros le oímos pronunciar sus pensamientos. Al final, la imagen de una perfecta luna llena es el telón de fondo de su cruel carcajada. Mi inquietud revolotea ante esa luna que podía haber sido tan hermosa.

“Siempre estamos seguros de que el día acabará, pero nuestra certeza es menor respecto a si acabará la noche y el sol volverá a aparecer. En algunos países cada noche arrancan corazones de mujer para ayudar a que amanezca. Por lo visto, es eficaz. O al menos lo será mientras las mujeres tengan corazón”.

Olga Bernad

viernes 4 de julio de 2008

Un poco de felicidad

Dicen que la felicidad no es un buen tema literario, y es cierto. Pero qué importa, alguna vez hay que dejar constancia de ese pellizco dulce en el corazón: el roce de una pluma blanquísima sobre la piel del alma, y la marea alegre que despierta en la sangre; ese vértigo exacto con su rumor de cascabel que va arrastrando, conforme pasa, la orgullosa tormenta de la mente. Y deja un poco de paz con chispas de colores. Un poco de paz con chispas de colores. Un poco de felicidad. Ojalá nombrándola se quede conmigo toda la tarde, se quede aquí y me cambie, mientras flamea su espíritu, la luz de la mirada, la que voy a guardar, la que recordaré cuando esté triste.

Olga Bernad

martes 1 de julio de 2008

Tatuaje

Me gustan los hombres con cicatrices. Siempre me han gustado las cicatrices. Como las marcas de un accidente sobre el asfalto de las carreteras, me hacen preguntarme qué pasó. Jeroglíficos en el cuerpo, letras de alfabetos personales que quieren contar su historia; me parecen tatuajes que el dolor ha hecho en la piel, recuerdos físicos de su posesión momentánea y también el hierro que la realidad deja sobre sus esclavos, la certeza de que ya no estamos en el territorio virgen de los sueños.

Frente a los sueños y frente a la belleza perfecta del moderno anuncio publicitario, mis ojos se van hacia la ruta natural que la piel ha dibujado sobre sí misma con sus propias manos, intentando recomponer la antigua perfección ya imposible, una perfección original a la que le faltaba ese arte del dolor y la sensualidad de las cosas de la vida.

Me gusta verlas adornar los músculos y tocarlas, pasar la yema de los dedos sobre su rugosa escritura y leer así, en sus recorridos, la posible reparación de nuestra existencia y la tenaz sumisión a un orden que el albedrío de la sangre parece recordar. Me gusta que encierren la humildad del reconocimiento de la herida, la fuerza para curarla sin olvidarla y, sobre todo, la dignidad del que está dispuesto a dejarse hacer más. Me gusta que me las enseñen.

Olga Bernad

sábado 28 de junio de 2008

Otros cielos

Hoy me he acordado de Nieves a través de un libro, estaba leyendo y he pensado “cómo me gustaría comentar esto con ella”, y esa intención hecha pensamiento me ha traído a la memoria aquellas larguísimas tardes de verano, cuando daba tiempo para aburrirse de todo, sentadas en los bordillos de las calles del barrio, aprendiendo sin acabar de saberlo el maravilloso arte de la conversación. Especialmente los dos últimos veranos, cuando teníamos doce y trece años, y hablar se fue convirtiendo sin darnos cuenta en un fin en sí mismo: quedábamos para hablar, no para jugar a baloncesto o para hacer ninguna otra cosa, sólo para hablar. Y estaba la confianza de toda la vida y también el hecho de que esa vida era tan joven que aún no habíamos aprendido el pudor ni los recursos para dosificarnos, sólo las ganas de disfrutar esa especie de chapoteo en la mente del otro, tan alegre y tan serio, que supone darte un enorme permiso para decir lo que piensas y otro permiso igual de grande para escuchar; y tampoco había recursos para evitar que el chapoteo se convirtiera en zambullida y la zambullida en la mejor de las aventuras estivales, abandonadas de horarios y obligaciones en la ciudad medio ausente que era Zaragoza en agosto, convirtiendo el aburrimiento en experiencia. Sin mar pero con tiempo, libertad y compañía, y con todas las novedades de la edad por compartir, ahora lo recuerdo como un paraíso perdido que nunca volveré a encontrar porque no forma parte de ninguna promesa, sino que era ella, el momento, el pequeño espacio del mundo tan nuevo que habitábamos, yo misma irrepetible y todo lo que ya no está en ningún lugar.

