jueves, 30 de abril de 2009

Terco mayo

Terco mayo de soles repetidos,
olvidaré el invierno entre tus brazos.
Porque vuelves, y no para salvarme:
vuelves para robarme el pulso oscuro
que ha sabido dormir entre mis venas.
El saludo de mayo es la intemperie,
el corazón temblando en la explanada,
desnudo y expectante. Será hermoso
encontrarte en el llano mientras siento
un río antiguo y un temblor de tierra
en el circuito ciego de la sangre.

Olga Bernad


Actualización del 12 de mayo de 2009: Este mayo a la intemperie nos lleva a otro de la mano de Alfaraz, en una preciosa entrada. Gracias.

viernes, 24 de abril de 2009

Primera lectura de poemas

Un hombre elige palabras para otros y las dice en voz alta. Elige con cuidado porque siente que no le sirve cualquiera ni de cualquier forma; elige entre miles de palabras y vuelca esa elección sobre el tablero de ajedrez de la sintaxis.

Mucho antes de los libros, los poetas decían a los demás sus versos. Sólo con su voz, la inteligente vibración del aire, debían hacer llegar esa caravana lenta a un corazón ajeno, tal vez también a su entendimiento, y dejar un rastro un poco inexplicable en su memoria.

Yo nunca había dicho mis versos en público. Esa especie de unión inexacta y libre con un lector difuso, lejano a mí y sin rostro, me asusta menos.

Aprendí mucho en la noche blanca de la poesía, el jueves por la noche en La campana de los perdidos; aprendí sobre la propia voz y la de otros intentando ajustar el sonido interior (perfecto y esperándonos) a la verdad de la dicción entre gente que respira y escucha.

Olga Bernad


video

Nota: el próximo sábado 25 de abril leen Eva Vaz y José Luis Piquero
-La Campana de los perdidos- 22 h. C/ Prudencio, 7 (Zaragoza)
Organiza: Asociación Aragonesa de escritores

domingo, 19 de abril de 2009

En el último mayo en que fui cierta

Las más hermosas juegan,
enredan en los dedos sus cabellos
y yo aprendo a fingir
que me aburro en la clase y que me esperan
mil tiendas, novios, libros,
roperos, minifaldas y una dieta
que subrayó mis ojos de morado
y mató de hambre y celos
al valiente soldado de mi infancia.
(Lo enterré sin más duelos
pues su recuerdo aún estaba cerca).
Perdiendo la inocencia, rizaba mis pestañas.
Dándole cuerda innoble
al reloj que avanzaba contra ellas
y al deseo vulgar de ser queridas,
mis amigas suspiran
y quieren que la clase se termine.
Solamente yo quiero que dure para siempre.
La voz del profesor y su dulzura
me hacen sentir tan sola y tan distante:
“El mar, la mar, como un himen inmenso…”
Recita y mira mis solemnidades
-mucho más inocentes que su orgullo-
y su voz saca brillo al calor ciego
que ya he visto en el centro de mi ombligo.
Pero se ha confundido.
No entiende que él no importa,
no importa el mar, el mundo
como un himen inmenso no me importa.
No sé qué me importaba pero quise
que aquella hora durase para siempre.
Ni el recuerdo la salva, ni el poema:
estar allí de nuevo y todavía,
saber que esos momentos son mi patria,
mi desolada patria estremecida
sin mar y sin nostalgia en la que hundirse;
su ley, su soledad y su costumbre,
mi condena al misterio de las cosas,
mi alma acariciada
por un ángel sin miedo, sin promesas,
sin compasión de mí, sin preguntarme.
Y luego las tareas cotidianas,
(sin su rumor de alas, sin su beso)
ya fueron un exilio permanente,
el triste, el invisible
incluso por los ojos que me miran.
Y yo un torpe naufragio de perplejas
caracolas que invaden las orillas,
un incendio en el pecho y un enjambre
de mares inventados y desiertos
y de estrellas pendientes de las olas
al acecho de luces de palabras;
una princesa inútil, una niña
consciente de sí misma, el monstruo dulce
al que nadie amará si tú no vienes.

Un soldado más vil que el enterrado
en el último mayo en que fui cierta.

Olga Bernad

Nota:

El pasado día 14 decidí cerrar el blog debido a un anónimo. Me desanimó de verdad. Ni siquiera quise decir que estaba recibiendo anónimos, como si yo tuviese la culpa de algo. Sus críticas no eran literarias sino absurdamente personales (y reiteradas).