Acordarme de ella es algo que hago con frecuencia y, durante mucho tiempo después de su muerte, lo hice con dedicación, pero a veces pensar es abrir el frasco del perfume más potente hecho de tiempo. El recuerdo te llega al alma con la rapidez y la fuerza de un puñetazo a traición. Y el alma no sabe qué hacer, como ante la noticia de su repentina muerte, cuando todo se paró por un momento y seguramente hasta los insectos fingían morir para librarse de aquello oscuro que flotaba, que emergía del impacto brutalmente absurdo y de la acera manchada y trivial en la que se quedó. En mi corazón había una resta, la primera de mi existencia, y un latido perdido se fue corriendo al país de Nunca Jamás.

No se acaba del todo la tristeza, pero tampoco las ganas de hablar, y aún busco la amistad y la complicidad por la sencilla razón de que es lo que más me gusta, con la blancura de entonces y los dudosos rincones que el afecto esconde en la confusa mujer que soy ahora, con su mezcla de salvación y peligro, me sigue pareciendo lo mejor que me puede suceder. Cada vez es más complicado. Pero en esas ganas está el reflejo de aquella luz y su recuerdo y espero que no me abandonen nunca.

Olga Bernad

miércoles 25 de junio de 2008

Caricias perplejas

Este poema es de principios de abril, fue el primero y no sé si está muy logrado, pero del último verso saqué después el título para el blog y no me parecía justo dejarlo fuera. Intentaba tantas cosas a la vez que no sé cómo salió algo: intentaba explicar, pedir unas extrañas disculpas, reflejar el pálpito que la belleza puede producir en un alma bastante confusa y también ser una especie de homenaje a una tal Rigoletta, una canaria encerrada en su jaula que un día, para pasmo de hombres de poca fe, empezó a poner huevos de un amor de memoria. Esos huevos, tan naturales y mágicos como los mejores poemas, tan lógicos y locos como las salidas de don Quijote, tan inservibles, no me parecen sólo el epitafio de una voluntad estéril sino la prueba de que la verdad es naturalmente verdad aunque parezca mentira y permanece, flota en un mundo paralelo al que no le queda más remedio que aterrizar en éste, con su equipaje de contrariedades convertido en algo que echarse a la espalda o al corazón. Por eso, por Rigoletta, intenté también que el poema tuviese forma oval, el único trastorno que me faltaba para llegar a este curioso resultado.
Todo esto tiene algo de captatio benevolentiae, pero es que le tengo cariño.


Belleza

Preciso y riguroso.
Tan natural su vuelo entre el cielo y el suelo,
tan cierto el rumbo interno, tan masculino el gesto.
Tan exacto su triunfo.

Y un poco de la gracia que se queda en el alma
después de ver un pájaro danzando entre las ramas.

Que no se pierda todo.
Que el espacio más blanco perdone ese recuerdo,
pues los que velan, salvan,
dictan largas condenas
a caricias perplejas.

Olga Bernad

domingo 22 de junio de 2008

Discusiones y encuentros

Muchas veces a lo largo del día me canso de oír las mismas discusiones y de encontrar las mismas maneras de afrontarlas, es como si todos fuésemos clones de un replicante sin luz. O la cerrazón o la socorrida petición de argumentos. Y los argumentos, sólo cuadros expuestos de nuestra mediocridad y nuestros particulares fantasmas, juicios ajenos, ideas tiradas a la cara de los otros y mala intención.

Por eso cada vez pido menos explicaciones y estoy menos dispuesta a darlas. Pero no he renunciado a entender a los demás y aún me gustaría mirar a los ojos de la gente y saber de verdad qué hay dentro. Ya sé que es imposible y, si desisto de la discusión y no siempre es posible el amor, si los códigos del sentido común ocupan todo, sólo puedo moverme por sospechas, destellos que te marcan un camino, y por mis ganas de ir. Produce sonrojo decir estas cosas (pensarlas es distinto, ahí me permito caprichos) pero ir caminando hacia alguien es la única manera de vivir que me interesa.