Ayer por la noche asistí a la lectura de poemas que Miguel Ángel Yusta y Joaquín Sánchez Vallés hicieron en La campana de los perdidos. Hablar con Fernando Sarría, con Marta Navarro, con Luisa Miñana, con otros amigos, pasar una velada agradable alrededor de la poesía, me hizo darme cuenta de las pocas ganas que tengo de dejarlo. Y, como dijo no sé quién, la gana es sagrada.

Contar esta semana con el interés de Javier, Juan Antonio, José Miguel, Fernando, Ángeles, Manuel, Aurora, Sergio, María Luisa, Manoli, mis varios Antonios, Juan Manuel y tantos amigos que me han preguntado por qué paraba, e incluso de desconocidos que no sabía que me leían, me ha hecho ver muy claras tres cosas: me gusta escribir, hay gente a la que le gusta lo que escribo y no voy a pedir perdón por eso.

Y si a alguien le fastidia, que siga chupando su limón amargo.

Siempre he sentido una especie de vergüenza a la hora de dedicar textos, cuando la verdad es que muchas veces he pensado en personas concretas al escribirlos, pero voy a comenzar a hacer excepciones con mi pudorosa contención: le dedico esta entrada y todas las que vengan a ese anónimo o anónima de Madrid que tanta atención me presta y que ha acabado por hacerme ver las cosas tan claras.


Miguel Ángel Yusta en La campana de los perdidos.
Sábado, 18 de abril de 2009



lunes, 13 de abril de 2009

La pesadora de perlas


Alguno de ustedes recordará a Lucrecia Panciatichi, helada dentro de su ardiente vestido rojo, con esa rara calidez distante, atrapada en su cuadro, llevando con dignidad su condena y su reino. La sucia piel de la maldad y su variante sosa, el sentimentalismo, no rozan nunca esa mirada consciente, aunque pueden estropearla buscándole adjetivos. Pero ella no está sola. Bronzino murió hace tiempo y ahora sus ojos ya no sienten la imagen del pintor que la adoraba; sin embargo, ayer volví a buscar en el centro de esas pupilas y en ellas se asomaba el cuadro de la pared de enfrente. Mi habitación destartalada acoge, como la memoria, cuadros que se dibujan con exactitud y más tarde se velan, y un día vuelven a su sitio para quedarse.

Ella, la otra, había vuelto después de muchos años a pesar perlas blancas, tan concentrada y triste, igual que una virgen dócil y precisa pesaría nuestras almas: delicadeza y paz, justicia inamovible en la balanza que pende de sus dedos, la luz casi divina que prefiere su rostro concentrado y deja al fondo el Juicio Universal, el oscuro tapiz que enmarca su carita inmaculada.

Esa dulzura está llena de poder e inteligencia, ella está ensimismada pero ausente, lejos de sí misma y de las cosas. No juega con las perlas. Con la vida en su vientre, la balanza en su mano, la lucidez se entrega a su misterio. Y Lucrecia comprende. Lucrecia nunca teme, es joven para siempre y el miedo es imposible durante tanto tiempo. También yo entiendo que el juicio final tal vez sea dulce, pero será preciso, justo y necesario. Y será inevitable.

Todo es exacto. Vermeer no retocaba. Solidez inamovible, algo tan contundente y tan lleno de razones y, al mismo tiempo, la delicada luz y el frágil equilibrio, el peso de cada pequeña perla iridiscente, estremece el momento que ha parado como quien entrega una verdad y conmueve, fijando para siempre un instante privilegiado que ya no volverá.

Las tengo frente a frente en mi memoria, la habitación imposible donde aún elijo los motivos de mi complacencia. Las acuno con versos de mi gusto y acaso ellas vigilan mientras duermo. Me dejan muy adentro el recuerdo o el eco de lo lejano o alto, tres segundos de gracia en mis pulmones.

Y luego el mundo, que es mi territorio. Expulso el humo, apago el cigarrillo, cierro la puerta y cumplo la jornada.

Olga Bernad

lunes, 6 de abril de 2009

Andábata XXIII: La luz y yo.



Siempre estaba sentado en la mesa de al lado. Yo elegía la más apartada y solitaria porque la mesa de un bar sólo es mi territorio perfecto si me separa del mundo con esas normas no escritas que tienen los lugares públicos. Bares llenos de gente, vida alrededor, pero nadie que se crea con derecho a molestarme. Yo me atrinchero en mis pensamientos y en el papel. Escribo mejor que en casa. Recuerdo a mi hermana, diciéndome con un cierto rencor: “Quieres que estemos, pero en otra habitación”. Es cierto.