El hecho de convencer es un espacio en blanco que otro abre al mirarnos o al hablar aunque nuestra vida sea un esquema completo (pero nunca es completo sino útil). Es un pequeño e íntimo milagro a veces vergonzoso que sólo los fuertes se atreven a no encubrir. Podría ser como aceptar un disparo y sus consecuencias mientras quien está a tu lado prepara el cemento gris con el que sellará las grietas de su alma, las únicas rendijas por las que podríamos entrar. Los más sensatos amasan deberes y justicia; los pusilánimes, razón. Los peores, violencia.

Las arquitecturas más raras de la soledad y el miedo me producen a veces una sonrisa devastada de incomprensión y cansancio, con su absurda planta de fortalezas inexpugnables, y un dolor propio y ajeno que es mejor aprender a soportar.

La felicidad es que esos castillos no existan, hablar con alguien, intercambiar pequeñas verdades que el otro acepta o corrige y, en el mejor de los casos, ama. Y encontrarlos también dignos de amor.

Ojalá sea posible suspender la incredulidad de los demás para desearles al menos buenas noches.

Olga Bernad

miércoles 18 de junio de 2008

Capilla ardiente

Capilla ardiente sin cuerpo presente,
absurdos rezadores de difuntos,
hasta el aire se asfixia en esta tregua
de olor a flor que se marchita y llora.
Sácame de este sueño del incienso.
Que un dulce mar antiguo te despierte
sobre la playa en calma en la que duermes.

Despiértate, despierta la nocturna
libélula que ruge en mi melena
y el tren de sangre ciega que has perdido;
te cambio mar por más, copa por vino
y la luz de matar de tu mirada
por mi vertiginoso deseo de morir.

Déjame pasear en la serena
pradera del después; vuelve del agua
y quítame el collar de conchas muertas
que encierran su lamento y mi rumor:
infernal son del mar metido dentro,
mil tormentas perfectas que guardaba
en la espiral profunda de una oscura
caracola final. Ven donde nunca
tu voz iba a llegar, ven a esta sala
de velas blancas y flores cansadas.

Y llévame a la arena en que dormías.

Olga Bernad

domingo 15 de junio de 2008

A la noche


Noche, fabricadora de embelecos,
loca, imaginativa, quimerista

Quién no se ha parado a soñar alguna noche. Soñar en soledad o en compañía y dejarse llevar por una voz que habla despacio para embelesarte y te guía por caminos que, en el fondo, tú le has mostrado. Si los acontecimientos de la jornada nacen con más esclavitud que independencia, la noche en la ventana y en tus sueños es un espacio en el que se puede gobernar y se puede danzar sobre lo ingobernable. Mezclar la indisciplina y la distancia con el deber cumplido, mezclar la soledad con el amor y cambiar unas caricias por otras. El tiempo más silencioso se habita de razones para seguir aquí, se multiplican los síntomas de nuestros deseos, adormecidos durante muchas horas por la sensatez a la que nos lleva el día y sus cuidados; se multiplican también las soledades y a veces ella es ella, loca, imaginativa, quimerista, la que conocía Lope y nos engaña, la habitadora de cerebros huecos, la que nos regala hermosos momentos de amor, recuerdos de lo que no hemos vivido. Y qué más da, también el amor que vivimos debe ser inventado pues, de lo contrario, no es del todo amor.

Olga Bernad

jueves 12 de junio de 2008

Porque quiero

No sé qué hacer con la mitad de las cosas que siento. Me pregunto muchas veces qué hacen los demás con el amor de sobra, por qué rincones lo irán abandonando, detrás de qué puertas lo protegen del mundo o dónde aprendieron a negarlo. Ruedo por la jornada cotidiana y me encuentro sensatos seres que casi siempre saben lo que hay que hacer: cambian de carril con una agilidad asombrosa y hablan de leyes, economía, motores, vida y muerte, programas informáticos. Soy la que siempre espera con el intermitente puesto, la que se disculpa por no entender, la que no sabe qué hacer.

El modesto paso del tiempo encadenado ha ido convirtiendo mi gesto expectante en un rictus más serio y más cansado. A veces desprecio a los demás con profunda tristeza y sé que ese desprecio me obliga a envejecer; lamento hondamente que no me impresione su sabiduría, sólo quiero admirar. Quiero limpieza y luz: entusiasmo o renuncia, alegría o dolor, me dan lo mismo. Y quiero perfección, palabras justas, el roce incontestable de la verdad y lo exacto. Quiero que exista gente merecedora de admiración porque, si no, no hay nada: el mundo me parece la quimérica y desangelada sala de lectura de un hospital o una notaría, el lodazal donde acampará un circo; la esperanza, el papel brillante de un regalo innecesario.

Quiero sentir admiración y, sobre todo, quiero saber qué hacer con ella.

Olga Bernad

domingo 8 de junio de 2008

Distinto amor

No vendo mi alma al diablo por la gloria
que persiguen discípulos más débiles,
ni regalo un minuto de mis sueños
por poderlo contar.

Algo distinto y nuevo me envilece:
mi corazón por una galopada,
ver esta tierra desde tu montura
y saberlo contar.

Olga Bernad

viernes 6 de junio de 2008

El retrato de Lucrecia

Mi padre, como otros hombres de su generación, no tuvo más estudios de los imprescindibles; mi madre, muchos menos. Aunque lo que natura no da, Salamanca no lo presta, ellos se quedaron sin poder cultivar sus facultades para la ironía. El contratiempo educativo les dejó en el alma una conmovedora fe en la cultura y un empeño ciego en que todos sus hijos estudiasen, por lo menos, dos o tres carreras. Como primera medida, mi padre llenó la casa de enciclopedias. Atendía a todos los vendedores con la amabilidad del que sabe muy bien lo que es hacer cosas raras para ganarse la vida y, de paso, les compraba lo que vendían. Su gozo en un pozo, porque mis hermanos nunca estuvieron por el enciclopedismo, pero la verdad es que a mí me gustaban aquellos libros pesados, la suavidad casi plástica de sus hojas y su olor a novedad. Recuerdo con especial afecto El Mundo de los Niños y El Monitor… aunque ninguna como La Historia del Arte de Salvat, diez maravillosos tomos llenos de láminas donde he visto todo el arte del mundo sin aplicar más método que el de la apetencia.

En la página cuarenta del tomo sexto vi a la mujer que quería ser: Lucrecia Panciatichi, pintada por Bronzino. Luego he querido ser muchas otras, pero ella es aún sorpresa y presencia, con su claridad imposible y su vestido rojo, su preciosa mano sobre el libro, su formalidad, su geometría y su fondo oscuro. Tan normal y tan distinta, tan consciente, un poco burlona (podría ser tan inmisericorde si no fuese porque no lo es), tan serenamente aburrida, tan delicada y rotunda, tan nítida y tan de verdad… qué rara calidez en su pose de figura congelada. Aún regreso con frecuencia a sus dominios y dejo que me mire con su lucidez casi insensata. Ella me envuelve en esa visión superior que parece no desatar del todo sus lazos con la tierra y yo sigo pensando en el gesto tan bonito de su boca, que tal vez esconde una sonrisa (pero muy bien) que podría, tres segundos después, convertirse en mohín de sollozo; pues no, porque ella es muy mujer y muy seria y se sienta con la espalda bien recta y no vuelve a la niñez, igual que nunca envejece. Es tan real y tan irreal esa persona. Las habrá más guapas, más clásicas y más paradigmáticas, pero yo quería ser ella y, cuando pienso en ella, estoy segura de que Bronzino se enamoró mientras la pintaba y quiso mostrarnos una majestad natural que tuvo que ser cierta.

Cuando la miro sé lo que veo y me gusta lo que veo, y eso no me ocurre siempre con las personas que tengo frente a mí. Ella forma parte de mi paraíso particular, desorganizado pero concreto; estará en el espejismo que veré si un día termino de volverme loca, está en la estrambótica habitación donde voy guardando todo lo que elijo.


Olga Bernad

Actualización del 17 de julio de 2009: Lucrecia en Famayor. Gracias, Manoli, por acompañar con tus quimeras a las mías, tanto tiempo después.

martes 3 de junio de 2008

Semper Fidelis

La sed, escandalosamente pervertida
por la necesidad brutal de ser saciada
cada uno de los días de tu vida.
La esclavitud del cuerpo que pretende
su parte del dolor, la primavera
y el ajusticiamiento inmoral de las espigas
con la excusa poética del pan.
El tiempo alegre de las recolecciones
no es más que el escenario del placer,
su sabor a condena y a derrota.
Créeme, yo quería,
pensaba ser estricta primavera,
muerte ideal del alma atrincherada
en la flor del cerezo que la lluvia arrancó.
No dejar de ser flor, morir sin fruto
y siempre sin placer; morir sin dudas,
sin nada más, contigo en la memoria.