Él me miraba con atención y sin descaro. Yo podía ignorarle. Pero un día cometí el error de sostener esa mirada un segundo de más, y ya está, sonrisa inmaculada. Entonces me dijo cosas en un español medio inventado, me dijo: “Tú escribes mucho, tú fumas mucho”. “Sí”, intenté cortar; pero ya no era posible. “Yo te veo días y días”. (Lo sé). “Tú no enfades, tú ojos de mi hermana”. (Ay). “Oh”. “Muy bonitos”. (Ayayay). “Sí, bonitos”. “Pues no sé”. Y una larga parrafada en árabe con una mirada soñadora y algo como miedo y sabiduría. “¿Tú tienes marido? (Por Dios). “Sí”. “Yo, dos mujeres y cinco niños” (Anda). “¿Tú tienes niños”. “Sí”. “Perdona, hace frío en este país”. No puedo, no puedo con la tristeza de los demás. Mis monosílabos le habían humillado y a mí no me gusta humillar cuando no quiero hacerlo, así que sonreí: “Aquí no se tiene más que una mujer o un marido”. “Es poco”, me dijo muy serio.

Bajé la vista y seguí a mis cosas para no dar más oportunidades a sus preguntas, comencé a decirle por escrito lo que jamás le diría en la vida real. Ay, Alí, si yo fuese otro emigrante, un hombre negro de sonrisa blanquísima y mirada líquida, te contaría mi vida esta mañana, mi vida y algún milagro, te acompañaría en este día helado de mitad de invierno, te haría reír. Te explicaría quién soy yo.

¿Quién soy yo, Alí? ¿Tú lo sabes? Soy la reina de las cicatrices. Un dolor en el costado para siempre, siempre, siempre. Si hubiese muerto, no me dolería. Le pregunté al cirujano, justo antes de dormirme: “Pero si veo la luz, ¿la sigo o no la sigo?” Me di cuenta de que no lo tenía claro, me asaltó aquella duda terrible de repente (y era vital para mi supervivencia); me arrepentí de no haber escuchado a todos los que contaban por la tele sus testimonios al borde de la muerte. Ahora no sabía qué hacer ni hacia dónde iba. Yo estaba rota en manos de otros y eso era nuevo y difícil. No vi la luz, o ya no lo recuerdo. Soñaba al salir del quirófano con sonrisas blanquísimas y campanas muy alegres. Una bandada de palomas asustadas levantó el vuelo delante de mis ojos, una lluvia pacífica me despertó. Creí que viviría de verdad y no he sabido. Vivo igual que antes.

Es porque ya no soy una superviviente sino una loca normal, con mi carpeta, con mis papeles, con mi indiferencia. Disimulando mi locura con todos los detalles de la normalidad. Todos los detalles absolutamente probables con los que se construyen los embustes. Años atrincherada, Alí, tengo que coger del cuello a mi pobre corazón cincuenta veces al día, lo tengo en un puño para que no se me desmande y arrastre con él este orden que ves. Soy la joven funcionaria que sonríe y nada más. Un día el corazón se me asfixiará en la mano y ya verás, aparecerá esa luz y seguiré sin saber si hay que ir tras ella. Entornaré mis párpados árabes para siempre jamás. Te contaré estas cosas. “Tú, ojos de mi hermana”. Sister, sister. Hubieras sonreído a mi dudosa luz.

Ahora no puedo. Tú mismo no entenderías mi cordialidad ni mis cálidas ganas de decirte que estoy triste y qué es lo que me pasa. No creas que lo sé, aunque quisiera sorprender a tus preguntas con un montón de frases perfectamente estructuradas, con todos los sintagmas cordiales de mi lengua. Pero eso no se hace, Alí, no puedo. Tengo que protegerme incluso de mis buenas intenciones. Tú no sabes lo complicado que es ser mujer.

Me instalo en mi correcta soledad. Lo convencional, lleno de conciencia y de desierto. Dignidad. Rodillas juntas. Mi manera de elegir es sincera y, sin embargo, miro atrás cuando parto y mi estatua de sal se queda a escribir otro capítulo de la nostalgia que ahogaré en palabras inventadas.

Hace semanas que no viene a la cafetería, seguramente no volveré a verle nunca más.

Olga Bernad