Te imagino
buscando como yo la luna negra,
con la misma imprudencia de otros hombres.
Y sólo te prometo que solamente tú
tendrás de mí ese no de tu mirada,
el ciego no de ti,
el que me hace llorar y me despierta.

Pero estoy viva y junio
desespera esta noche mi alegría:
en la fiesta pagana de las recolecciones,
nocturnas hadas bajo los cerezos acarician mi amor
y tú no vienes.
Lo siento.
Ningún ángel me mira cuando espero
ese beso caliente
en el rincón más tuyo de mi cuello
y la nostalgia en junio
de cada escalofrío y del rubor.

Olga Bernad

sábado 31 de mayo de 2008

Secretos provisionales

Adrián está en el tiempo de los secretos, quiere tener secretos a toda costa y venir a contármelos con esa voz misteriosa y esa carita seria de no me traiciones. Y viene y cuchichea palabras importantes que sólo yo puedo saber, que yo le guardo con mi corazón hechizado por su inocencia, por cada piedra redonda y perfecta, por la mentira dicha o las pesetas rubias que mi padre le dio y él mira con reverencia, como miraríamos un tesoro antiguo. Buscamos escondites que son nuevos secretos y me canta en secreto la canción del soldado, llevamos un considerable embrollo de secretos y ya no sé qué se puede decir y qué no, e intento que la lista sea más corta, pero él está estrenando todos los misterios y no quiero ser yo quien le demuestre que no es inagotable ese encanto cotidiano, insólito y sencillo, y que a veces me aburro o estoy muy cansada de palabras.

Cree de verdad que tengo extraordinarios poderes de curación y consuelo y que sé muchas cosas. Y yo me muero de pena porque no sé muchas cosas, ni siquiera sé cuánto durará esta complicidad que ya se me va escapando mientras él aprende tantas letras nuevas. Yo deseo que aprenda cada día y verlo crecer y, a la vez, que todo se quede así, que pueda seguir cantándole mi repertorio loco de canciones sin que su sentido común me juzgue y el mío me lo impida, seguir durmiendo con él cuando tiene miedo y haciendo desaparecer todas las formas raras de las sombras con sólo entrar en su habitación.


Olga Bernad

jueves 29 de mayo de 2008

Visita a la ciudad fantasma

Vuelven luces azules en la noche
que recibe los besos y los ata,
los obliga a las almas y a los labios
en toda la ciudad y en aquel tiempo.
En todo aquel silencio no alumbraba
más voz que tú. ¿Sabías que recuerdo
nocturnos calendarios de las calles
y una difusa línea de tranvías
que te llevó a lugares menos ciertos?
Sabías que recuerdo y que no estuve.
Crucé las calles y miré al silencio
(vi la lenta renuncia del silencio),
hablé con los relojes, los desnudos
fantasmas que convoca tu tristeza.

Olga Bernad

Actualización de 03/02/2009: Aunque en su momento no publiqué la dedicatoria, entre otras cosas porque no sabía enlazar, este poema está dedicado a Antonio Azuaga y fue escrito al hilo de su Ciudad fantasma . Posteriormente, hubo secuela.
Me encanta dejar esta tardía constancia.

martes 27 de mayo de 2008

Cuando llegue

La magia tiene que ver con los deseos, con las palabras, con los números. Sobre todo, tiene que ver con los hombres: los que desean, los que inventan los números y las palabras, los que cuentan los deseos con palabras y cuentan las palabras, los que quieren saber quiénes son. Quieren que Dios les mire en todas las cosas, y lo hace. Igual que el diablo galopa hacia cada persona, sin que se pueda evitar.

Puedes rezar o intentar hacer magia, puedes quedarte de pie o acurrucarte, cerrar los ojos o cansarte de hablar; puedes buscar la segura frialdad del silencio o el arriesgado calor de los amigos. Puedes disponerte a morir o empezar a adoptar gestos de esclavo, pero ¿qué harás de verdad cuando llegue? Serás tú, ya verás. Verás lo que eres.


Olga Bernad

domingo 25 de mayo de 2008

Todo

Sé desde hace algún tiempo
que ya nada sería suficiente,
salvo absolutamente todo.
Y no sé qué es todo,
no sabría pedirlo ni explicarlo,
no sabría tal vez reconocerlo.
Pero lo quiero todo.
Y no sé si sería suficiente.

Olga Bernad

sábado 24 de mayo de 2008

Palabras elegidas

Dice que es muy valiente y, no, no le asusta la oscuridad, sólo la mata el desconcierto. Pero cuando ella imagina, parece que yo miento y que yo invento. A veces no disimulo nada: lo que pasa es que no sé cómo explicarme. Y eso es un problema cuando ya no quieres leer ni que te hablen, lo que quieres es escribir.

Todos conocemos gente con la cabeza llena de ideas, pero un cuento siempre se ha escrito con palabras puestas una detrás de otra y tienes que elegir, tienes que decidir entre unas u otras, jugando todo el rato al juego desquiciado del sí o el no para que quepa Roma, que quepa el peregrino, todas las intenciones, la luz, la lluvia y mayo, todos los lirios torcidos y todo en líneas rectas. Es imposible.


Olga Bernad

miércoles 21 de mayo de 2008

Deudas

Buscas en Roma a Roma, ¡oh, peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas.


Me encantaron estos versos antes de saber nada sobre Quevedo ni su intensa poesía, casi nada sobre Roma, salvo que allí pasaban grandiosas películas de amor y guerra; antes de buscar: me gustan desde la primera vez que los oí. No los leí, me los dijeron, y esa persona me transmitió tal vez un poco de lo que él sabía y acercó a mis oídos el no sé qué que quedan balbuciendo.

He olvidado lecciones bien aprendidas y he dejado de aprender otras, pero recuerdo ese extraño placer doloroso, oh, peregrino, y esa Roma que no acabas de encontrar.


Olga Bernad

martes 20 de mayo de 2008

Desde el puerto

Parecías un lento petrolero
ensimismado bajo un sol de escarcha.
Y el corazón atado tras el buque
se mecía aún más lento sobre el agua;
y el descampado gris y azul del agua
otro mar de metal oscurecía:
mar negro sobre el mar en mi mirada.

Olga Bernad

domingo 18 de mayo de 2008

Ella y yo

Fui una niña tan solitaria que nadie lo notó. Tal vez dejar que se noten la tristeza y la soledad sea sólo una curiosa petición de ayuda y yo no pensé que la necesitaba. Y nunca me mostré. Mientras la niña guapa y lista coleccionaba éxitos y amigos y la adolescente besos, ella, la otra, se fue quedando cada vez más escondida, haciendo lo vergonzoso, el trabajo sucio de su mitad, la que llora por cosas que no puedes contar a nadie y la que aprende cuando nadie a tu alrededor quiere aprender. No la dejé hacer amigos ni conocer gente como ella, porque la niña lista, representante de su clase por votación popular, comprendió pronto lo mal que les iba en la vida a toda esa cuadrilla: los que no encajan, los vulnerables, los despreciados, los olvidados, los políticamente incorrectos, los verdaderamente insumisos. Nadie es la palabra que la acompaña siempre, por eso ella es la más triste, el destartalado escondite de mi sensibilidad.

Como todos los niños encerrados, no creció bien; pero ella se las arregló para sobrevivir y , un día, cuando no fueron los amigos, ni los amantes, ni los chicos que me besaban en el parque, sino Dios mismo el que me puso contra el paredón, mientras la chica lista se moría de miedo y de dolor y corría despavorida hacia ninguna parte, fue ella la que se quedó de pie y sostuvo la mirada del ejecutor y la mía, ella le convenció de que no disparase y luego siguió leyendo sin esperar ni un poco de mi agradecimiento. La mujer que soy no sería nadie sin ella.

Una tarde la saqué a pasear un rato y ahora no deja de llamar a la puerta, está ahí, de pie, arregladita, con su carpeta en la mano para tener algo a lo que agarrarse, con sus ojitos de miope que no saben mirar como yo, con esa palidez sin remedio que nunca le permitirá lucir mis escotes en primavera, sin novio y con los labios sin pintar, más terca que una mula, susurrando sílabas. Creo que quiere eso que llamamos libertad, la muy ilusa, y su parte del inmenso mundo loco que tal vez acabará con ella, tan sensible y desarmada. Aunque puede que no. A su manera se ha hecho fuerte y aguanta sin respirar mucho más que yo.

Ojalá haya alguien por ahí que quiera hablar con ella.


Olga Bernad